Dicen que camino con la gracia de unos dedos acariciando las teclas de un piano, al ritmo de una nana de Brahms; que mi mirada arrastra, que tiene una fuerza invisible que te lleva al fondo de un pozo en el que se puede encontrar un tesoro, o bien, ahogarse en turbias aguas estancas. Hay quien en mí sólo ve una silueta recortándose en la noche sobre la luna llena. Soy tildado por muchos de trasnochador, que la noche es mí cobijo y gusto de callejones sombríos en donde mi albedrío deambula sin ton ni son. Hay quien elude mi encuentro y me mira con recelo como si fuese un diablo menor, otros, sin embargo, gesticulan admirados como si advirtiesen a un dios. Nocturno trovador melancólico, capaz de embelesar a una dama con mis elegantes saltos en pos de un ovillo de lana. ¡Tantas cosas se dicen de mí! que mi aspecto es timorato, pues no se sabe si vengo o voy. Rutinario, egoísta y territorial – me llaman- y yo ronroneo burlón.
Como apreciaréis soy lo que cada uno en mí quiere ver, quizás el reflejo de un miedo o sencillamente, tan sólo, un clandestino deseo.
Apedrearme, elevarme a los altares, vilipendiarme, ensalzarme… ¡Qué más da! siempre soy y seré: un gato.