Desnudo, tendido sobre la cama, los brazos sobresaliendo a ambos lados del colchón y la mirada perdida en el cielo raso del cuarto. No es el calor de la noche lo que aviva su vigilia, pues hace ya unos instantes que recorre su cuerpo un tibio escalofrío. Son las tres de la mañana. Sus párpados no terminan de cerrase, pronto amanecerá y no quiere que el día le reciba despierto.
No es consciente de cuando comenzó a oírlo, ni tan siquiera de donde procede, lo único que sabe es que resuena en el interior de su cabeza como un inquietante eco. Es un goteo cadencioso, de ritmo lento y constante. Una gota tras otra que al estrellarse contra una superficie emite un agónico sonido que se apodera de toda la casa. El sopor invade su conciencia sin terminar de adueñarse de ella; es esa gota, la letanía de esa maldita gota que una y otra vez parece querer taladrar su oído. Un redoble luctuoso en una noche que parece extenderse sin final.
El goteo podría venir de la cocina, aunque bien pensado, el fregadero metálico delataría su procedencia; el sonido que a él le llegaba era más apagado. Hacía tan sólo dos días que había reparado los grifos del cuarto de baño, puede que fuese la cisterna, eternamente averiada. No le importaba, carecía de fuerzas y voluntad para levantarse y echar un vistazo; una extraña pereza parecía abrazarle como una fiel enamorada. Por un momento creyó distinguir, en el impacto amortiguado de la gota, una voz lejana repitiendo un mismo verso. Si no hacía algo pronto terminaría por perder los nervios, sin embargo, no intervenía para evitarlo, parecía tener la certeza de que ese goteo pronto cesaría y, con su final, llegaría su ansiado descanso…plof, plof, plof, tarareó la noche.
Como cada mañana entró en la habitación su madre para despertarlo. Lo encontró desnudo sobre la cama, los párpados cerrados, los brazos asomando cada uno a un lado del colchón, las venas de las muñecas abiertas y el cuerpo totalmente desangrado.