La luna apenas había asomado su perfil cuando la música de un clarinete comenzó a danzar por el vetusto barrio. Seguí las notas de jazz que parecían rezumar del pétreo enlosado de las calles. Mis pasos me llevaron a una plaza coronada por una solemne catedral. La sombra de su torre gótica se contoneaba a luz anaranjada de las ornamentadas farolas mientras la figura encorvada de un pequeño hombre deambulaba por el lugar. Cuando quise acercarme, el hombre, con rostro abrumado, se volatizó barajado entre las sombras.
Abandonada, al pie de una farola, una estatuilla dorada parecía descansar.