Lunes, 22 de enero de 2007
Alguna vez, a la madrugada, me despertaba el rasguear quejoso de una guitarra. Eran unos mozos que cruzaban la calleja, caminando impulsados quiz? por el af?n noct?mbulo, lo templado de la noche o la inquietud bulliciosa de su juventud.
?Qui?n ha visto alguna vez un ni?o que intenta apresar en su mano un rayo de sol? Tan in?til y loco como ese af?n era el que me asaltaba tendido en mi cama, en la soledad y la calma de la madrugada, al o?r aquella m?sica. Era la vida misma lo que yo quer?a apresar contra mi pecho: la ambici?n, los sue?os, el amor de mi juventud.
Y lo que hac?a m?s agudo mi deseo era el contraste entre la fiebre encerrada en mis venas y la calma y el silencio nocturnos: como si la vida no ofreciera otra cosa que su forma entrevista, la fuga tentadora del placer y de la dicha.
La voz de la guitarra se iba perdiendo calle arriba, call?ndose al doblar la esquina. Tal la ola henchida se alza del mar para romperse luego en gotas irisadas, as? romp?a en llanto mi fervor; pero no eran l?grimas de tristeza, sino de adoraci?n y plenitud. Ninguna decepci?n ha podido luego amortiguar aquel fervor de donde brotaban. S?lo los labios de la muerte tienen poder para extinguirlo con su beso, y qui?n sabe si no es ese beso donde un d?a encuentra el deseo humano la ?nica saciedad posible de la vida.
Publicado por Atreyu15 @ 13:20  | Literatura
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