Domingo, 16 de agosto de 2009

 

Los chapoteos y risas alborotadas de los niños enmudecen, por momentos, al propio río. El verano, el más caluroso de los últimos años, hace de aquel recodo a la sombra de un bosquecillo de álamos, el mejor lugar para pasar las tardes de estío.

Saltan al agua de una y otra orilla. Unos, encogidos como bolas, intentan levantar toda el agua posible para salpicar a los demás, hay quien bucea hasta lo más hondo de la poza en busca de la piedra más rara, y en medio de esta algarabía, entre bromas, un par de ellos intentan bajarle el bañador al que parece más tímido, dejándole parte de sus blancas nalgas al aire. De vez en cuando se toman una pequeña tregua que aprovechan para tenderse sobre la hierba. Hablan como lo que son, niños entre nueve y doce años que empiezan a hacerse preguntas sobre el mundo de los mayores, un mundo que no terminan de comprender, quizás, porque aún no saben hacerse las preguntas adecuadas. A medida que la tarde avanza, sus fuerzas, al igual que la de el sol, parecen disminuir; es en ese instante, coincidiendo con el canto de los grillos, cuando el grupo se divide despidiéndose hasta el día siguiente.

Sobre el río tan sólo quedan los ecos de las últimas risas que parecen perderse arrastradas por la corriente; un río que de nuevo, recobra su propia voz.

Con la noche ya dueña del cielo, en una de las orillas comienza a iluminarse el interior de unas casitas. La voz de un locutor en la tele se mezcla con el ruido de los platos mientras un padre apura a sus hijos para que se sienten a la mesa. En la orilla opuesta, el canto de los grillos acompaña el crepitar de un fuego que apenas ilumina los catres donde apiñados, dormirán exhaustos los otros niños…

 

Desharrapados…

Una tela, sin pausa,

teje la araña

 


Tags: micro-relatos, haiku

Publicado por Atreyu15 @ 14:44  | Relatos del blog
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