No existe una frase tan tranquilizadora como esa: “seamos razonables”.
Si oye decir a dos hombres de negocios, “seamos razonables”, ¡buena señal! es que el negocio está a punto de concretarse. Si surge entre dos bandos rivales, es que estamos al borde de una transacción. Dicha entre dos pueblos puede significar la paz. Mientras se invoque a la razón, sea para lo que sea, vamos bien.
Pero si los que dicen “seamos razonables” son dos amantes, entonces… ¡malo, malo, malo! Porque si hay dos enemigos irreconciliables son precisamente la pasión y la razón.
El amor sólo admite las grandes temperaturas extremas, y lo mismo puede saltar repentinamente del trópico al hielo, que volver sin razón del hielo al trópico. La única temperatura que no resiste, donde se marchita y muere, es la tibia.
Las zonas templadas podrán ser las más adecuadas para el desarrollo de las civilizaciones, como lo son sin duda para el desarrollo de la agricultura; pero amor sembrado en esa zona es cosecha perdida. Si el amor tuviera un termómetro sólo registraría fiebres tórridas o álgidos desdenes. Si tuviera un barómetro, su aguja nerviosa sólo se detendría en una indicación permanente; “tiempo probable: tempestad”. Pero ¡razón! ¿cómo podría nadie exigir razón y mucho menos razones, a ese arrebato por el cual se cambian patrias y creencias, por el cual se muere y se mata?.
Oiga hablar a Romeo y Julieta, a Tristán e Iseo, a Calixto y Melibea (da lo mismo cualquier época y cualquier país): las palabras que salpican su dialogo son siempre las mismas: placer y dolor, sangre y locura, muerte y eternidad. Palabras todas ellas de fuego o de hielo, pero nunca una sola palabra tibia. En toda la literatura del mundo no hay una sola escena en que los amantes digan una vez, por casualidad, “seamos razonables”.
El apasionado dirá rotundamente ¡sí! o rotundamente ¡no! pero no admite esa tranquila elasticidad del “quizá”, el “quién sabe”, “bien pudiera ser…”
Y es natural que sea así. Es lo mismo que la fe. ¿Puede alguien imaginar una religión desapasionada? Es concebible una religión que, en vez de empezar su Credo afirmando rotundamente: “Creo en un Dios único y Todopoderoso…” comenzara, cautelosamente diciendo: “En realidad, bien miradas las cosas, no veo ningún inconveniente para admitir que, después de todo, quizá puede haber existido alguna especie de Ser Supremo Creador del Cielo y de la Tierra”.
Pues, si existiera, ésa sería la religión de dos amantes capaces de decir: “seamos razonables”.