S?bado, 18 de marzo de 2006
PALACIO DE LOS BLASONES


Aquella carretera promet?a, era una local, estrecha, con un asfalto p?simo pero con un paisaje espectacular.

?bamos despacio, sin ninguna prisa, buscando algo que ver que a poder ser no fuera lo visitado por todos los turistas. Nosotros ?ramos routards experimentados que busc?bamos algo mas.

Pasamos por varios pueblos, m?nimos, apenas tres casas y un h?rreo, no se ve?a un alma, era casi la hora de comer y decidimos continuar a ver si mas adelante encontr?bamos un sitio mas grande con alg?n bar donde llenar la tripa.

En un cruce vimos pintado sobre una piedra una flecha que se?alaba el desvi? a la derecha y un cartel que dec?a ?Palacio de los Blasones?; no lo dudamos mas, era lo que est?bamos buscando, giramos a la derecha y nos intentamos por aquella carretera aun peor. Solo cab?a nuestro coche, y ascend?a dando curvas a izquierda y derecha como si en aquel lugar no se hubiera inventado a?n la l?nea recta. Un kil?metro, dos, cuatro, siete; ya comenz?bamos a desesperar y por fin tras quince agotadores kil?metros y media hora de viaje mareante, tras la ?ltima curva apareci? de repente un pueblo, min?sculo, en cuya plaza, una peque?a explanada de forma irregular, rodeada de casas, acababa la carretera.

Bueno, que mas da, ?si merece la pena?, me dije; descendimos del veh?culo y nos dispusimos a buscar el palacio. Seguro que muy pocos conoc?an aquel sitio, si no llegamos a estar atentos, no hubi?ramos visto la piedra pintada con la inscripci?n y nos hubi?ramos perdido esta visita que no aparec?a en la gu?a de la regi?n.

Dimos una vuelta al pueblo; un decir, porque no tardamos ni cinco minutos, y no vimos ning?n palacio, volvimos a buscar en el poco espacio que ocupaba la aldea y nada, treinta casas a lo mas, peque?as, y al menos veinte de ellas abandonadas.

Otra vez en la plaza, vimos a un anciano que tomaba el sol en el ?nico banco que hab?a, con los ojillos medio cerrados que le daban un aspecto feliz y satisfecho de aldeano bien comido y dispuesto a sestear.

No lo pens? mas, me acerqu? a el y le salud? con un buenas tardes; el individuo, abri? los ojos y ante si vio a una pareja de edad madura, con mapa, gu?a tur?stica, c?mara de fotos, mochila a la espalda y aspecto tur?stico.

Le pregunt? ??podr?a decirnos donde est? el Palacio de los Blasones??.

El paisano, solt? una estent?rea carcajada y a?n ri?ndose, se dirigi? en voz alta a una mujer que deb?a encontrarse en el interior de una casa adyacente, cuya puerta estaba entreabierta.

?Vicenta, Vicenta; otros dos que han picado?, y luego a?adi? ya mir?ndonos a nosotros y con una sonrisa burlona en la boca ?joder, esto no se acaba nunca?.

Yo, amoscado, y notando que me estaba sonrojando, le pregunt? que era lo que no se acababa nunca, y en que hab?amos picado.

Ver? se?or turista; se avino a iluminarnos. Esa casa derruida que tienen ustedes a su espalda, es el Palacio de los Blasones.

Nos volvimos y vimos una casucha situada entre otras dos, con el tejado hundido y con mas aspecto de cuadra que de casa.

De nuevo nos volvimos hacia el viejo y este nos explic?:

Han picado, como otros muchos cientos a lo largo de setenta a?os, que fue cuando Nemesio, hoy ya fallecido y entonces a?n un rapaz, pint? esa inscripci?n en la piedra del cruce; con el fin de embromar a los entonces propietarios de esa casa, los hermanos llamados Benito y Gerardo Blas Palacio, apodados Los Blasones, porque ambos med?an mas de dos metros.

Vamos, que como ven el viaje ha sido en balde, no hay nada que fotografiar.

Sin mas palabras que un buenas tardes, cogimos el coche y nos fuimos a buscar un sitio para comer.
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