Dedicaba todo su tiempo libre, y también una gran parte de sus ingresos, al Dodge Charger del 65 heredado de su padre.
En la radio sonaban unas rimas rapeadas mientras observaba su cara reflejada en los cromados del coche, parecía satisfecho con el brillo obtenido en su Sueño de Acero. La música urbana dio paso a las noticias que al cabo de un par de minutos ya le parecieron demasiado alarmistas; no iba con él todo ese rollo catastrofista del que parecían abastecerse los informativos y pronto buscó nueva música en el dial; el final del planeta se le antojaba muy lejano.
Recogió los útiles de limpieza y los llevó hasta el garaje en donde los guardó ordenadamente. Cuando regresó, todo había cambiado, el mundo había desaparecido.