PALACIO DE LOS BLASONES
Aquella carretera prometía, era una local, estrecha, con un asfalto pésimo pero con un paisaje espectacular.
Íbamos despacio, sin ninguna prisa, buscando algo que ver que a poder ser no fuera lo visitado por todos los turistas. Nosotros éramos routards experimentados que buscábamos algo mas.
Pasamos por varios pueblos, mínimos, apenas tres casas y un hórreo, no se veía un alma, era casi la hora de comer y decidimos continuar a ver si mas adelante encontrábamos un sitio mas grande con algún bar donde llenar la tripa.
En un cruce vimos pintado sobre una piedra una flecha que señalaba el desvió a la derecha y un cartel que decía “Palacio de los Blasones”; no lo dudamos mas, era lo que estábamos buscando, giramos a la derecha y nos intentamos por aquella carretera aun peor. Solo cabía nuestro coche, y ascendía dando curvas a izquierda y derecha como si en aquel lugar no se hubiera inventado aún la línea recta. Un kilómetro, dos, cuatro, siete; ya comenzábamos a desesperar y por fin tras quince agotadores kilómetros y media hora de viaje mareante, tras la última curva apareció de repente un pueblo, minúsculo, en cuya plaza, una pequeña explanada de forma irregular, rodeada de casas, acababa la carretera.
Bueno, que mas da, ¿si merece la pena?, me dije; descendimos del vehículo y nos dispusimos a buscar el palacio. Seguro que muy pocos conocían aquel sitio, si no llegamos a estar atentos, no hubiéramos visto la piedra pintada con la inscripción y nos hubiéramos perdido esta visita que no aparecía en la guía de la región.
Dimos una vuelta al pueblo; un decir, porque no tardamos ni cinco minutos, y no vimos ningún palacio, volvimos a buscar en el poco espacio que ocupaba la aldea y nada, treinta casas a lo mas, pequeñas, y al menos veinte de ellas abandonadas.
Otra vez en la plaza, vimos a un anciano que tomaba el sol en el único banco que había, con los ojillos medio cerrados que le daban un aspecto feliz y satisfecho de aldeano bien comido y dispuesto a sestear.
No lo pensé mas, me acerqué a el y le saludé con un buenas tardes; el individuo, abrió los ojos y ante si vio a una pareja de edad madura, con mapa, guía turística, cámara de fotos, mochila a la espalda y aspecto turístico.
Le pregunté “¿podría decirnos donde está el Palacio de los Blasones?”.
El paisano, soltó una estentórea carcajada y aún riéndose, se dirigió en voz alta a una mujer que debía encontrarse en el interior de una casa adyacente, cuya puerta estaba entreabierta.
“Vicenta, Vicenta; otros dos que han picado”, y luego añadió ya mirándonos a nosotros y con una sonrisa burlona en la boca “joder, esto no se acaba nunca”.
Yo, amoscado, y notando que me estaba sonrojando, le pregunté que era lo que no se acababa nunca, y en que habíamos picado.
Verá señor turista; se avino a iluminarnos. Esa casa derruida que tienen ustedes a su espalda, es el Palacio de los Blasones.
Nos volvimos y vimos una casucha situada entre otras dos, con el tejado hundido y con mas aspecto de cuadra que de casa.
De nuevo nos volvimos hacia el viejo y este nos explicó:
Han picado, como otros muchos cientos a lo largo de setenta años, que fue cuando Nemesio, hoy ya fallecido y entonces aún un rapaz, pintó esa inscripción en la piedra del cruce; con el fin de embromar a los entonces propietarios de esa casa, los hermanos llamados Benito y Gerardo Blas Palacio, apodados Los Blasones, porque ambos medían mas de dos metros.
Vamos, que como ven el viaje ha sido en balde, no hay nada que fotografiar.
Sin mas palabras que un buenas tardes, cogimos el coche y nos fuimos a buscar un sitio para comer.