Lunes, 02 de abril de 2007
?Oh! ?No sois profundidad de horror y sue?o,
muertos di?fanos, muertos n?tidos,
muertos inmortales,
cristalizadas permanencias
de una gloriosa materia diamantina!
?Oh ideas fidel?simas
a vuestra identidad, vosotros, ?nicos seres
en quienes cada instante
no es una roja dentellada de tibur?n,
un traidor zarpazo de tigre!
?Ay, yo no soy,
yo no ser?
hasta que sea
como vosotros, muertos!
Yo me muero, me muero a cada instante,
perdido de m? mismo,
ausente de m? mismo,
lejano de m? mismo,
cada vez m?s perdido, m?s lejano, m?s ausente.
?Qu? horrible viaje, qu? pesadilla sin retorno!
A cada instante mi vida cruza un r?o,
un nuevo, inmenso r?o que se vierte
en la desnuda eternidad.
Yo mismo de m? mismo soy barquero,
y a cada instante mi barquero es otro.
?No, no le conozco, no s? qui?n es aqu?l ni?o!
Ni s? siquiera si es un ni?o o una tenue llama de alcohol
sobre la que el sol y el viento baten.
Y le veo lejano, tan lejano, perdido en el bosque,
furtivamente perseguido por los chacales m?s carniceros
y por la loba de ojos saltones y pies sigilosos que lo ha de devorar por fin
entretenido con las lagartijas, con las mariposas,
tan lejano,
que siento por ?l una ternura paternal,
que salta por ?l mi coraz?n, de pronto,
como ahora cuando alguno de mis sobrinitos se inclina sobre el estanque de mi jard?n,
porque s? que en el fondo, entre los peces de colores,
est? la muerte.
(?Me llaman? Alguien con una voz dulc?sima me llama. ?No ha pronunciado alguien mi nombre?
No es a ti, no es a ti. Es a aquel ni?o.
?Dulce llamada que son?, y ha muerto!)
Ni s? qui?n es aquel cruel, aquel monstruoso muchacho,
tendido de trav?s en el umbral de las tabernas,
fren?tico en las madrugadas por las callejas de las prostitutas,
melanc?lico como una hiena triste,
pedante argumentista contra ti, mi gran Dios verdadero,
contra ti, que estabas haciendo subir en ?l la vida
con esa dulce, enardecida ceguedad
con que haces subir en la primavera la savia en los m?s tiernos arbolitos.
?Oh, quitadme, alejadme esa pesadilla grotesca, esa broma soturna!
S?, alejadme ese trist?simo pedagogo, m?s o menos ilustre,
ese rid?culo y enlevitado se?or,
subido sobre una tarima en la ma?ana de primavera,
con los dedos manchados de la m?s bella tiza,
ese monstruo, ese jay?n pardo,
ves?nico estrujador de cerebros juveniles,
dedicado a atornillar purulentos fonemas
en las augustas frentes imperforables
de adolescentes poetas, posados ante ?l, como estorninos en los alambres del tel?grafo,
y en las mejillas en flor
de dulces muchachitas con fragancia de narciso,
como nubes rosadas
que leyeran a P?rez y P?rez.
S?, son fantasmas. Fantasmas: polvo y aire.
No conozco a ese ni?o, ni a ese joven chacal, ni a ese triste pedagogo amarillento.
No los conozco. No s? qui?nes son.
Y, ahora,
a los 45 a?os,
cuando este cuerpo y ame empieza a pesar
como un saco de hierba seca,
he aqu? que de pronto
me he levantado del mont?n de las putrefacciones,
porque la mano de Dios me toc?,
porque me ha dicho que cantara:
por eso canto.
Pero, ma?ana, tal vez, esta noche
(?cu?ndo, cu?ndo, Dios m?o?)
he de volver a ser como era antes,
hoja seca, lata vac?a, est?ril excremento,
materia inerte, piedra rodada del atajo.
Y ya no veo a lo lejos de qu? avenidas yertas,
por qu? puentes perdidos entre la niebla rojiza,
camina un pobre viejo, un triste saco de hierba que ya empieza a pudrirse,
sosteniendo sobre sus hombros agobiados
la luz p?lida de los m?s turbios atardeceres,
la luz ceniza de sus recuerdos como harapos en fermentaci?n,
vacilante, azotado por la ventisca,
con el alma transida, triste, alborotada y h?meda como una bufanda gris que se lleva el viento.
Cuando pienso estas cosas,
cuando contemplo mi triste miseria de larva que a?n vive,
me vuelvo a vosotros, criaturas perfectas, seres ungidos
por ese aceite suave,
de olor empalagosamente dulce, que es la muerte.
Ahora, en la tarde de este sedoso d?a
en que noviembre incendia mi jard?n,
entre la calma, entre la seda lenta
de la amarilla luz filtrada,
luz cedida
por huidizo sol,
que el follaje amarillo
sublima hasta las glorias
del amarillo elemental primero
(cuando a?n era un perfume la tristeza),
y en que el aire
es una piscina de amarilla tersura,
turbada s?lo por la ca?da de alguna rara hoja
que en lentas espirales amarillas
augustamente
busca tambi?n el tibio seno
de la tierra, donde se ha de pudrir,
ahora, medito a solas con la amarilla luz,
y, ausente, miro tanto y tanto huerto
donde piadosamente os han sembrado
con esperanza de cosecha inmortal.
Hoy la enlutada fila, la fila interminable
de parientes, de amigos,
os lleva flores, os enciende candelitas.
Ah, por fin recuerdan que un d?a s?bitamente el viento
golpe? enfurecido las ventanas de su casa,
que a veces, a altas horas en el camino
brillan entre los ?rboles ojos fosforescentes,
que nacen en s?rdidas alcobas
ni?os ciclanes, de cinco brazos y con pezu?as de camella,
que hay un ocre terror en la m?dula de sus almas,
que al lado de sus vidas hay abiertos unos inmensos pozos, unos alucinantes vac?os,
y aqu? vienen hoy a evocaros, a aplacaros.
?Ah, por fin, por fin se han acordado de vosotros!
Ellos querr?an haceros hoy vivir, haceros revivir en el recuerdo,
haceros participar de su charla, gozar de su merienda y combatir su bota.
(Ah, s?, y a veces cuelgan
del monumento de una "fealdad casi l?brica",
la amarillenta foto de un se?or,
bigote lacio, pantalones desplanchados, gran cadena colgante sobre el hinchado abdomen.)
Ellos querr?an ayudaros, salvaros,
convertir en vida, en cambio, en flujo, vuestra helada mudez.
Ah, pero vosotros no pod?is vivir, vosotros no viv?s: vosotros sois.
Igual que Dios, que no vive, que es: igual que Dios.
S?lo all? donde hay muerte puede existir la vida,
oh, muertos inmortales.
Oh, nunca os pensar?, hermanos, padre, amigos, con nuestra carne humana, en nuestra diaria servidumbre,
en h?lito o en afici?n semejantes
a las de vuestros tristes d?as de cris?lidas.
No, no. Yo os pienso luces bellas, luceros,
fijas constelaciones
de un cielo inmenso donde cada minuto,
innumerables lucernas se iluminan.
Oh, bellas luces,
proyectad vuestra serena irradiaci?n
sobre los tristes que vivimos.
Oh gloriosa luz, oh ilustre permanencia.
Oh inviolables mares sin tornado,
sin marea, sin dulce evaporaci?n,
dentro de otro universal oc?ano de la calma.
Oh virginales notas ?nicas, indefinidamente prolongadas, sin variaci?n, sin aire, sin eco.
Oh ideas pur?simas dentro de la mente invariable de Dios.
Ah, nosotros somos un horror de salas interiores en cavernas sin fin,
una agon?a de enterrados que se despiertan a la media noche,
un fluir subterr?neo, una pesadilla de agua negra por entre minas de carb?n,
de triste agua, surcada por la m?s t?rpidas lampreas,
nosotros somos un vaho de muerte,
un l?gubre concierto de lejan?simos c?rabos, de agoreras zumayas, de los m?s secretos autillos.
Nosotros somos como horrendas ciudades que hubieran siempre vivido en black-out,
siempre desgarradas por los aullidos s?bitos de las sirenas fat?dicas.
Nosotros somos una masa fung?cea y tentacular, que avanza en la tiniebla a horrendos tentones,
monstruosas, tristes, enlutadas amebas.
?Oh, norma, oh cielo, oh rigor,
oh esplendor fijo!
?Cante, pues, la jubilosa llama, canten el p?fano y la tuba
vuestras epifan?as c?ndidas,
presencias que alent?is mi esfuerzo amargo!
?Canten, s?, canten,
vuestra gloria se ser!
Quede a nosotros
turbio vivir, terror nocturno,
angustia de las horas.
?Canten, canten la trompa y el timbal!
Vosotros sois los despiertos, los di?fanos,
los fijos.
Nosotros somos un turbi?n de arena,
nosotros somos m?danos en la playa,
que hacen rodar los vientos y las olas,
nosotros, s?, los que estamos cansados,
nosotros, s?, los que tenemos sue?o.
Publicado por Atreyu15 @ 17:43  | Literatura
Comentarios (1)  | Enviar
Comentarios
Publicado por Invitado
Jueves, 28 de mayo de 2009 | 19:43
me encanta este poema