S?bado, 30 de marzo de 2013

Incansable… parece que nunca cesará, que siempre ha estado ahí, que hasta el mismísimo Chronos se diluyó entre tanta agua…

 

No llevo reloj, tampoco abundan en casa este tipo de artilugios, aunque no puedo negar que en determinadas ocasiones sería de mi gusto girar entre las manos un reloj de arena y hacer del paso del tiempo un caótico juego. Ni siquiera dispongo de un calendario, con sus días rojos y negros, que me haga atisbar en qué fecha me encuentro.

 

Llueve, llueve… ya no recuerdo cuando empezó.

 

Salgo de casa. Gira la llave en su cerradura, cuatro veces, cuatro giros a derecha, cuatro golpes de seguridad que anclan la puerta negando el paso de quien no ha sido llamado; el último chasquido resuena a mi espalda… ¿Cuántas veces habré escuchado ese clac? ¡Cuántas puertas cerradas!

 

El viento amaina. Me dirijo al parque Isabel la Católica. Transito por las calles con la naturalidad propia de una lagartija que recorre rutinaria las grietas de una vieja pared. Cerca de la entrada me detengo para encender un cigarro. El gesto es ya un ritual, a manera del Chamán que a través del humo honra un acontecimiento. Atrás queda una verja en la que brota el óxido como si fuesen minúsculas flores de invierno; en la parte superior se posan pequeñas aves… dejan sus excrementos. El piso del parque, lo que no es verde, es de tierra y gravilla; cuando está seco, si coges un puñado se te escapa entre los dedos. Un camino corto, adoquinado, siempre poblado de hojas y plumas a merced del viento, divide el parque en dos. Hoy habla la lluvia y, de cuando en cuando, el sol asoma llenándolo todo de sorprendentes reflejos.

 

En el parque no hay un templete en el que avezadas filarmónicas puedan mostrar su armonioso quehacer, aunque no por ello las notas musicales están ausentes: Parpan los ánades azulones; se pueden ver hasta una docena tras la misma hembra. Un par de mirlos, entre ramas, también se hacen notar. Donde las hojas del sauce llorón rozan uno de los estanques se puede oír un reclamo. Por encima de todo ello, los graznidos de unas gaviotas parecen no encontrar consuelo… En la fronda de los árboles… se enreda el viento.

 

Reanudo mi andar… El color rosado del ciruelo japonés se amontona en una parte del camino.

 

 

Al otro lado del puente…

las pisadas

se adentran en un charco

 

 

Ocho, nueve, diez… los cormoranes comban las ramas desnudas de un árbol que no sé identificar. Más allá, en mitad del estanque grande, cuatro grullas de patas amarillas… los cisnes que pasan por delante me distraen. Cisnes blancos y cisnes negros, hará tres o cuatro años que no se ven los de cuello negro.

 

Escampa… extiendo uno de mis brazos, puedo tapar el sol con un dedo… En el aire flota un plumón, tan leve…, sin embargo, no se bastan mis dos manos para cogerlo. La mañana es fría, es un abril de procesiones aplazadas, de mar embravecida… abril de lluvia tardía.

Otro cigarro… humo azulado.

 

Por la corteza de un chopo sube y baja, sube y baja una hormiga… ¿si tuviese dedos, podría taparme con uno de ellos?

 

Un roce en mi pierna… un ganso del Cabo Barren, su plumaje gris, su pico verde… el brillo de sus ojos redondos queda atrapado en mi cámara.

 

Asoman las primeras rosas en el parque, algunas crecidas como puños, aunque la gran mayoría, apenas despuntan entre las espinas. El paseo continúa… la crudeza del día trae consigo recuerdos hogareños... La cerrazón en el cielo no presagia nada bueno. Viene del norte una oscuridad parida por el propio invierno. La rosaleda gotea… Los charcos, insaciables, se tragan las nubes enteras. En el estanque se multiplican por miles las hondas… se recogen las aves. La lluvia estalla en las hojas de los árboles.

 

Llueve... las formas se desvanecen…

 

Y regreso… Al igual que el tambor de un cómitre en su galera, el tam-tam de la lluvia en el paraguas acelera mi marcha. Los bajos del pantalón empapados, el barro en los zapatos, los colores del parque en mi cerebro… El último arcoíris se cuela por un sumidero…

 

Las calles resuenan a gaviota y llevan el sabor del mar que baña la ciudad… La luz de los coches y semáforos se escurre por el asfalto. Una bandada de palomas se esfuma entre los recovecos de una fachada antigua. En una hilera de tupidos aligustres esconden su silencio los gorriones… Llego a casa.

 

Se prende en mis labios el gusto de un beso... se aferra a mis manos el calor de una taza con café… el frio se vuelve eco. Mi chica contempla la lluvia desde una ventana. Señala un rincón del patio:

 

 

Oscurece el día…

La hembra de un colirrojo

anida tras una escoba

 

 

Llueve, llueve… ya no recuerdo cuando empezó…

 

 

Gijón, abril del año 2012. Donde la tierra siempre es verde.


Publicado en el nº 13 de la revista digital Hojas en la acera: http://www.hela17.blogspot.com.es/


Publicado por Atreyu15 @ 16:56  | La mirada del Lobo
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Publicado por Eliane
Domingo, 14 de abril de 2013 | 7:17

Me transportaste a esa tierra que tanto se añora nada más poner un pie fuera de ella.

Lo más curioso ha sido hacer un viaje por tu mente en un día de lluvia y comprobar que las ganas de jugar con el tiempo están más extendidas de lo que yo creía.

Me encanta como te detienes en describir, casi diseccionar, cada momento con calma infinita.

Me ha gustado. Un besazo.