Para Seudolus por su paciencia en leer y comentar todos mis relatos.
El camino era de tierra y grava, estrecho, y con muchos recovecos en los que la hierba crecía sin distinción manifestando con su presencia el abandono del lugar. Envuelto por un silencio que tan sólo el olvido es capaz de hacer aflorar atravesaba un bosque longevo de insólitos árboles: colosos de gruesos troncos que se retorcían en arabescas figuras y que parecían querer mostrar en cada una de esas formas todo el dolor que en su interior albergaban; las cortezas suaves incitaban a ser acariciadas y sus miles de ramas entrelazadas establecían una única cercha engalanada por un singular océano de hojas blancas que abovedaban la arboleda.
El crujir de unas pisadas sonó como un grito en el bosque, el eco lastimero que se extendió por doquier detuvo los pasos de Jonás. No tardó en sentir una brisa serpenteando a su alrededor, una mano incorpórea que de manera desmesurada comenzó a zarandear su cuerpo y tras impensado gesto ascendió huracanada hasta la lejana techumbre de hojas. Se estrelló sin reparo contra la barrera y tras el violento embate comenzaron a desprenderse, casi infinitas, níveas hojas sobre Jonás. Su razón se negaba a certificar la escena: no eran hojas sésiles ni pecioladas; ni siquiera dentadas, aserradas o lobuladas; nada tenían de acorazonadas o sagitadas, ni tan siquiera nervios de palminervia las calificaba; eran hojas rectangulares en papel de celulosa, vírgenes DINA4 que caían mansamente a su lado. Aún ensimismado, extendió los brazos y atrapó una entre sus manos.
Vagaba ausente, desconocedor del tiempo que llevaba allí; sin horizonte que indicara un camino; sin principio, sin final; no se atisbaban astros ni cielo por los que guiarse; descansaba en cualquier lugar pues todos eran iguales. Estaba aislado en el interior de una hoja de papel que entre sus dedos atesoró con un acto involuntario.
En los primeros momentos caminó con paso firme seguro de llegar en breve a uno de los bordes del folio, pero pronto desistió, tenía la sensación de caminar en círculos. Llegó, incluso, a rasgar el papel con sus manos, pero el mismo fondo blanco asomaba una y otra vez reprochando su desacato. Cansado, se tendió y cerró los ojos. Soñó con lugares tan remotos que había jornadas en las que el sol se olvidaba de salir; escuchó pájaros que trinaban nanas; vio flores luminosas que a la puesta del día desplegaban sus pétalos para alumbrar en la oscuridad; navegó por auténticos mares de viento e incluso pudo avistar un dragón blanco comer dócilmente de la mano de un niño.
Abrió los ojos con el hastío que da el haberlo perdido todo mas con un movimiento dinámico se incorporó; dos pestañeos dieron tiempo a que se levantara. Ante él todo era cambios: un sin fin de palabras alineadas, frases encadenadas, puntos, comas y un inacabable etc. de símbolos ortográficos posaban como un paisaje que acotaba y otorgaba perspectiva a todo aquel mundo blanco que estaba presto a devorarlo. Siguió con denuedo la lectura de lo allí escrito y al igual que un buen sabueso no se detuvo hasta alcanzar la última letra plasmada, de la cual aún se desprendían pequeñas gotas de tinta. No dudó en tumbarse junto al minúsculo charco negro que a sus pies se formaba, arrió sus párpados y se durmió. Imaginó lugares remotos en los que dragones blancos surcaban mares de viento; escuchó un coro de niños que cantaban nanas a los pájaros para que cerraran sus alas…y soñó con un punto final.
Los pasos de Jonás eran seguros, caminaba despreocupado, las manos en los bolsillos y un libro bajo uno de los brazos. El camino de tierra y grava se iba quedando pequeño a su espalda.