Sostenía un folio entre las manos, observaba el boceto dibujado, sin ningún tipo de entusiasmo y con gesto mecánico hizo una bola arrojándola con desgana en la papelera. Trabajaba en su casa, una edificación de dos plantas situada en las afueras de una pequeña ciudad. Estaba encumbrada sobre una colina desde la que contemplaba, cada tarde, el sol del verano fundirse en el infinito mar de tonos acres que conformaban los tejados de la población.
Era un auténtico obrero del arte, escultor de esfuerzo altruista que desbastaba frías piedras, extraídas en las albinas montañas italianas, hasta dotarlas de las formas más bellas que los sueños pudiesen presagiar.
El estudio ocupaba la planta inferior en el que un desmedido ventanal parecía desnudar la estancia. En medio de aquel espacio se alzaba un gran bloque de mármol blanco en espera de ser modelado. No era la piedra de más calidad que pudo seleccionar en la cantera, llevaba cuarenta años arrancada a la montaña y había sido rechazada en varias ocasiones por otros escultores a causa de una pequeña veta que manifestaba su fragilidad. Nada de esto le echó atrás en su decisión.
Tomó el puntero y la bujarda, y una vez situado en lo alto del pequeño andamio que rodeaba la piedra, inició decidido su desbaste. Las horas comenzaron a ser simples sombras que cruzaban tras su espalda, un afán desmesurado se había apropiado de sus sentidos. Apenas se alimentaba, y su descanso se limitaba a cortas siestas entre el polvo y las esquirlas que escupía la gran mole de mármol. Una vez que extrajo las grandes masas, no quiso detenerse a dibujar los posibles perfiles de la figura buscada; había morado en su sueño tantas veces que allá donde fijara sus retinas podía intuirla sin condición.
Por sus manos pasaron cinceles de diferentes tamaños y formas, hizo uso del trépano y del taladro y como único testigo, un sol que parecía arrastrarse por el ventanal como un pequeño caracol dorado.Desconocía el tiempo que había trascurrido. La despensa estaba completamente vacía, el desorden era ley y el estudio presentaba el aspecto de una antigua ruina redimida de las entrañas de la tierra. A medida que su obra avanzaba, Miguel parecía descomponerse. Su aspecto se tornaba inquietante. El pelo desaliñado; la barba, crecida en las últimas semanas, se exhibía descuidada; presentaba las manos hinchadas y llenas de rasguños; los jirones en la ropa y el polvo blanco que le cubría, al igual que si fuese un viejo mueble olvidado en un rincón, por momentos le hacían confundirse con su propia obra. Era incapaz de erguir el cuello, el mármol parecía haber anidado entre sus cervicales; los brazos, por instantes, se le agarrotaban y un continuo hormigueo se apoderaba de la punta de sus dedos. Apenas podía abrir los ojos, el polvo sobre las pestañas era un lastre difícil de salvar. Sus movimientos se hicieron cansinos, casi robotizados. Pero nada de esto era óbice que le hiciera desistir en el logro de su objetivo.
En el exterior, el paisaje se había mudado, como contagiado por el trabajo de Miguel; las nieves habían hecho su aparición.
Completamente desnudo y enflaquecido hasta la extremidad, movía con parsimonia la escofina buscando los retoques finales a su estatua; la figura que ante sus ojos se presentaba no tenía igual: el cabello parecía cobrar vida bajo los contornos de las sombras. Los ojos, grandes, parecían escarchados, a punto de llorar. Los labios, sellados, se mostraban ausentes, despertando el deseo de ser besados. Desnuda la esculpió, de pechos pequeños que a luz de la luna aparentaban querer rebosar…
Nunca llegó a finalizar su sueño. La escofina abandonó sus manos, el vértigo cruzó su ensimismado cerebro y las últimas fuerzas que le quedaban las entregó en un póstumo abrazo a la estatua.
Llegó la primavera al pueblo. Aunque ya estaban acostumbrados a las singulares desapariciones del “artista”, así le llamaban el los corrillos de los bares, los vecinos empezaron a mostrarse extrañados por su larga ausencia. Los rumores sobre la desaparición no tardaron en llegar a oídos del puesto de policía, y tras unos días de infructuosa búsqueda en pos de alguno de sus familiares, se presentaron en la casa. Ante la ausencia de respuesta a sus llamadas a la puerta, decidieron forzar ésta y entrar.
Cuentan los lugareños que, cuando entraron en el estudio, flotaba en el ambiente una fina neblina bañada por la luz filtrada a través del ventanal, creándose una atmósfera mágica e irrepetible. Dicen, las mismas voces, que los agentes se quedaron inmóviles al contemplar la figura de la mujer sosteniendo entre sus brazos el cuerpo de Miguel. Señalan, y esto tampoco lo digo yo, que al retirar el cadáver de los brazos de la hermosa talla, una lágrima cruzó la mejilla de ésta y que, al tocar el suelo, en cristal se transformó.