Domingo, 28 de enero de 2007
No recuerdo por qu? mi hijo me reproch? en cierta ocasi?n:
-A vos todo te sale bien.
El muchacho viv?a en casa, con su mujer y cuatro ni?os, el mayor de once a?os, la menor, Margarita, de dos. Porque las palabras aquellas trasluc?an resentimiento, qued? preocupado. De vez en cuando conversaba del asunto con mi nuera. Le dec?a:
-No me negar?s que en todo triunfo hay algo repelente.
-El triunfo es el resultado natural de un trabajo bien hecho -contestaba.
-Siempre lleva mezclada alguna vanidad, alguna vulgaridad.
-No el triunfo -me interrump?a- sino el deseo de triunfar. Condenar el triunfo me parece un exceso de romanticismo, conveniente sin duda para los chambones.
A pesar de su inteligencia, mi nuera no lograba convencerme. En busca de culpas examin? retrospectivamente mi vida, que ha transcurrido entre libros de qu?mica y en un laboratorio de productos farmac?uticos. Mis triunfos, si los hubo, son quiz? aut?nticos, pero no espectaculares. En lo que podr?a llamarse mi carrera de honores, he llegado a jefe de laboratorio. Tengo casa propia y un buen pasar. Es verdad que algunas f?rmulas m?as originaron b?lsamos, pomadas y tinturas que exhiben los anaqueles de todas las farmacias de nuestro vasto pa?s y que seg?n afirman por ah? alivian a no pocos enfermos. Yo me he permitido dudar, porque la relaci?n entre el espec?fico y la enfermedad me parece bastante misteriosa. Sin embargo, cuando entrev? la f?rmula de mi t?nico Hierro Plus, tuve la ansiedad y la certeza del triunfo y empec? a botaratear jactanciosamente, a decir que en farmacopea y en medicina, ?iganme bien, como lo atestiguan las p?ginas de "Caras y Caretas", la gente consum?a infinidad de t?nicos y reconstituyentes, hasta que un d?a llegaron las vitaminas y barrieron con ellos, como si fueran embelecos. El resultado est? a la vista. Se desacreditaron las vitaminas, lo que era inevitable, y en vano recurre el mundo hoy a la farmacia para mitigar su debilidad y su cansancio.
Cuesta creerlo, pero mi nuera se preocupaba por la inapetencia de su hija menor. En efecto, la pobre Margarita, de pelo dorado y ojos azules, l?nguida, p?lida, juiciosa, parec?a una estampa del siglo XIX, la t?pica ni?a que seg?n una tradici?n o superstici?n est? destinada a reunirse muy temprano con los ?ngeles.
Mi nunca negada habilidad de cocinero de remedios, acuciada por el ansia de ver restablecida a la nieta, funcion? r?pidamente e invent? el t?nico ya mencionado. Su eficacia es prodigiosa. Cuatro cucharadas diarias bastaron para transformar, en pocas semanas, a Margarita, que ahora reboza de buen color, ha crecido, se ha ensanchado y manifiesta una voracidad satisfactoria, casi dir?a inquietante. Con determinaci?n y firmeza busca la comida y, si alguien se la niega, arremete con enojo. Hoy por la ma?ana, a la hora del desayuno, en el comedor de diario, me esperaba un espect?culo que no olvidar? as? nom?s. En el centro de la mesa estaba sentada la ni?a, con una medialuna en cada mano. Cre? notar en sus mejillas de mu?eca rubia una coloraci?n demasiado roja. Estaba embadurnada de dulce y de sangre. Los restos de la familia reposaban unos contra otros con las cabezas juntas, en un rinc?n del cuarto. Mi hijo, todav?a con vida, encontr? fuerzas para pronunciar sus ?ltimas palabras.
-Margarita no tiene la culpa.
Las dijo en ese tono de reproche que habitualmente empleaba conmigo.
Publicado por Atreyu15 @ 18:11  | Micro-relatos
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Publicado por Invitado
Mi?rcoles, 09 de abril de 2008 | 13:34
El texto trata de un hombre ansioso por compensar a su hijo salvando mediante farmacos la vida de su nieta