-Ése viene a por ti. –Recuerdo como mi amiga, entre risas, me lo
repetía al oído mientras bailábamos en la discoteca. Y es que aquel
chico, Javier, de sonrisa fácil y gesto tierno, estaba para comérselo.
Después de quince años, doce de matrimonio, cada vez que escucho
la puerta de casa y siento sus pasos acercarse, aquellas palabras
vuelven a revolotear en mi cabeza como si fuesen un pájaro atrapado en
una habitación. Entonces, mis manos se cierran con fuerza y con una
sensación de vértigo me digo llena de miedo: Ése viene a por ti.