Aunque era medio día y el tiempo fiel al verano en que se hallaba, el lugar estaba en penumbras. La suciedad se había ido acumulando, como si la casa fuese un antiguo reloj de arena del que se han olvidado dar vuelta. Los cristales carecían de reflejos y no le recibió el aroma de los panecillos que su madre siempre le preparaba cuando llegaba del colegio... el olor a cerrado, a humedad, le hizo volver a la realidad. Se internó por el pasillo, las viejas maderas que hacían de suelo emitieron un quejido que voló por la casa como una bandada de palomas desorientadas. Al fondo, un rayo de sol se colaba a través de un cristal roto señalando el acceso al salón.
Apoyado en el marco de la puerta observaba palmo a palmo la habitación. Los colores eran tan sólo recuerdo, el único adorno que lucían las paredes eran las marcas que señalaban el sitio en donde en otro tiempo diferentes cuadros decoraban el salón... junto a una de las esquinas, una de las marcas parecía nacer del suelo... ¡el viejo reloj de péndulo! testigo puntual durante quince años de cada una de sus comidas. Aún le parecía ver, aunque borroso, el rostro de su madre mientras posaba la sopera sobre la mesa.
Atrapado entre reminiscencias dio unos pasos que le situaron en el centro del salón. ¡Cuánta soledad!, parecían trasmitir las arrugas que por un instante enmascararon su rostro mientras se giraba y examinaba el entorno. De súbito sintió un pequeño vértigo que le hizo ponerse alerta, los primitivos instintos tensaron su cuerpo. Con los ojos aún entrecerrados sintió como poco a poco el rostro de su madre alcanzaba más nitidez...
Corrió... atravesó la casa chocando con las paredes, levantándose después de tropezar y caer, corrió con lágrimas en el rostro, sin cerrar la puerta tras de sí, corrió mientras una y otra vez, en su mente, la voz de su madre le gritaba: ¡por favor hijo mío, no... por favor!