Estaba frío fuera del edredón, se adivinaba en el aliento, frío y con ganas de mear.
Bajo de la cobija calentito y sin deseos de salir al exterior.
Ni duermes ni meas, y ya al límite, te levantas con un torpe pedo de esos de a las tantas de una noche tonta.
Acabas la faena con afortunada gloria, y mientras te la envainas un sonido que apenas se percibe te pone alerta.
Sentado en el rellano de la escalera vi abrirse la puerta con la estudiada cautela de un sin tres en uno, chirriante de óxido.
El puto gordo entró en mi casa como si estuviera en la suya, sin avisar, vestido de rojo con ribetes blancos…el muy marica.
Llevaba un gorro muy molón. Me queda bien.