Jueves, 06 de abril de 2006
Lo ten?a olvidado entre numerosos archivos?en fin?



Entre la documentaci?n, un par de tarjetas con n?meros de tel?fonos y un pu?ado de billetes arrugados, asoma una vieja fotograf?a. Est? cuarteada por los bordes, sus tonos descoloridos se?alan el paso del tiempo y dos de las esquinas han sido comidas entre el ir y venir de sus manos a la cartera.
Iker recordaba el d?a en que hab?a sido tomada la foto, con aquella primitiva Kodak casi cuadrada, y no se olvidaba del viejo I?aki, su vecino, y de los apuros que pas? aquel buen hombre tratando de enmarcar a toda la familia dentro de tan peque?a ?ventana?. All? estaba con sus padres y sus tres hermanos. Ten?a doce a?os y era el mayor de los v?stagos, cuatro varones que tra?an de cabeza al peque?o pueblo de Burguete situado en la depresi?n de Roncesvalles. Posaban al pie de su hogar, una vetusta casona levantada en piedra gris, cubierta con un tejado de pizarra cuyas pronunciadas aguas evitaban que se acumulara la nieve en ?l.
A?oraba aquellos a?os y los inagotables juegos en los que emulaban la desgarradora y desigual lucha entre los Vascones y las tropas del rey Carlomagno. Le gustaba representar el papel del abatido Conde Roldan, cuando ?ste soplaba su olifante de marfil reclamando la ayuda de su Rey. Con una rama seca de casta?o, que imitaba a la sagrada espada Durandarte, lanzaba m?ltiples golpes que cortaban el aire y luego, junto a sus hermanos y dem?s chavales del pueblo, rodaba por la hierba; como en su tiempo lo hicieron los cad?veres de Roldan y sus doce Pares. Fue por aquellas fechas cuando, a ra?z de un insignificante percance, se desat? su esp?ritu aventurero.
Se despert? como siempre, envuelto entre sue?os de grandes haza?as. La ma?ana se presentaba fresca y soleada. Hab?a desayunado temprano junto a sus hermanos. Despu?s de que alg?n Cola-Cao mezclado con peque?os trozos de galletas acabara donde no deb?a, y tras la rega?ina de su madre, subi? hasta su habitaci?n para clasificar unos minerales que hab?a recogido en la ?ltima excursi?n realizada por toda la familia. Comprob? que le faltaba una de las piedras. Ni siquiera se lo pens?, decidido sac? del robusto armario de roble una mochila de lona en color caqui. De manera apurada, y tal como le ense?ara su padre, guard? en ella un diminuto botiqu?n, una cuerda, un par de calcetines y su inseparable br?jula. Calz? los pies con las botas de salir al monte y se puso la visera que llevaba el escudo de su equipo de f?tbol preferido, el Osasuna. Aprovech? un descuido de su madre para entrar en la cocina, llen? la cantimplora con agua y requis? algo de comida de la nevera. Su padre no vendr?a hasta la hora del almuerzo, se encontraba atendiendo negocios en Bilbao, y sus hermanos ya estaban desperdigados por el pueblo. Era el momento adecuado, sali? de la casa como un fugitivo.
Se encamin? hacia el sur del pueblo, en direcci?n a Garralda, m?s adelante tomar?a un sendero hacia el este que le acercar?a hasta Aribe para una vez all? volver a subir y adentrarse de lleno en la selva de Irat?. Apenas siete kil?metros le separaban de su destino y esperaba volver a la hora de la comida. La primera parte del recorrido transcurr?a por un incomodo pedregal en donde sufri? el primer percance: un inocente tropez?n dio con su cuerpo de bruces contra el suelo, caus?ndole ligeros rasgu?os en las manos y rodillas, aunque lo verdaderamente trascendente fue la perdida de la br?jula que portaba en uno de los anexos de la mochila, suceso del que no tuvo conocimiento hasta horas despu?s. Abandon? el pedregal para internarse en el bosque. Un antiguo robledal dio paso a un inmenso oc?ano verde de tupidos hayedos, salpicado por grupos de abetos blancos entre los que surg?an elevados y ricos pastizales para el ganado. Avanzaba con pasos decididos a pesar de la elevada humedad de la zona. En ocasiones se deten?a para escuchar los cantos entremezclados del Pito Negro y del Pico Dorsiblanco, aprovechaba esos momentos para agacharse y buscar las huellas del corzo y del jabal?. Su padre estar?a orgulloso de ?l. Se mov?a a gusto entre los ?rboles que apenas dejaban pasar la luz y el suelo blando era reparador para sus pies. En mitad de aquel bosque de caducifolios sus ojos se extasiaron por primera vez. All?, en medio de aquel laberinto vegetal, como nacido de la nada, se top? con las ruinas de una antigua f?brica de armas construida en el siglo XVIII, aut?ntica inspiraci?n de mentes inquietas. Se benefici? de la sombra de una derruida pared para descansar y curar las heridas que no dejaban de sangrar. En el instante en que la mercromina sec? y su fantas?a dej? de saltar entre cascotes se levant? y prosigui? con la marcha. Atr?s quedaron la f?brica abandonada y la majada de Azpegi. Pas? a la altura del Collado de Soroluz, quedando ?ste a su izquierda, y no pudo evitar detenerse, su febril imaginaci?n crey? distinguir, entre el prehist?rico dolmen y los menhires que lo rodeaban, la blanca figura de un druida. No perdi? mucho tiempo. A poca distancia se encontraba la dura pendiente que anteced?a a su meta, la torre de Urkulu, monumento romano que conmemoraba la conquista, por parte de estos, del territorio donde se encontraba. Al pie de la torre se qued? admirando parte de las 17.000 hect?reas de paisaje pirenaico que abarcaban aquella selva. Llevaba dos horas y media fuera de casa y no asomaban signos de apetito. Sin m?s demora se dirigi? hasta la grieta donde pocos d?as antes hab?a recogido una colorida roca calc?rea. Era como una gran herida abierta en la tierra, la mezcla de arcilla y agua con la propia cal y la oxidaci?n del terreno daba como resultado unos colores ocres; cuando se pon?a el sol parec?a como si la tierra sangrase. Dentro de la abertura se percat? de un agujero en el suelo, pos? la mochila y se arrodill? para examinarlo de cerca. Meti? el brazo hasta el codo y no encontr? fondo por lo que se ech? en el suelo para terminar de introducir el resto del brazo. El hueco parec?a amplio y su mano se mov?a a tientas cuando toc? algo met?lico: era de bordes suaves y ten?a la forma de una chapa, quiz?s, un poco m?s grande y m?s pesada. Encerr? el objeto en el pu?o y se dispuso a sacar el brazo. No lo consigui?, estaba atrapado por aquella peque?a boca. Tir? todo lo que pudo pero le fue imposible moverlo, ni tan siquiera un cent?metro. Deb?a actuar r?pido, pronto comenzar?a a hinch?rsele y ser?a imposible sacarlo. Con la mano libre acerc? la mochila y rebusc? entre la comida. Cogi? un tubo de leche condensada, lo derram? sobre la extremidad atrapada y esper? paciente a que se fuese filtrando entre las ranuras. Aun? todas sus fuerzas y de un brusco tir?n se liber?. Ten?a la mano hinchada y serios ara?azos a la altura del b?ceps. Repar? en las heridas sin darles importancia, lo que le preocupaba era el objeto que hab?a quedado dentro. Sin mediar un segundo sac? la navaja suiza que llevaba en el pantal?n y al igual que una hormiga fue horadando con paciencia el per?metro del agujero. Lo ten?a ante sus ojos, una especie de broche con un relieve grabado que imitaba a una flor, la tosquedad del dibujo le daba cierto aire antiguo y estaba labrado en bronce -semanas m?s tarde pudo certificar que era un broche perteneciente a la toga de un patricio romano-.
Al mirar el reloj, lo que tan s?lo cre?a que hab?an sido minutos, pudo comprobar que fueron horas. El temor se adue?? de su cabeza, guard? el tesoro y colg? la mochila sobre los hombros. Al salir de la grieta contempl? como el sol hab?a comenzado a descender. Apur? el paso, entre los ?rboles la oscuridad marcaba el relevo en el bosque. El paisaje, la fauna, los sonidos, todo se hab?a mudado como por arte de magia. Se detuvo al lado de un joven acebo para coger la br?jula. No pudo encontrarla cayendo derrotado y lloroso sobre el suelo. Permaneci? sentado, con las piernas recogidas contra su pecho, abraz?ndose para aliviar el miedo. El recuerdo de Rold?n le hizo levantarse, enjuag? sus l?grimas con las manos qued?ndole la cara ennegrecida. Atraves? el lugar con valent?a. Jirones en la ropa, ara?azos, ca?das y vueltas al mismo sitio no fueron ?bice para que alcanzara las puertas de Burguete, pasaba de las doce la noche. Los vecinos esperaban en la calle, la poblaci?n apenas era de trescientos habitantes. Entre muestras de j?bilo, preguntas y alg?n que otro gesto de desaprobaci?n, lleg? hasta la puerta de su casa. Su madre lloraba desconsolada, llevaba al menor de los hijos cogido en brazos y una mano as?a con fuerza el rosario de la abuela. Fueron sus hermanos los primeros en correr hac?a ?l para abrazarlo. La madre pos? al peque?o pero no al rosario y apret? a Iker contra su pecho con la fuerza que da el ver a la persona que se cree perdida. La figura de su padre aparec?a recortada y quieta a la puerta de la casa. Le hizo un gesto para que se acercara. Se miraron cara a cara, como se deben de mirar un padre y un hijo. Nunca olvidar?a la expresi?n de su padre. Con gesto cari?oso le puso la mano en el hombro y le llev? hasta el ba?o para lavar y curar las heridas, mientras, hablaron de cosas que hicieron crecer entre ellos una mutua admiraci?n. Una vez aseado se reuni? con toda la familia y aunque el reloj se?alaba la una y media de un nuevo d?a, compartieron una alegre y abundante cena.

Iker tiene ahora 46 a?os y en su rostro lleva dibujada la sonrisa del que ha alcanzado su sue?o. Guard? la foto en una cartera polvorienta. La luz del d?a es tan s?lo una delgada l?nea en el horizonte. Pasa la vista recorriendo las iluminadas tiendas de campa?a que forman el campamento, todo permanece en calma, los sonidos de la noche se mezclan con los ecos de alegres conversaciones. Su mirada se detiene en un punto del paisaje, al este del lugar donde se hallan, y por sus mejillas resbalan abundantes l?grimas. Ante ?l, tal y como anhel?, se alzan las m?ticas ruinas de la Ciudad Perdida?
Publicado por Atreyu15 @ 13:22  | Relatos del blog
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Comentarios
Publicado por Manchurri
Viernes, 07 de abril de 2006 | 20:40
?Atreyu!, muy bueno, hace so?ar con aventuras infantiles para recordar toda la vida, no todos encuentran un broche romano, pero todos tenemos una aventurilla que en su d?a nos pareci? una proeza.
Es una historia ?cojonuda!.
Publicado por seudolus
S?bado, 08 de abril de 2006 | 19:49
Sue?o de Iker,
sue?o de ni?o.
Un tesoro a encontrar,
un tesoro de otras vidas,
sea romano
o de china
un tesoro que guardar,
y madure lo encontrado
entre los sue?os infantes,
incubando
una persona,
un humano eclosionando.
A buscar tesoros varios,
tal vez romanos
tal vez humanos,
o tal vez princesas tristes
de ojos rasgados.
Que no falten nunca ni?os
y tesoros que encontrar,
ni falten tierras ignotas
si aun hay velas
que largar.
Y que no falten romanos, chinos,
y tierras lejanas,
princesas...
y tambien damas.


El poema est? inconcluso, a vosotros os toca seguir con ?l (vana pretensi?n).
Y en Navid? que vuelva a casa el que quiera, o el que pueda.
Publicado por Atreyu15
Martes, 11 de abril de 2006 | 13:30
Veo que os ha inspirado la aventura de Iker, pues me alegro. Con comentarios as? me siento ?obligado? a seguir escribiendo.

:]