Dibujo realizado por Eduardo Antonio, un amigo de Pontevedra.
La ley era muy estricta. En el patio, apoyado en un muro húmedo, contemplaba el amanecer mientras apuraba el último cigarro; una última bocanada con la que calentar su aterido cuerpo y deshacerse del tembleque que se había apoderado de él. Contempló la espiral de humo evadirse tras los muros; aplastando la colilla contra el suelo miró resignado al frente.
El patio se llenó con el sonido de unos disparos. Sintió un repentino vértigo mientras la colilla, a sus ojos, se hacía cada vez más grande. Aún exhalaba la última calada cuando un soldado se le acercó y le otorgó el tiro de gracia.