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Nos pusieron descalzos en la tierra y quemaba, quemaba como suele quemarnos el dolor, pero algo así como un dolor sin sitio destinado. Andábamos, pequeños, tristes, solos, con la llaga en el alma, por las calles sin nombres aprendidos todavía. (Porque andábamos todos en la noche aunque quemaba el suelo). Algunas veces nos parecía hallar en las aceras un poco de bondad, y descansábamos... Pero llegaban otros enseguida, con los mismos derechos, y era inútil pedirle mayor bien a los espacios. Se diría, pensando, que el Planeta se desprendió del sol con nuestro tiempo y nos era imposible el habitarlo: abrasaba el ambiente, no dolía con un dolor sin sitio destinado. Y parecía, a trechos, que acababa la luz eternamente... Sin embargo, el agua fue cayendo gota a gota y descansaba el pie. Un resplandor anunciaba distintas claridades cuando inició la alondra el primer vuelo... ...y andábamos, estábamos perdidos al borde casi de la misma luz. |