Lunes, 14 de marzo de 2011

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?Qui?n no ha tenido una cuerda, un cordel o algo similar enmara?ado entre sus manos, y con tiempo, y m?s o menos destreza, lo ha desentramado hasta dar con sus cabos? Pero? ?qu? suceder?a si lo que buscamos no son sus extremos, si no cuales son su principio y final??

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Un d?a cualquiera, la fecha carece de importancia. Un adolescente recibe un peque?o regalo, un paquete envuelto en papel de estraza. Lo abre con la expectaci?n propia de lo inesperado, en donde lo oculto concibe misterio. Se trata de dianas. Dianas a las que podr? disparar con su escopeta de aire comprimido. El ni?o mira a su padre y se abrazan?

Dos d?as antes

El oto?o se asoma al valle. Camino junto a mi padre, un hombre de largos silencios y mirada observadora. El d?a es gris. La luz, a duras penas, se cuela entre las nubes empecinadas en ocultar cualquier atisbo de azul. Entre las onduladas faldas de los montes un extenso hayedo, salpicado de a?osos y jorobados casta?os, comienza a desprenderse de sus hojas en un ?ltimo alarde de color. El pasto, que pronto ser? cubierto de ocres, grita su verdor a los pies de los caducos ?rboles de la zona. Llueve, agua c?lida, gotas gruesas que arrastran en su ca?da y estrellan contra el suelo la primera luz del oto?o, un desparramado brillo amordaza el sonido de los pasos que recorren el solitario sendero que discurre por el hayal.

Mi viejo ?as? le llamaba desde aquel d?a en que conoc?? a un tipo de aspecto desali?ado, al que mis hermanos llamaban montonero y que sin cesar hablaba, maravillado y a la vez entristecido, de su lejana Pampa- lleva al hombro su escopeta de caza: dos ca?ones superpuestos y una culata ergon?mica en la que est? grabada una escena de monter?a. En esta ocasi?n gu?o yo, un inquieto quincea?ero que tras el ?ltimo invierno sue?a con cazar un lobo.

Nos adentramos en el bosque. Otro mundo, una caverna vegetal, aunque en esta arb?rea b?veda ninguna mano ancestral ha dejado su huella. La vista se perturba, no hay ni aqu? ni all?. Los sonidos transmutan hasta cobrar sentido, los p?jaros no cantan, hablan para quien quiera escuchar. El tacto al caminar ha dejado de ser el mismo. Los olores se intensifican, cobran forma. Hasta el agua, que empapa el cabello y deja escapar algunas? gotas que resbalan por el rostro, atesora otro sabor.

Aunque seguimos sin discernir el cielo, aunque el sonido de la lluvia sigue ah?, sabemos que escampa: las ardillas abandonaron su refugio anunciando un cese del agua. Saltan de rama en rama, algunas se afanan en recoger frutos, otras, inm?viles, tan s?lo observan.

Soy cazador, me gusta abatir piezas, pero primero debo aprender a ser bosque, valle, o tal vez vereda. Antes debo ser el todo; oler el oto?o, tutear al corzo, sentir el paso del tiempo en el excremento de un zorro, buscar las cerdas del jabal? en la corteza del roble, planear con el ave y perderme entre su plumaje y as?, antes que ella, saber donde se posar?. He de ser fuerte, grande, y humilde para no hacerme notar. No obstante soy joven, algo testarudo, o quiz?s inconformista, y me salgo del camino? quiero conocer, podr?a decir, pero en realidad m?s tarde o m?s temprano siempre lo hago, as? sin m?s. Me adentro en las sombras del bosque y piso una rama, tras su crujido el silencio lo llena todo? maldito silencio, un silencio que petrifica el bosque hasta convertirlo en un burdo reflejo de lo que es. Silencio que es muerte, miedo, vac?o, nada, silencio? mas la Tierra sigue girando y aunque por instantes tal pareci? que no fue as?, las manecillas del reloj dictan su veredicto y continuamos nuestro camino, a la espalda se queda el hayedo. Vuelve a jarrear.

No tardaremos mucho en llegar, cerca se encuentra la casa de Manolo -un anciano al que le brillan los ojos recordando su mocedad- y unos trescientos metros m?s all?, est? la higuera que marcar? nuestra arribada.

Del camino sale una senda, a la vuelta del recodo se encuentra uno de mis rincones preferidos. Hacemos un alto, el viejo me cede la escopeta. Introduzco los dos cartuchos, en silencio sigo con precisi?n el ritual que una y otra vez me ha sido inculcado. Calibre 12, elijo cartuchos de perdig?n peque?o, con una buena expansi?n, quiero cazar un tordo. Cargada, cierro el arma con suavidad hasta escuchar el clic que indica que el cierre es correcto, pongo el seguro y, sin dejar de apuntar al suelo, avanzo. Recorro unos quince o veinte metros, hasta alcanzar una portilla de madera que da paso a la finca. No me ha visto, aunque ?l ya sabe que estoy aqu?, a?n no hab?a preparado el arma y su canto ya gritaba que conoc?a mi presencia. Treinta pasos nos separan ?cu?ntas veces los habr? contado! La higuera est? plet?rica, sus hojas carnosas, grandes, y de un verde oscuro ocultan el dulce fruto que es a la vez una trampa. Me yergo por encima de la portilla, con fuerza aprieto la escopeta? contra el hombro, la lluvia parece caer toda de un golpe, quito el seguro, la visibilidad es escasa, por los negros ca?ones se arrastra el agua y una gota en el punto de mira desprende un brillo que inoportuna el disparo. El tordo se mueve inquieto, a peque?os saltos cambia de rama, deja de emitir su canto, s? que en cualquier instante saldr? volando, pero yo tengo que esperar? y espero? los dos ojos apuntando, la respiraci?n interrumpida, el pulso firme? observo, no puedo precipitarme, tengo que sentir el momento? la higuera se difumina, la distancia se desvanece, la lluvia se hace invisible, y llega el instante, me vuelvo silencio? Y como si un juez hubiese dado la salida el tordo alza el vuelo para caer en picado. Asciende el humo del disparo, el olor de la p?lvora impregna el lugar. No pierdo de vista en donde cay? el p?jaro. Abro el arma y recojo del suelo el cartucho expulsado, recargo la escopeta y sin cerrarla voy a cobrar la pieza. Apenas se mueve, trata de ocultarse entre la hierba, el disparo, aunque letal, no fue lo suficientemente certero. Es la primera pieza que abato y que al acercarme no hallo muerta. Est? caliente, puedo sentir en mis manos su ansiosa respiraci?n, su pico abierto y su lengua que parece a punto de expulsar. Y el calor pierde su acogida, me embarga el frio que abrasa mi mano. El lustre de su plumaje se ha ido y aquel brillo de azabache se ha vuelto ceniza. La caricia de sus plumas se torna en un tacto acartonado que horada mi piel, aquel cuerpo tan liviano, ahora es roca pesada dif?cil de aguantar y sus ojos abiertos, aunque ya no ven, no me dejan de mirar.

Regreso junto a mi viejo, sigue junto a la portilla, inm?vil como un ?rbol. Guarda la pieza que le entrego en una de las faltriqueras del chaleco. No dice nada, no se ha perdido detalle, sabe que no habr? m?s? Desandamos el camino de vuelta a casa. No hablamos. Ha sido un d?a de caza.

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Nada es sagrado ya que todo lo es. Hablan de dioses que moran en para?sos y sonr?o socarr?n. S? que si existieran, habitar?an en una higuera.

Bajo la higuera

agoniza un tordo?

sigue la lluvia


Publicado por Atreyu15 @ 19:02  | Relatos del blog
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Comentarios
Publicado por Invitado
Jueves, 02 de junio de 2011 | 22:13

Que vacío está este cajón ultimamente. Se te echa de menos corazón.

Publicado por jomaalag
Domingo, 28 de agosto de 2011 | 23:41

Un cordial saludo Sr. Atreyu, la simbiosis entre el cazador y la pieza, marcaron mi niñez y los recuerdos afloran en tu relato, como si te hubiese estado viendo.

Cuidaros, un saludo jomaalag

Publicado por Atreyu15
S?bado, 14 de enero de 2012 | 19:31

Gracias, a ambos, por sus generosas palabras.

Publicado por gathos
Lunes, 02 de abril de 2012 | 22:17

excelentemente escrito, es usted un escritor fantastico, con aderezados detalles y palabra atinada, en el espacio atinado... y de gran vision para resolver los acertijos;-) ;-)

Publicado por Atreyu15
Lunes, 09 de abril de 2012 | 21:08

Gathos, agradezco mucho tus generosas palabras. Un saludo