La solitaria bombilla que colgaba del techo apenas emitía la suficiente luz para traspasar el polvo acumulado sobre ella. El cuarto era pequeño, pintado en un azul ya distante. La humedad de las paredes competía con un espejo y una vieja fotografía en tonos sepia que, ladeada, presidía la cabecera de un herrumbroso camastro; frente a éste una mesa de madera y un taburete de tres patas que reposaba tirado en el suelo. Una minúscula ventana comunicaba el cuarto con el exterior, un patio sombrío; se mostraba tapiada por amarillentos y desbaratados papeles de periódico que no impedían la entrada del aire frío.
En el cuarto una sombra alargada recorría las paredes de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, en suave movimiento, como si tratara de negar lo sucedido. Todo parecía girar en torno a José que permanecía pasivo en el centro de la estancia y aunque sus ojos se mostraban muy abiertos era incapaz de distinguir su imagen en el espejo. Parecía absorto, con la barbilla apoyada en el pecho, una incógnita mueca en los labios y el rostro aparentando contemplar el pequeño charco que se formaba bajo sus pies. Era un hombre de cabellos lacios y precoces canas; su piel presentaba el aspecto arrugado de un trozo de papel de aluminio usado una y otra vez; los dedos nudosos, encallecidos por el trabajo, eran coronados por uñas largas con rastros perennes de tierra. Vestía una chaqueta de pequeños cuadrados en tonos marrones; abrochada por el único botón que lucía dejaba asomar una camisa zurcida, destinada, en otro tiempo, a cubrir el cuerpo de un hombre más fornido. Un pantalón gris oscuro que a duras penas se mantenía sobre su cintura, pues le faltaba la cuerda habitual con que se lo ceñía, y unos zapatos de indefinible aspecto completaban su atuendo. La sombra, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, proseguía su danza en la habitación.
Por un pasillo estrecho, en el que la oscuridad apenas dejaba entrever el deterioro, avanzaba una mujer que parecía llevar muchos inviernos sobre su espalda. De aspecto extraviado y ligera cojera detuvo sus andares ante la puerta entreabierta que daba acceso al cuarto de José. Tras apartarse hacia un lado dio paso a dos hombres y una mujer que, con rostro grave, iban tras ella. Fue el más joven de los hombres el primero en acercarse a José y rodearle con sus brazos.
José nunca supo de cariños efusivos; desconocía el calor de la amistad y esa ola que se desliza por dentro cuando se es estrechado por unas manos incondicionales. No conoció más caricias que las del aire sobre su cara, ni otra calidez que la aportada por el sol. No sería en ésta ocasión cuando descubriese esas sensaciones pues, su cuerpo, apenas se mantenía tibio y cierta rigidez se apoderaba de él cuando le tendían sobre el desvencijado catre. Unas manos retiraban de su cuello la cuerda que tantas veces sostuvo el pantalón a su cintura mientras la joven funcionaria rellenaba un impreso certificando su óbito.
Enterrado entre olvidados, en ese lugar del cementerio en donde el silencio parece dormir, yace el cadáver de José, el que jamás supo de abrazos.