sábado, 08 de abril de 2006
"El Recuerdo"

Una nube se desplazó hacia el este empujada por el viento gallego, el hombre se la quedó contemplando mientras sus manos cerraban el libro que estaba leyendo. Todo se volvió silencio un instante, el tiempo que tardó en llegarle el ruido de la maquina segadora que subía por el camino. Respiró el viento fresco. Le vinieron a la memoria otras nubes y otros vientos, lejos de la tierra verde, lejos incluso de él mismo.

Transcurría el año 1958. El muchacho acababa de cumplir veinte años. Observaba aquel desierto de arena con atención, tranquilo y alerta, su rostro serio y los ojos entrecerrados. Era mediodía y la temperatura alcanzaba los cincuenta grados, pero ya se había acostumbrado, llevaba tiempo allí, demasiado tiempo. Todavía no divisaban la población, no lo harían hasta el amanecer, y no habría sabido decir si deseaba que llegara ese momento, o despertar en la casa de sus padres, de amanecida, aspirando el aire húmedo con los olores familiares y acogedores de su pueblo. Pero ahora se encontraba sobre la arena de aquella inmensa nada, de aquel todo, sus manos en el arma, y su atención en algún lugar del horizonte, tal vez buscando aquel poblado al que no sabia si deseaba llegar .Subiendo la pesadez de la duna, se la acerco un hombre moreno, de mediana edad y piel oscura, curada por el sol y el viento, pequeño y de constitución sólida. Un perfecto bigote prusiano bajo una nariz de patricio reforzaba la dureza de sus ojos. Era el sargento que comandaba aquella patrulla, la cabeza de un destacamento de la VII Bandera que se dirigía hacia el recuerdo. Tres días atrás, el tercio 3º Juan de Austria, había sufrido una emboscada por parte de guerrilleros saharauis, un ataque que les había causado noventa y siete bajas despertándole a la realidad de una guerra. No era una de esas historias contadas por los viejos de su pueblo, ni aquella de la que le hablaban sus padres, esta era un despertar repentino, un estar en el aquí y en el ahora, en medio de una algarada de ordenes a gritos, de disparos, de muertos, de disciplina y deseos de no morir ese día.

A los diez años dejó la escuela, la casa familiar necesitaba los brazos de otro hombre. Las labores del campo no le eran ajenas, era lo único que conocía desde que tenia conciencia, eso y la escuela, un lugar donde saciar su viva curiosidad de niño. Pero ahora aquel lugar pertenecía a otra época, a una parte de su vida que era pasado, algo que ya formaba parte del recuerdo. Se levantaba con la primera luz del día, y desayunaba tocino asado con el pan de escanda que su madre había preparado, entre un quitarse de legañas y nostalgia de antiguo escolar. Bebía a sorbos cortos una taza de leche coloreada con achicoria, al tiempo que miraba a su padre, alto y serio ajustándose la boina, su hermano mayor desayunaba frente a el, con devota seriedad. Cataba las vacas de la casa, subía con ellas a los pastos, algo de comida, y el tirachinas. Pasaba el día entero con los animales, vigilando que no entraran en las fincas vecinas, cazando grillos, recordando los lugares donde anidaban los mirlos, viendo crecer la hierba que en el verano deberían segar, secar, y luego almacenar en el pajar, para que en el invierno sirviese de comida a los animales de la casa. De tarde volvía con las vacas, para catarlas de nuevo. Así un día tras otro aprendiendo nuevas cosa y añorando otras. Nunca había salido de su tierra, y parecía que aquello tan conocido se le estaba quedando pequeño, ahogándole, comprimiendo sus dieciocho años En el año 1956 alguien como él, nacido y criado en una pequeña aldea, no tenia demasiadas alternativas al mundo rural, acaso trabajar de peón en una obra en cualquier ciudad, emigrar a otro país, ser mano de obra barata en algún lugar, en un entorno diferente al que estaba acostumbrado .Los tercios saharianos habían sido la suya, y ahora, cuarenta y ocho años después aún no sabia porque había tomado aquella decisión.

Solo habían pasado tres días desde el ataque de la guerrilla, el tiempo de llegar hasta su acuartelamiento, preparar munición y vituallas para una expedición de castigo, hacer una comida caliente y mal dormir cinco horas. Mal alimentados y sin apenas descansar, parecía que solo la grifa y un algo dentro de ellos, una mezcla de venganza y disciplina, o tal vez no tener otro lugar donde estar, les hacia avanzar por el erg, bajo el sol de mediodía, hacia la parte en tinieblas de sus almas.
Era una pequeña población de novecientos habitantes, a once kilómetros de Edchera, solamente un pueblo donde vivían hombres, mujeres, y niños, cuyas alternativas a su vida eran menores que las del muchacho. Las órdenes de su comandante habían sido claras, no dejaban lugar a otra cosa que no fuera cumplirlas. Llegarían al poblado al atardecer, y no debían dejar ninguna vida en el. Ni siquiera se pregunto si podría hacerlo. Ahora, en aquel día del desierto saharaui, solo deseaba que todo ocurriese de manera rápida y lejana, y volver a su tierra, para respirar el aire fresco y húmedo.

El hombre posó el libro en una pequeña mesa, encendió un cigarrillo y aspiró el humo, distraído. La maquina segadora dobló un recodo del camino perdiéndose de vista, volviendo el silencio. Soplaba un viento del oeste sin nombre, solo una nube desplazándose, y el recuerdo.
Publicado por seudolus @ 14:19  | La Marmita de Seudolus
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Comentarios
Publicado por Atreyu15
martes, 11 de abril de 2006 | 13:57
Quizás sea, de tus relatos, el que más me gusta. Le has dado un tono y una descripción, a mi entender, adecuado para que el lector sienta ese momento de reflexión. Un hombre que tomó un camino y sencillamente hizo lo que de él se esperaba, aunque no por ello haya perdido su humanidad.

¿Para cuándo pisará Bermejo tierras americanas?
Publicado por seudolus
martes, 11 de abril de 2006 | 15:03
Es una de esas situaciones en las que cualquiera de nosotros puede verse metido, aunque nos creamos muy seguros en nuestra "sociedad del bienestar" ,pero es no tiene porque convertirnos en monstruos. A Bermejo le dejé zarpando de las Canarias, pero creo que no tiene el viento a su favor.
Publicado por Nereida4
sábado, 15 de abril de 2006 | 15:01
Me ha gustado mucho tu relato. Creo que has combinado muy bien las vivencias y reflexiones del protagonista en las tres épocas en las que transcurre la historia: el sosiego de la época actual, los recuerdos tiernos y cálidos de la infancia, y la crudeza y desconcierto del periodo de guerra. Todo ello aderezado, como siempre sueles hacer, con ese tono tan apropiado al ambiente que describes.