A las dos horas del apagón los vecinos se echaron a la calle, la noche sin electricidad se les empezaba a eternizar. En poco tiempo el ruido de una cacerolada anegó el barrio.
¡Nos roban nuestro tiempo libre! ¡De noche, sin luz, no se puede hacer nada! ¡Nos tienen secuestrados!, decían unas voces soliviantadas.
Cuando advirtieron mi presencia, el silencio, mudo delator, pareció posarse sobre mis hombros como un gravoso peso. Me sentía observado, avancé sin detenerme; la calle se llenó con el sonido de mis pasos y el de mi bastón blanco que repiqueteaba rítmicamente sobre el suelo.