Jueves, 04 de enero de 2007

Reyes Magos



Los Reyes Magos regresan a su patria por distinto camino del que vinieron, a fin de burlar al sanguinario Herodes. Es de noche: la estrella no los gu?a ya; pero la luna, brillando con intensa y argentada luz, alumbra espl?ndidamente la planicie del desierto. La sombra de los dromedarios se agiganta sobre el suelo blanco y liso, y a lo lejos resuena el cavernoso rugir de un le?n.


BALTASAR.- (Acarici?ndose la nevada y luenga barba y moviendo la anciana cabeza a estilo del que vaticina.) No s? lo que me sucede desde que me puse de rodillas en el establo de Bel?n y salud? al hijo de la Doncella, que me agita un esp?ritu prof?tico, y siento descorrerse el velo que cubre los tiempos futuros. Este tributo de oro que ofrec?a al Ni?o para reconocerle Rey, ?cu?ntas y cu?ntas generaciones se lo han de rendir! Tributos percibir?, no como nosotros, d?as, meses y a?os, sino siglos, decenas de siglos, generaci?n tras generaci?n, y los percibir? de todo el Universo, de toda raza y lengua, de nuevas tierras que se descubrir?n para aclamar su nombre. El oro que le he presentado era poco: apenas llenaba el cofre de cedro en que lo traje; y ahora se me figura que se ha convertido en un mar de oro, y veo que al Ni?o se le erigen templos de oro, altares de oro labrado y cincelado, tronos de oro, en torno de los cuales oscilan blancos flabelos de plumas con mangos de oro, y que ci?e su cabeza una triple corona de oro macizo, tambi?n, incrustada de diamantes y gemas preciosas. Olas de oro, fluyendo de los veneros de la tierra corren a los pies del Ni?o; y lo m?s extra?o es que el Ni?o los contempla con entristecida cara, y al fin esconde el rostro en el seno de su Madre. ?Habr? obrado mal, ?oh sabios!, en presentarle oro? ?No le agradar? a la criatura celeste el s?mbolo de la autoridad real? Temo que mis dones no hayan sido aceptos y mi obsequio pareciese sacr?lego.

GASPAR.- (Enderez?ndose sobre su montura, requiriendo la espada, frunciendo las cejas y echando chispas por los ojos.) Patriarca de los Magos, bien te lo pronostiqu?. El nacido Rey de los jud?os no es el vil mercader que quiere atesorar riquezas sin cuento en los subterr?neos de su morada. La codicia rebaja el alma y la hace pegajosa y grosera como la arcilla que, despreci?ndola, pisamos. Mi don es el ?nico que pudo complacer al Primog?nito de la Virgen. T? le trajiste oro, por monarca; yo, mirra, por hombre. Hombre ha querido nacer, y el llamarse hombre ser? su mejor t?tulo. La mirra amarga como el vivir, y como el vivir, sana y fortificante; he ah? lo que conviene a quien ha de realizar obra viril, obra de vigor y salud. ?Cre?is que se puede ser grande, noble y fuerte sin gustar el c?liz amargo? Aqu? me ten?is a m?, ?oh sabios!: he combatido, he sufrido, he vencido monstruos, he lidiado con tentaciones horribles, me he visto mil veces en mano de mis enemigos, y el soplo del martirio ha rozado mi sien. Pues s?lo un d?a he llorado, y una gota de mi llanto, cayendo en el ?nfora de la mirra, le prest? su t?nica y sabrosa amargura y quiz? su bals?mico perfume. Yo tambi?n veo al Ni?o, Baltasar; pero le veo combatiendo, arrollando, venciendo, aplastando dragones, sometiendo a su yugo a la Humanidad, sufriendo y regando con sangre una palma. Bien hice en traerle mirra.

MELCHOR.- (T?midamente, con humildad profunda.) Yo no s? si habr? acertado y, sin embargo, por la alegr?a que me inunda presumo que el Ni?o no rechaza mi don. T?, venerable y doct?simo Baltasar, le obsequiaste con oro consider?ndole Rey. T?, indomable y valeroso Gaspar, le trajiste mirra, teni?ndole por hombre. Yo, el ?ltimo de vosotros, el m?s ignorante, el et?ope de negra tez, le ofrec? unos granos de incienso, pues mi coraz?n le present?a Dios.

BALTASAR y GASPAR.- (At?nitos.) ?Dios!

MELCHOR.- (Con fe y persuasi?n ardiente.) S?, Dios. Ahora mismo, en medio de esta serena noche, sobre el limpio azul del cielo, he visto resplandecer su divinidad. Ah? est?n las naciones postradas a sus pies y redimidas por ?l, y por ?l igualados todos los hombres. Mi progenie, la oscura raza de Cam, ya no se diferencia de los blancos hijos de Jafet. Las antiguas maldiciones las ha borrado el sacro dedo del Ni?o. No le reconoc?is as? al pronto, porque es un Dios diferente de los dioses que van a morir: no condena, ni odia, ni extermina; ama, reconcilia, perdona y s?lo con acercarme a ?l noto en mi coraz?n una frescura inexplicable y en mi esp?ritu una paz que glorifica. As? que llegue a mi reino abrir? las prisiones, licenciar? los ej?rcitos, condenar? los tributos, dar? libertad a mis concubinas y me pondr? desarmado en medio de la plaza p?blica a confesar mis yerros y a que mis enemigos, si lo desean, tomen venganza de m?.

BALTASAR.- Me dejas confuso, Melchor. Tu creencia se asemeja a la locura.

GASPAR.- No te entiendo bien, Melchor. Tu creencia me parece afeminada, impropia de un rey.

MELCHOR.- No s? defenderla con razones. Hago lo que siento.

BALTASAR.- Mi d?diva era preciosa.

GASPAR.- La m?a era digna y noble.

MELCHOR.- La m?a expresa mi peque?ez, y s?lo significa adoraci?n.

BALTASAR.- Reuniendo las tres en una, quiz? obtendr?amos algo que hiciese sonre?r al prodigioso Ni?o.

GASPAR.- No puede ser. ?D?nde habr? un don que convenga al Rey, al Hombre y al Dios juntamente?


La luna brilla con claridad m?s suave, m?s misteriosamente dulce y so?adora. El desierto parece un lago de plata. Sobre el horizonte se destaca una figura de mujer bizarramente engalanada y ricamente vestida, hermosa, llorosa, con larga cabellera rubia que baja hasta la orla del traje. Lleva en las manos un vaso mirrino lleno de ung?ento de nardo, cuya fragancia se esparce e impregna la ropa de los Magos, y sube hasta su cerebro en delicados y penetrantes efluvios. Y los tres Reyes, ape?ndose y prosternados sobre el polvo del desierto, envidian, con envidia santa, el don de la pecadora Magdalena.




Publicado por Nereida4 @ 21:18  | Literatura
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