Caminaba por aquel páramo, aquel yermo inacabable que se sucedía a si mismo día tras día; todo lo que podía observar a lo lejos, era el horizonte, una línea trazada con tiralíneas, sin ningún relieve, ningún accidente, ninguna referencia para saber hacia donde dirigirse.
Solo la línea recta que trazaban las huellas que iba dejando tras de si daba una idea de la dirección que seguía, por lo que constantemente miraba hacia atrás para cerciorarse de que continuaba en la línea prefijada que le impidiera caminar en círculos.
Antes, había ido hacia atrás en alguna ocasión, para comprobar si las huellas se borraban, pero aunque retrocedió varias jornadas, las huellas seguían allí, nada las cambiaba o borraba. En ese extraño lugar no había ningún elemento que influyera sobre lo hecho.
No había árboles ni montañas, ni casas…, no había nada, solo el páramo, polvoriento y llano. La capa de polvo, era tan gruesa, que sus propias pisadas no hacían ruido ninguno.
Ansiaba llegar a cualquier sitio, con tal de que fuera distinto; ¿si encontrara el borde de aquella llanura?, ¿quizá pudiera pasar al otro lado?.
Una vez había escavado en el polvo, había apartado varios metros y había topado con una superficie como de cristal, aunque parecía muy gruesa.
Al otro lado podía ver agua, transparente y cristalina, con peces y otros seres que se movían por ella, con vida….
La luz, al otro lado, era distinta, parecía mas viva, comparada con la luz de su páramo, difusa y gris. La luz del otro lado, alegraba el corazón.
Desde entonces, periódicamente cavaba de nuevo un agujero para ver el otro lado, en ocasiones vio agua, pero ahora veía tierra, con raíces que se aplastaban contra el cristal, y en una de las ocasiones vio incluso una madriguera con conejos.
El otro lado era la respuesta, su vida gris y polvorienta en el lado del páramo no valía nada, a toda costa debía encontrar el borde y pasar al otro lado, si quería encontrar algún sentido a lo que era.