miércoles, 25 de abril de 2007
Para que su horror sea perfecto, César, acosado al pie de la estatua por lo impacientes puñales de sus amigos, descubre entre las caras y los aceros la de Marco Bruto, su protegido, acaso su hijo, y ya no se defiende y exclama: ¡Tú también, hijo mío! Shakespeare y Quevedo recogen el patético grito.
Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías; diecinueve siglos después, en el sur de la provincia de Buenos Aires, un gaucho es agredido por otros gauchos y, al caer, reconoce a un ahijado suyo y le dice con mansa reconvención y lenta sorpresa (estas palabras hay que oírlas, no leerlas): ¡Pero, che! Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena.
Publicado por Atreyu15 @ 16:52  | Micro-relatos
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Comentarios
Publicado por anonimo
miércoles, 03 de junio de 2009 | 21:15
Me parece un poco rebuscado, pero muy buenoSonrisa
Publicado por Invitado
martes, 01 de septiembre de 2009 | 20:13
La repetición y la vuelta de lo pasado , el eterno retorno de todo para instaurar algo, una marca que nos permita darnos cuenta que siempre volvemos a los mis hechos. El transcurso del tiempo demostrando una sucesión de momentos inevitablemente iguales que desembocan en el mismo resultado. NerG.