En la noche de diciembre una pandilla de transtornaos le daban punto y seguido a una botella de orujo, puede que el punto fuese aparte, ahora no sabría decirlo, pues en algún momento del otoño sonó la guitarra desafinada de un juglar con sed de jícaras que rompían las edades del monte, mientras llovía con tranquila eternidad al tiempo que el tiempo hilvanaba hierba y literatura, y Penélope tejía, en algún lugar de Itaka.