Mi?rcoles, 16 de mayo de 2007
Uno de los personajes m?s fascinantes de Macondo. Remedios es una mujer bell?sima y extra?a, elemental y pura, que vive como ajena a la vida ordinaria. Su belleza enciende el deseo de los hombres, pero aquellos que intentan consumarlo mueren de forma inesperada. Veamos el po?tico final de la historia de tan ins?lita mujer.

La suposici?n de que Remedios, la bella, pose?a poderes de muerte, estaba entonces sustentada por cuatro hechos irrebatibles. Aunque algunos hombres ligeros de palabra se complac?an en decir que bien val?a sacrificar la vida por una noche de amor con tan conturbadora mujer, la verdad fue que ninguno hizo esfuerzos por conseguirlo. Tal vez, no s?lo para rendirla sino tambi?n para conjurar sus peligros, habr?a bastado con un sentimiento tan primitivo, y simple como el amor, pero eso fue lo ?nico que no se le ocurri? a nadie. ?rsula no volvi? a ocuparse de ella. En otra ?poca, cuando todav?a no renunciaba al prop?sito de salvarla para el mundo, procur? que se interesara por los asuntos elementales de la casa. "Los hombres piden m?s de lo que t? crees", le dec?a enigm?ticamente. "Hay mucho que cocinar, mucho que barrer, mucho que sufrir por peque?eces, adem?s de lo que crees." En el fondo se enga?aba a s? misma tratando de adiestrarla para la felicidad dom?stica,, porque estaba convencida de que, una vez satisfecha la pasi?n, no hab?a un hombre sobre la tierra capaz de soportar as? fuera por un d?a una negligencia que estaba m?s all? de toda comprensi?n. El nacimiento del ?ltimo Jos? Arcadio, y su inquebrantable voluntad de educarlo para Papa, terminaron por hacerla desistir de sus preocupaciones por la bisnieta. La abandon? a su suerte, confiando que tarde o temprano ocurriera un milagro, y que en este mundo donde hab?a de todo hubiera tambi?n un hombre con suficiente cachaza para cargar con ella. Ya desde mucho antes, Amaranta hab?a renunciado a toda tentativa de convertirla en una mujer ?til. Desde las tardes olvidadas del costurero, cuando la sobrina apenas se interesaba por darle vuelta a la manivela de la m?quina de coser, lleg? a la conclusi?n simple de que era boba. "Vamos a tener que rifarte", le dec?a, perpleja ante su impermeabilidad a la palabra de los hombres. M?s tarde, cuando ?rsula se empe?? en que Remedios, la bella, asistiera a misa con la cara cubierta con una mantilla, Amaranta pens? que aquel recurso misterioso resultar?a tan provocador, que muy pronto habr?a un hombre lo bastante intrigado como para buscar con paciencia el punto d?bil de su coraz?n. Pero cuando vio la forma insensata en que despreci? a un pretendiente que por muchos motivos era m?s apetecible que un pr?ncipe, renunci? a toda esperanza. Fernanda no hizo siquiera la tentativa de comprenderla. Cuando vio a Remedios, la bella, vestida de reina en el carnaval sangriento, pens? que era una criatura extraordinaria. Pero cuando la vio comiendo con las manos, incapaz de dar una respuesta que no fuera un prodigio de simplicidad, lo ?nico que lament? fue que los bobos de familia tuvieran una vida tan larga. A pesar de que el coronel Aureliano Buend?a segu?a creyendo y repitiendo que Remedios, la bella, era en realidad el ser m?s l?cido que hab?a conocido jam?s, y que lo demostraba a cada momento con su asombrosa habilidad para burlarse de todos, la abandonaron a la buena de Dios. Remedios, la bella, se qued? vagando por el desierto de la soledad, sin cruces a cuestas, madur?ndose en sus sue?os sin pesadillas, en sus ba?os interminables, en sus comidas sin horarios, en sus hondos y prolongados silencios sin recuerdos, hasta una tarde de marzo en que Fernanda quiso doblar en el jard?n sus s?banas de bramante, y pidi? ayuda a las mujeres de la casa. Apenas hab?a empezado, cuando Amaranta advirti? que Remedios, la bella, estaba transparentada por una palidez intensa.

-?Te sientes mal? -le pregunt?.

Remedios, la bella, que ten?a agarrada la s?bana por el otro extremo, hizo una sonrisa de l?stima.

-Al contrario -dijo-, nunca me he sentido mejor.

Acab? de decirlo, cuando Fernanda sinti? que un delicado viento de luz le arranc? las s?banas de las manos y las despleg? en toda su amplitud. Amaranta sinti? un temblor misterioso en los encajes de sus pollerones y trat? de agarrarse de la s?bana para no caer, en el instante en que Remedios, la bella, empezaba a elevarse. ?rsula, ya casi ciega, fue la ?nica que tuvo serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dej? las s?banas a merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le dec?a adi?s con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las s?banas que sub?an con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a trav?s del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no pod?an alcanzarla ni los m?s altos p?jaros de la memoria
Publicado por Atreyu15 @ 15:10  | Micro-relatos
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Comentarios
Publicado por Invitado
Lunes, 07 de septiembre de 2009 | 15:52
Ante todo agradezco y celebro que exista una p?gina como ?sta, que incluye una selecci?n excelente de microcuentos, entre otras cosas. Felicidades.
Sin embargo, me permito, gentilmente, obsevar que no deber?a cortarse una novela para convertirla artificialmente en un microcuento, como hacen aqu? con "Cien a?os de soledad". Creo que con este tipo de acomodos se rompe la l?nea, tan prolija, que ven?an siguiendo hasta aqu?.
Felicidades otra vez. Y espero consideren esta respetuosa observaci?n.
Publicado por Invitado
Viernes, 10 de diciembre de 2010 | 18:39

sincermanete nunca lei 100 años de soledad, aunq si lei muchos otros libros o novelas de marqez. entramos en un tiempo en el q la brevedad es oro, el tiempo siempre lo fue. me gusto poder conocer la historia es bella por si sola. saludos