Ya que nuestra última charla fue sobre el amor no quisiera abandonar un tema tan sugestivo sin contestar a una de mis oyentes que me pide alguna buena definición del amor.
Lamento no poder satisfacerla, señorita, porque tampoco yo conozco una buena definición del amor. Es más: no creo que pueda existir, porque definir (como la propia palabra indica) significa señalar el fin, establecer el límite exacto: en una palabra, decir “desde aquí hasta aquí”. ¿Y quién puede señalar los límites de una cosa, que es por naturaleza ilimitada? ¿Quién puede decir “desde aquí hasta aquí”, precisamente en un sentimiento que nadie ha sabido jamás cómo empieza y cómo termina?
Resueltamente no. Ni la conozco yo ni es posible que exista una buena definición del amor. Una definición total. Pero, si tanto le interesa, lo que podemos hacer es echar un vistazo a algunas de las más célebres definiciones parciales que de él se han hecho. Porque, eso sí, cada autor lo ha enfocado desde un punto de vista distinto, unos con gravedad, otros con poesía, otros con ingenio; y revisando mis apuntes puedo ofrecerle una pequeña antología donde hay de todo un poco. Prepare lápiz y papel, escúchelas… y si alguna le sirve, por mi parte encantado.
Stendhal, que no era un poeta ni un filósofo del amor, pero sí en cambio uno de sus mejores turistas, empieza su famosa definición con estas palabras: “El amor es una enfermedad del alma…” Cosa que no parece nada galante ni acertada, ya que la primera consecuencia de toda enfermedad es disminuir las fuerzas, mientras que el amor las multiplica. Pero quizá lo que Stendhal quiso decir con la palabra “enfermedad” es que el amor no es un estado normal sino una situación febril y extraordinaria del espíritu. Una enfermedad maravillosa, en el mismo sentido en que podría decirse que la perla es una enfermedad de la ostra.
Nietzche, queriendo redimirle de toda inferioridad física afirma que en el verdadero amor el cuerpo no es más que un órgano del alma.
En La Celestina, considerando que el placer y el dolor son los dos compañeros inseparables de toda pasión, se llega a la más profunda definición, con estas palabras que Celestina susurra al oído de Melibea: “Es amor una agradable llaga, una dulce amargura, un alegre tormento, una deleitable herida, una blanda muerte…”
Otros enamorados en cambio, han preferido atacarle por sus costados humorísticos. Napoleón, que amaba la acción ante todo, decía que “el amores la más hermosa ocupación para los desocupados”. Boufleurs, negándole su mejor virtud: la de ser una entrega total de una vida a otra vida, escribió que “en el fondo el amor no es más que un egoísmo a dúo”.
La Rochefoucauld, hombre de salón que creía en los placeres pero muy poco en las pasiones, dejó una frase célebre: “El amor es como los fantasmas; que todo el mundo habla de ellos, pero nadie los ha visto nunca”. Y otro hombre de salón, Chanfort, burlándose de los que truenan hipócritamente contra las mujeres, dijo que “el amor es como las epidemias: que los que más miedo les tienen son los que primero caen”.
Finalmente Mademoiselle Scudery, comprendiendo la imposibilidad de definir lo indefinible, propuso esta sonriente fórmula: “El amor es un no sé qué, que viene no se sabe cómo, y se va no se sabe cuándo”.
A fin de cuentas quizá sea la única definición posible para una pasión cuya suprema razón ha sido siempre la locura.
Por mi parte, señorita, no voy a darle ninguna definición, pero sí un consejo. ¿Quiere saber de verdad qué cosa es el amor? Primero, enamórese. Después, ya no necesitará preguntar.