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Nunca es tarde para la aurora que se mece en el columpio luminoso de la estrella. Nunca es tarde para la noche escondida bajo las piedras soñolientas del arroyo, agazapada en los delirios de las ramas que nos miran, escondiendo sus miradas. Ni los montes tienen prisa para nada, enredados como están entre las nubes. esperando eternamente mis miradas. Ni el arroyo tiene prisa, aunque lo veas reflejar sus tornasoles deslizantes como eterna llamarada ensimismada. Pero la catarata refulgente tiene prisa por el agua eternamente amontonada. ¿Para llegar antes a dónde en bullicio de protestas alocadas? ¿Para romper sus líquidas rodillas con puntiagudas rocas encorvadas? ¿Para alejarse sin cesar del cielo en su caída libre hacia la nada? ¿Para morir cansada entre peñascos, entre vómitos de espumas afiladas? ¡Solo podrán calmarla en su delirio, las largas manos de llanuras represadas! Así pudiera descansar la catarata, contenida de su vertical asombro, sin sufrir eternamente despeñada. ¡Viniera un rayo de la luz más tarde a apaciguar su eterna llamarada! ¡Viniera sin cesar, como testigo, la caricia de una sombra de llanura apaciguada! Así pudiera, tal vez, descansar la catarata, defendida del viento y del torrente, sin sufrir eternamente despeñada. |