Lunes, 23 de abril de 2007

Colabora escribiendo unas l?neas

Comienzo del cap?tulo primero. Que trata de la condici?n y ejercicio del famoso y valiente hidalgo don Quijote de la Mancha.

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que viv?a un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, roc?n flaco y galgo corredor. Una olla de algo m?s vaca que carnero, salpic?n las m?s noches, duelos y quebrantos los s?bados, lentejas los viernes, alg?n palomino de a?adidura los domingos, consum?an las tres partes de su hacienda. El resto della conclu?an sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los d?as de entre semana se honraba con su vellor? de lo m?s fino. Ten?a en su casa una ama que pasaba de los cuarenta y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza que as? ensillaba el roc?n como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta a?os. Era de complexi?n recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que ten?a el sobrenombre de ?Quijada?, o ?Quesada?, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben, aunque por conjeturas veris?miles se deja entender que se llamaba ?Quijana?. Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narraci?n d?l no se salga un punto de la verdad.
Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso ?que eran los m?s del a?o-, se daba a leer libros de caballer?a, con tanta afici?n y gusto, que olvid? casi de todo punto el ejercicio de la caza y aun la administraci?n de su hacienda; y lleg? a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendi? muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballer?as en que leer, y, as?, llev? a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y, de todos, ningunos le parec?an tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas intrincadas razones suyas le parec?an de perlas, y m?s cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desaf?os, donde en muchas partes hallaba escrito: ?La raz?n de la sinraz?n que a mi raz?n se hace, de tal manera mi raz?n enflaquece, que con raz?n me quejo de la vuestra hermosura?. Tambi?n cuando le?a: ?los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza??.
Con estas razones perd?a el pobre caballero el juicio?
Publicado por Atreyu15 @ 15:55  | Literatura
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Publicado por Invitado
Lunes, 23 de abril de 2007 | 23:11
Con estas razones perd?a el pobre caballero el juicio, y desvel?base por entenderlas y desentra?arles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Arist?teles, si resucitara para s?lo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belian?s daba y receb?a, porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejar?a de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y se?ales. Pero, con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra, como all? se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran.
Publicado por Invitado
Lunes, 23 de abril de 2007 | 23:12
... Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar ?que era hombre docto, graduado en Sig?enza?, sobre cu?l hab?a sido mejor caballero: Palmer?n de Ingalaterra o Amad?s de Gaula; mas maese Nicol?s, barbero del mesmo pueblo, dec?a que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que si alguno se le pod?a comparar, era don Galaor, hermano de Amad?s de Gaula, porque ten?a muy acomodada condici?n para todo; que no era caballero melindroso, ni tan llor?n como su hermano, y que en lo de la valent?a no le iba en zaga.
Publicado por Invitado
Lunes, 23 de abril de 2007 | 23:14
En resoluci?n, ?l se enfrasc? tanto en su letura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los d?as de turbio en turbio; y as?, del poco dormir y del mucho leer, se le sec? el celebro, de manera que vino a perder el juicio. Llen?sele la fantas?a de todo aquello que le?a en los libros, as? de encantamentos como de pendencias, batallas, desaf?os, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asen-t?sele de tal modo en la imaginaci?n que era verdad toda aquella m?quina de aquellas sonadas so?adas invenciones que le?a, que para ?l no hab?a otra historia m?s cierta en el mundo.
Publicado por Invitado
Lunes, 23 de abril de 2007 | 23:19
Dec?a ?l que el Cid Ruy D?az hab?a sido muy buen caballero, pero que no ten?a que ver con el Caballero de la Ardiente Espada, que de s?lo un rev?s hab?a partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalles hab?a muerto a Rold?n el encantado, vali?ndose de la industria de H?rcules, cuando ahog? a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los brazos. Dec?a mucho bien del gigante Morgante, porque, con ser de aquella generaci?n gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, ?l solo era afable y bien criado. Pero, sobre todos, estaba bien con Reinaldos de Montalb?n, y m?s cuando le ve?a salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en allende rob? aquel ?dolo de Mahoma que era todo de oro, seg?n dice su historia. Diera ?l, por dar una mano de coces al traidor de Galal?n, al ama que ten?a, y aun a su sobrina de a?adidura.
(...)
Publicado por Manchurri
Lunes, 23 de abril de 2007 | 23:46
En efeto,rematado ya su juicio, vino a dar en el mas extra?o pensamiento que jamas dio loco en el mundo, y fue que le pareci? convenible y necesario, as? para el aumento de su honra como para el servicio de su rep?blica, hacerse caballero andante, y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que el hab?a le?do que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo g?nero de agravio, y poniendose en ocasiones y peligros donde acab?ndolos, cobrase eterno nombre y fama. Imagin?base el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos, del imperio de Trapisonda; y asi con estos tan agradables pensamientos, llevado del extra?o gusto que en ellos sent?a, se dio priesa a poner en efeto lo que deseaba.