Lunes, 29 de marzo de 2010


Son dos columnas sencillas, de cuerpo cuadrangular, revestidas de cemento áspero en donde unos chorretones negros, testigos de la lluvia caída, y el verdín que deja la humedad de la zona, son su único punto de atención. A un lado el parque, al otro la ciudad.

Desciendo tres peldaños que aún no sé muy bien si unen o separan, si alejan o acercan tan dispares ambientes; aunque quizás no sea nada de lo dicho y tan sólo es algo que han puesto ahí.

El silencio de mis pisadas se extingue, atrás quedan las ambiguas voces de la ciudad que convierten nuestro tránsito en un mudo estar; un ulular naranja, un frenazo negro sobre el asfalto, un portazo que recorre acelerado el rellano de un portal, el tintinar verde del repartidor de refrescos y un largo algarabío en donde no se sabe si el gato llora o el bebé maúlla.

Ahora la gravilla crepita bajo los pies y la leve polvareda que se levanta con cada paso vuelve a posarse, con la misma levedad, sobre las recientes huellas que afloran en la senda. A izquierda, a derecha… la vista alcanza el cielo siguiendo la corteza de los interminables chopos que con sus ramas desnudas parecen colgados del mismísimo azul. Avanzo… un grupo de gallináceas cruza veloz ante mí; una urraca alza el cuello, algo cuelga de su pico mientras me observa. Enciendo un cigarro, entre el humo azulado una reidora se posa en el estanque, los brillos de la mañana ondulan de orilla a orilla. Sigo caminando… el aroma de los ciruelos… Preparo la cámara fotográfica, enfoco… disparo…:

Ese color rosáceo…

con el último viento invernal

la voz del ganso

 

 


Tags: haiku, flor del ciruelo rojo, haibun

Publicado por Atreyu15 @ 17:29  | La mirada del Lobo
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