Lunes, 27 de marzo de 2006
Miguelón era un hombre tranquilo, bondadoso, a veces incluso podría parecer un poquito tonto, quizá por eso la historia le trató tan mal. La historia oficial lo trató como a un bandido cruel, unido al maquis a causa de su idea política.

Vivía en el pueblo desde siempre, y fue bien conocido por todos, casó con una moza, Sara, que conoció en una romería lejos de allí, y quedaron a vivir en el pueblo.

Su hacienda, como casi todas las de aquella época, era escasa, un par de vacas, algunas cabras y un mulo, las consabidas gallinas y algunas tierras que utilizaba de pasto y de huerta. Mucho trabajo y poco beneficio, pero con esfuerzo daba para ir tirando y a lo mejor para dar estudios a las dos hijas que tuvieron, Elena y Violeta.

Todo rodaba aceptablemente en su vida, hasta que murió el cura de la parroquia y vino a sustituirlo otro con menos edad y quizá con demasiado mundo. Aquel cura, como diríamos hoy, conectó rápidamente con la población femenina de la parroquia, y aunque no vivía en el pueblo gustaba mucho de recorrer las casas de los feligreses, de resultas de lo cual tenía cada vez la iglesia mas llena de mujeres y los caminos cada vez mas llenos de enemigos.

Miguelón, volvió un mal día del puerto, donde mantenía sus cabras, antes de lo previsto, ya que el lobo había hecho de las suyas y le había matado un par, una la comieron los lobos, pero la otra no les dio tiempo gracias a la escopeta, y ahora traía el animal a casa para desollarlo y aprovechar todo lo que pudiera.

El tampoco vivía dentro del pueblo, su casa estaba unos doscientos metros antes, y a aquella hora sus hijas estarían en la escuela.

Al acercarse a la puerta, oyó voces dentro, y vio el paraguas del cura apoyado en el quicio y las madreñas al lado. Dejó la cabra en el suelo y entró, lo que vio no dejó lugar a dudas.

Al verlo ambos amantes se sobresaltaron, si bien, Sara no parecía participar de buen grado, pero el cura acostumbrado a esas lides se rehizo pronto y conociendo la proverbial bondad de Migelón, trató de disimular lo obvio con frases estupidas, mientras ambos se componían la vestimenta riendo nerviosamente.

Algo nublo la mente de Miguelón, cogió la escopeta que todavía llevaba al hombro y le descerrajó dos tiros al cura, uno en la entrepierna y otro en el pecho que lo mandaron al reino de Lucifer por vía de urgencia.

Sara, no dijo nada, se encogió en un rincón y empezó a sollozar. Miguelón, cogió cartuchos para la escopeta, un poco de comida y sin decir una palabra se marchó al monte.

La Guardia Civil, que se ocupó del homicidio, lo puso en busca y captura, pero el honor de la Iglesia no se podía poner en entredicho y a instancias del Obispado no se hizo mención alguna a la causa del crimen, sino que se achacó a motivos políticos y de venganza de Migelón, que a todas luces pertenecía al bando republicano de la reciente guerra civil.

Así pues, Miguelón se convirtió en un Maqui, huido al monte y buscado con ferocidad para cobrar la recompensa.

Los vecinos del concejo, que conocían la historia no creyeron nada de la versión oficial, pero llegaron las contrapartidas que nada querían conocer, solo querían darle caza como a un perro.

Sus vecinos, nunca admitían haberle visto, y se estableció una simbiosis entre el huido y los vecinos. Este cuidaba el ganado en los puertos, segaba los prados altos, y vigilaba los rebaños, y los vecinos le traían noticias de casa, ayudaban a Sara con las hijas y le daban algo de comida cuando podían.

Iban pasando los meses y los años, y la leyenda se diluía en el tiempo, cada vez se le veía menos, los que le veían decían que las barbas le llegaban a la cintura y el pelo también, que la dureza de los inviernos en el monte lo habían avejentado; y los que hablaban con el pensaban que se estaba volviendo loco. Pero aún así, los favores mutuos entre vecinos y Miguelón, continuaban.

Ya casi no le buscaban, pero cada vez mas por parte del estamento oficial, se hacía correr la voz de que el ganado que desaparecía en el monte lo mataba el, que robaba en las casas aisladas y mil delitos mas que se le atribuían.

Con doce años lo conocí, yo estaba en mi cabaña después de haber pasado el día con mis cabras y algunas vacas cerca del pico, ya había cenado y me había acostado en un jergón de paja que tenía al fondo de la cabaña, me había cuidado mucho de apagar la lumbre, para que ninguna chispa prendiera en mi cama. Dormía, cuando un aumento de luz me sobresaltó, pensando que había fuego, la levantarme vi a un hombre agachado junto a la lumbre, avivándola, llevaba ropa muy vieja, con una barba entrecana que le llegaba al pecho y con una larga melena, sus ojos hundidos en las cuencas, con el titilar de las llamas le daban un aspecto feroz.

Me eché a temblar, el me dijo con voz grave, “yo se quien eres, ¿sabes tu quien soy yo?”, yo sin dejar de mirar el cuchillo que llevaba al cinto, le respondí que si con la cabeza. De nuevo me preguntó “¿Sabes lo que cuentan de mi?”. Asentí otra vez con la cabeza, y el sonriendo me dijo “No tengas ningún miedo, todo lo que dicen es mentira, solo quiero algo de cenar, un poco de leche, algo de chorizo o un poco de pan, me lo comeré y luego me iré”.

Le di lo que tenía, y mientras el comía yo le observaba y escuchaba, “no debes decir a nadie que me has visto, solo se lo puedes decir a tu padre, no es por miedo, yo ya llevo doce años en el monte y mas mal no me pueden hacer, pero a ti si saben que me has visto te lo harán pasar mal”.

Terminó su cena y se marchó, no lo volví a ver nunca mas.

Se que algunas veces y sobre todo en las fiestas del pueblo, bajaba hasta una cuadra que esta un poco por encima de la plaza y desde allí nos contemplaba a todos, pero sobre todo a Sara, a Elena y a Violeta. Y quizá en alguna ocasión habló con sus hijas cuando iban camino del colegio, pero ellas nunca lo admitieron.

Cinco años después, un vecino de una aldea cercana, lo mató de un tiro en la espalda, cuando lo encontró desprevenido bebiendo en la fuente alta, cerca del pico del lobar, solo lo hizo por cobrar la recompensa, que ya era exigua. Al año siguiente aquel vecino se marchó a vivir a Oviedo y nunca volvió al pueblo.

Sus hijas se casaron y se fueron también, y Sara murió sin haber vuelto a hablar con el.
Comentarios
Publicado por seudolus
Martes, 28 de marzo de 2006 | 14:47
Historias como esa hubo muchas en la piel de toro, y las que habrá, sobre todo mientras sigan existiendo curas de cualquier religión. Un relato costumbrista bien contado como informe, pero falla como relato, métele vísceras a lo que escribes, se tu los personajes y vive lo que les sucede, te ayudará a llegar al lector. Ya te dije que tienes madera, solo te falta una chispa para que el fuego comience. Dos pintas para el grumete pues pone empeño en la ardua tarea de juntar palabras. Espero tu próximo relato.
Publicado por Atreyu15
Martes, 28 de marzo de 2006 | 16:13
Bien Manchurri, me gusta la historia aunque creo que le faltan detalles, quizás yo abuso mucho en mis relatos con el encaje de bolillos por eso creo que a este relato le falta alguna puntilla:
Algo nubló a Miguelón nos dices, pues descríbelo; observaba a su familia a escondidas, pero qué sentía; qué pensaba en el monte sobre su vida robada… etc.
Bueno grumete, esto es una opinión, yo también estoy aprendiendo. Lo dicho, nos presentas bien la historia ahora dale tu toque personal. Bien, bien. Guiño
Publicado por Manchurri
Martes, 28 de marzo de 2006 | 16:47
Teneis razón los dos, ocurre que lo veo de un modo desapasionado, quizá lo cuento como una cronica porque no se meterme en el personaje, bueno, en el futuro intentaré espabilar y conectar con el cuento. A ver, paciencia.
Publicado por Invitado
Viernes, 03 de septiembre de 2010 | 3:40

Me ha gustado mucho tu relato. el tema es bueno, aunque estoy de acuerdo con los demas. Los detalles son importantes para que el lector no solo lea sino, que pueda imaginarlo. seria un buen libro.