Es en ese instante, en el que pujan la noche y el día por hacerse notar, cuando los funámbulos, en difíciles acrobacias, ejecutan una tenebrosa danza sobre la delgada línea que independiza el cielo del mar.
Caminos de agua
Son los hermanos de la nada. Mirada ausente, esquiva de la tierra que agravia sus pies descalzos; peregrina que huye fatigada de contemplar vidas lapidadas y deja, tras de sí, un decorado de sombras chinescas por el que tan sólo transitan almas opacas.
Sueñan con otras costas, lugares en los que las llanuras son de asfalto y están jalonadas por acristaladas construcciones en donde hasta las mismísimas nubes parecen detenerse a descansar. Dicen que allá a lo lejos, atravesando caminos de agua, cuando las playas comienzan a vislumbrarse, un aire que huele distinto silva una melodía con sones de emancipación.
Se hacen a la mar en pateras, panteones de madera, última estancia hacia una resurrección; niños de infancia corta y vida extensa; mujeres hasta ahora mudas y que tienen mucho que revelar, algunas llevan en su vientre nuevos latidos, todas van preñadas de libertad; hombres enjutos, de gesto cansino y ojos decididamente abiertos que no quieren perderse nada de lo que vendrá; almas que en desgarrado silencio parecen vagar en pena sobre un inmenso Campo Santo salpicado de sal.
Portan equipajes etéreos, pues las ilusiones, las esperanzas, al igual que las ansias, y tantas otras cosas, no se pueden avistar. Serán muchos los que en este viaje vean florecer el rostro de la muerte, más los que, en forzado sueño, vuelen sobre el infinito océano de regreso hacia su hogar. Escasos serán los que con agotador esfuerzo arriben en nuevas playas, recortadas costas en donde las olas asemejan un fiero puño que quiere romper el postrero muro que les separa de su salvación.
Ellos aún no lo saben pero el horizonte es algo que jamás se puede alcanzar…