Mientras “estudiaba” los verbos de francés, su mirada se perdía en la vieja casa de la esquina. Le resultaba bastante extraño que siguiera en pie, aunque vivía gente, pero ya las viejas casas de su barrio se habían echado abajo y habían construido modernos pisos.
Aquella casa le parecía una maravilla de la posguerra. Era de color amarillo desgastado por los años y el descuido, los grandes parchetones de la casa le daban un aspecto encantado. En su parte delantera había un enorme jardín, las plantas eran tan tupidas que no se podía ver el interior. Pero ella si lo podía ver desde su ventana, veía el interior de aquel bello jardín, se imaginaba que en las noches de verano la humedad de las plantas te rozaba la piel y el olor de las flores te ahogaba. Podía ver en su retina como los vivos colores la rodeaban y el zumbido de los grillos penetraba en los oídos, sentía en la garganta el graznar de las golondrinas, notaba la hierba húmeda en sus pies descalzos y como las hormigas le hacían cosquillas entre sus dedos. Miró hacia la puerta, supuso que era blanca porque la humedad había arrancado el color de la puerta, entró y vio a una viejecita sentada en su sillón de orejeras que había sido arrastrado hacia la ventana para ver el jardín. La viejecita estaba enlutada de los pies a la cabeza, su pelo era gris y ralo; ella recordaba muchas veces aquella melena de su juventud negra y brillante que cuando soltaba su moño le llegaba hasta la cintura y aquellos hoyuelos que le salían cuando sonreía ahora se habían caído por la gravedad y formaban en su rostro un aspecto de bóxer tristón. En su frente se reflejaban las preocupaciones e injusticias que había sufrido a lo largo de su vida sólo por ser mujer. Sus manos siempre finas y cuidadas habían caído en la jaula de la vejez. En sus labios, ahora agrietados, murmura en silencio los nombres de los que quiso y odió, de los que la amaron y repudiaron por ser como es y en su mirada, amarillenta ya, miran fijamente hacia la ventana buscando las respuestas que hoy y siempre se preguntaron los grandes pensadores. Miró a su alrededor, la habitación estaba siendo alumbrada por una bombilla desnuda en el techo. El salón estaba decorado de forma antigua con grandes muebles de madera oscura y con enormes estanterías donde descansaban libros que suspiraban porque unas manos volvieran a leerlos; ella los miró con detenimiento dejando a la viuda olvidada. Algo llamó su atención, un brillo metálico al fondo de la sala, se acercó con tranquilidad, no había prisa, disfrutó del olor a biblioteca que había en el salón y de cómo la luz dorada de la bombilla inundaba la sala y del murmullo del reloj de cuco y de su olvidada y nueva amiga. Vio unos portarretratos, demasiados adornados para su gusto, con enormes florerillas que reptaban por el marco rodeando así la pareja de novios que le miraban sonrientes. Ella quiso sentir el contacto del frió metal, alargó su mano…
¡PAM! la puerta se abrió y con ella vino la realidad.
Autor: Carpemdiem