Lo tenía olvidado entre numerosos archivos…en fin…
Entre la documentación, un par de tarjetas con números de teléfonos y un puñado de billetes arrugados, asoma una vieja fotografía. Está cuarteada por los bordes, sus tonos descoloridos señalan el paso del tiempo y dos de las esquinas han sido comidas entre el ir y venir de sus manos a la cartera.
Iker recordaba el día en que había sido tomada la foto, con aquella primitiva Kodak casi cuadrada, y no se olvidaba del viejo Iñaki, su vecino, y de los apuros que pasó aquel buen hombre tratando de enmarcar a toda la familia dentro de tan pequeña “ventana”. Allí estaba con sus padres y sus tres hermanos. Tenía doce años y era el mayor de los vástagos, cuatro varones que traían de cabeza al pequeño pueblo de Burguete situado en la depresión de Roncesvalles. Posaban al pie de su hogar, una vetusta casona levantada en piedra gris, cubierta con un tejado de pizarra cuyas pronunciadas aguas evitaban que se acumulara la nieve en él.
Añoraba aquellos años y los inagotables juegos en los que emulaban la desgarradora y desigual lucha entre los Vascones y las tropas del rey Carlomagno. Le gustaba representar el papel del abatido Conde Roldan, cuando éste soplaba su olifante de marfil reclamando la ayuda de su Rey. Con una rama seca de castaño, que imitaba a la sagrada espada Durandarte, lanzaba múltiples golpes que cortaban el aire y luego, junto a sus hermanos y demás chavales del pueblo, rodaba por la hierba; como en su tiempo lo hicieron los cadáveres de Roldan y sus doce Pares. Fue por aquellas fechas cuando, a raíz de un insignificante percance, se desató su espíritu aventurero.
Se despertó como siempre, envuelto entre sueños de grandes hazañas. La mañana se presentaba fresca y soleada. Había desayunado temprano junto a sus hermanos. Después de que algún Cola-Cao mezclado con pequeños trozos de galletas acabara donde no debía, y tras la regañina de su madre, subió hasta su habitación para clasificar unos minerales que había recogido en la última excursión realizada por toda la familia. Comprobó que le faltaba una de las piedras. Ni siquiera se lo pensó, decidido sacó del robusto armario de roble una mochila de lona en color caqui. De manera apurada, y tal como le enseñara su padre, guardó en ella un diminuto botiquín, una cuerda, un par de calcetines y su inseparable brújula. Calzó los pies con las botas de salir al monte y se puso la visera que llevaba el escudo de su equipo de fútbol preferido, el Osasuna. Aprovechó un descuido de su madre para entrar en la cocina, llenó la cantimplora con agua y requisó algo de comida de la nevera. Su padre no vendría hasta la hora del almuerzo, se encontraba atendiendo negocios en Bilbao, y sus hermanos ya estaban desperdigados por el pueblo. Era el momento adecuado, salió de la casa como un fugitivo.
Se encaminó hacia el sur del pueblo, en dirección a Garralda, más adelante tomaría un sendero hacia el este que le acercaría hasta Aribe para una vez allí volver a subir y adentrarse de lleno en la selva de Iratí. Apenas siete kilómetros le separaban de su destino y esperaba volver a la hora de la comida. La primera parte del recorrido transcurría por un incomodo pedregal en donde sufrió el primer percance: un inocente tropezón dio con su cuerpo de bruces contra el suelo, causándole ligeros rasguños en las manos y rodillas, aunque lo verdaderamente trascendente fue la perdida de la brújula que portaba en uno de los anexos de la mochila, suceso del que no tuvo conocimiento hasta horas después. Abandonó el pedregal para internarse en el bosque. Un antiguo robledal dio paso a un inmenso océano verde de tupidos hayedos, salpicado por grupos de abetos blancos entre los que surgían elevados y ricos pastizales para el ganado. Avanzaba con pasos decididos a pesar de la elevada humedad de la zona. En ocasiones se detenía para escuchar los cantos entremezclados del Pito Negro y del Pico Dorsiblanco, aprovechaba esos momentos para agacharse y buscar las huellas del corzo y del jabalí. Su padre estaría orgulloso de él. Se movía a gusto entre los árboles que apenas dejaban pasar la luz y el suelo blando era reparador para sus pies. En mitad de aquel bosque de caducifolios sus ojos se extasiaron por primera vez. Allí, en medio de aquel laberinto vegetal, como nacido de la nada, se topó con las ruinas de una antigua fábrica de armas construida en el siglo XVIII, auténtica inspiración de mentes inquietas. Se benefició de la sombra de una derruida pared para descansar y curar las heridas que no dejaban de sangrar. En el instante en que la mercromina secó y su fantasía dejó de saltar entre cascotes se levantó y prosiguió con la marcha. Atrás quedaron la fábrica abandonada y la majada de Azpegi. Pasó a la altura del Collado de Soroluz, quedando éste a su izquierda, y no pudo evitar detenerse, su febril imaginación creyó distinguir, entre el prehistórico dolmen y los menhires que lo rodeaban, la blanca figura de un druida. No perdió mucho tiempo. A poca distancia se encontraba la dura pendiente que antecedía a su meta, la torre de Urkulu, monumento romano que conmemoraba la conquista, por parte de estos, del territorio donde se encontraba. Al pie de la torre se quedó admirando parte de las 17.000 hectáreas de paisaje pirenaico que abarcaban aquella selva. Llevaba dos horas y media fuera de casa y no asomaban signos de apetito. Sin más demora se dirigió hasta la grieta donde pocos días antes había recogido una colorida roca calcárea. Era como una gran herida abierta en la tierra, la mezcla de arcilla y agua con la propia cal y la oxidación del terreno daba como resultado unos colores ocres; cuando se ponía el sol parecía como si la tierra sangrase. Dentro de la abertura se percató de un agujero en el suelo, posó la mochila y se arrodilló para examinarlo de cerca. Metió el brazo hasta el codo y no encontró fondo por lo que se echó en el suelo para terminar de introducir el resto del brazo. El hueco parecía amplio y su mano se movía a tientas cuando tocó algo metálico: era de bordes suaves y tenía la forma de una chapa, quizás, un poco más grande y más pesada. Encerró el objeto en el puño y se dispuso a sacar el brazo. No lo consiguió, estaba atrapado por aquella pequeña boca. Tiró todo lo que pudo pero le fue imposible moverlo, ni tan siquiera un centímetro. Debía actuar rápido, pronto comenzaría a hinchársele y sería imposible sacarlo. Con la mano libre acercó la mochila y rebuscó entre la comida. Cogió un tubo de leche condensada, lo derramó sobre la extremidad atrapada y esperó paciente a que se fuese filtrando entre las ranuras. Aunó todas sus fuerzas y de un brusco tirón se liberó. Tenía la mano hinchada y serios arañazos a la altura del bíceps. Reparó en las heridas sin darles importancia, lo que le preocupaba era el objeto que había quedado dentro. Sin mediar un segundo sacó la navaja suiza que llevaba en el pantalón y al igual que una hormiga fue horadando con paciencia el perímetro del agujero. Lo tenía ante sus ojos, una especie de broche con un relieve grabado que imitaba a una flor, la tosquedad del dibujo le daba cierto aire antiguo y estaba labrado en bronce -semanas más tarde pudo certificar que era un broche perteneciente a la toga de un patricio romano-.
Al mirar el reloj, lo que tan sólo creía que habían sido minutos, pudo comprobar que fueron horas. El temor se adueñó de su cabeza, guardó el tesoro y colgó la mochila sobre los hombros. Al salir de la grieta contempló como el sol había comenzado a descender. Apuró el paso, entre los árboles la oscuridad marcaba el relevo en el bosque. El paisaje, la fauna, los sonidos, todo se había mudado como por arte de magia. Se detuvo al lado de un joven acebo para coger la brújula. No pudo encontrarla cayendo derrotado y lloroso sobre el suelo. Permaneció sentado, con las piernas recogidas contra su pecho, abrazándose para aliviar el miedo. El recuerdo de Roldán le hizo levantarse, enjuagó sus lágrimas con las manos quedándole la cara ennegrecida. Atravesó el lugar con valentía. Jirones en la ropa, arañazos, caídas y vueltas al mismo sitio no fueron óbice para que alcanzara las puertas de Burguete, pasaba de las doce la noche. Los vecinos esperaban en la calle, la población apenas era de trescientos habitantes. Entre muestras de júbilo, preguntas y algún que otro gesto de desaprobación, llegó hasta la puerta de su casa. Su madre lloraba desconsolada, llevaba al menor de los hijos cogido en brazos y una mano asía con fuerza el rosario de la abuela. Fueron sus hermanos los primeros en correr hacía él para abrazarlo. La madre posó al pequeño pero no al rosario y apretó a Iker contra su pecho con la fuerza que da el ver a la persona que se cree perdida. La figura de su padre aparecía recortada y quieta a la puerta de la casa. Le hizo un gesto para que se acercara. Se miraron cara a cara, como se deben de mirar un padre y un hijo. Nunca olvidaría la expresión de su padre. Con gesto cariñoso le puso la mano en el hombro y le llevó hasta el baño para lavar y curar las heridas, mientras, hablaron de cosas que hicieron crecer entre ellos una mutua admiración. Una vez aseado se reunió con toda la familia y aunque el reloj señalaba la una y media de un nuevo día, compartieron una alegre y abundante cena.
Iker tiene ahora 46 años y en su rostro lleva dibujada la sonrisa del que ha alcanzado su sueño. Guardó la foto en una cartera polvorienta. La luz del día es tan sólo una delgada línea en el horizonte. Pasa la vista recorriendo las iluminadas tiendas de campaña que forman el campamento, todo permanece en calma, los sonidos de la noche se mezclan con los ecos de alegres conversaciones. Su mirada se detiene en un punto del paisaje, al este del lugar donde se hallan, y por sus mejillas resbalan abundantes lágrimas. Ante él, tal y como anheló, se alzan las míticas ruinas de la Ciudad Perdida…