Este relato está escrito hará dos años, y de él me dijo Kris d´Olot que era "un relato circular", tal vez esté en lo cierto. Describe un momento de hace unos once años, cuando yo trabajaba en el monte "tirando" madera, trabajo duro y al que espero no volver.
"El día que fuimos parte de un todo"
Una línea de luz amarilla rompía la noche y en ella se recortaban las cimas de la sierra, sentados en la gran piedra de cuarcita esperábamos la salida del sol, fumando en silencio, en la quietud de aquella mañana de finales de diciembre, y nuestros corazones se llenaban de gozo en ese momento que intuíamos como el más puro de la jornada, haciéndonos sentir por un instante que todo el mundo que alcanzábamos a ver y nosotros mismos éramos un todo, una sola entidad, polvo de estrellas fumándonos un cigarrillo en algún lugar del tiempo. Quiso hacerse la noche de nuevo, pero un viento del oeste alejo las nubes hacia la costa y la encrespada superficie de agua se volvió entonces de un color que era como el de la parte desconocida de nuestras almas. El monte empezaba a lanzar colores tímidos salidos de la oscuridad, verdes y ocres cubiertos de esa extraña luminosidad que tienen algunos días de invierno, comenzando a dar vida a un pequeño y estrecho valle por el que trescientos metros mas abajo, un río de aguas de plomo y cristal opaco dividía la escarpada tierra, redondeando piedras en su descenso y hablándonos con sus voces liquidas, de otros tiempos en los que no éramos ni tan siquiera algo por llegar, tan solo las voces del agua contando aquello que habían vivido.
Nosotros no llegaríamos hasta abajo, nos detendríamos a mitad de la empinada ladera, allí donde él estaba, engañosamente pequeño en la corta distancia, uniendo su canto al del río y al del viento, esperándonos con la serenidad de aquello que se sabe en su lugar.
Cargamos mochilas y herramientas preparándonos para bajar, y en ese momento el viento nos trajo un anticipo del agua, dejándonos diminutas chispas húmedas en el rostro, y la certeza de que seria una jornada dura. No había mas camino, así que tuvimos que abrirnos paso a golpe de hierro para llegar hasta allí, a través de una barrera vegetal de brezos rastreros, punzantes tojos por los que trepaban zarzas dormidas, y tímidas enredaderas apoyadas en el pie del árbol, indecisas a la hora de acometer la subida, temerosas de no tener la energía suficiente para llegar a la copa del coloso. La hoz era una ancha curva de hierro acerado, con un mango de una braza y un filo perfecto que parecía de plata, con ella fui cortando los obstáculos que mas nos estorbaban, abriendo una trocha que permitía el paso de un hombre, haciendo así un descenso rápido y accidentado por los golpes y pinchazos del matorral. Al llegar limpié un círculo de dos metros de diámetro a su alrededor y despejé la zona de seguridad, entonces me acerqué para sentir su piel lisa y áspera, extraña. Empezaba a llover, calabobos que llaman en la meseta, y por aquí barruzu. Llovía un mundo de agua fina y suave, un mundo formado por diminutas gotas que parecían suspendidas del aire, envolviéndonos en un abrazo cariñoso que unía sus voces al coro que nos hablaba. Raúl miro al gigante con fastidio, apoyado en mi hoz yo también le miraba. Sesenta y cinco metros y seis toneladas, un mástil enraizado en la tierra negra, raíces largas y duras extendiéndose bajo el suelo buscando agua, todo el agua que sus insaciables cuerpos puedan contener. En silencio y con gesto serio mi compañero preparaba la motosierra, una Hsqvarna372, dura y fiable como maquina, peligrosa a la hora de su manejo, una de las maquinas-herramienta que mas accidentes causa. Observamos el tronco y la copa para ver si presentaba alguna inclinación, no la había, era una vertical perfecta, y pensé que me encontraba a los pies de uno de los pilares de madera de la mayor y mas hermosa catedral que las manos del hombre nunca serian capaces de construir, y aunque perfecto en dimensiones y armonía, su visión nos intranquilizaba, ¿y si era uno de esos hijoputas que se mantienen en pie después de ser cortados? En ese caso nunca sabes hacia donde va a desplomar, así que te arrimas a el tocándole con los dedos, miras hacia arriba buscando el movimiento de caída, también estas atento a la dirección del aire, y esperas mientras te acuerdas de la madre de dios y haces un calculo mental del trabajo y peligro que te va a dar conseguir que se dirija hacia donde tu quieres y no sobre ti. Puede que no fuera uno de esos. También podía ser de los que de improviso se abren longitudinalmente hacia arriba, y la parte cortada salta hacia atrás como un muelle acerado. Mas de un maquinista murió de esa manera, son cosas que pasan. Esperábamos que tampoco fuera de esos.
Fumarnos un cigarro mientras le buscábamos la trayectoria formaba parte del ritual, en un gesto automático aplastamos las colillas contra el suelo para que la brasa no originase un incendio, era una costumbre ¿Cómo iba a quemar nada en un diciembre lluvioso? Antes de empezar Raúl se quito su anillo de casado para que yo se lo entregara a su mujer si le ocurría algo, era una broma algo macabra que también formaba parte del ritual, rituales que aliviaban la tensión y unen a los hombres. El sonido familiar de la motosierra unió nuestro canto al coro que nos rodeaba, era una voz estridente que también formaba parte del todo, la parte que nosotros aportábamos. Virutas de madera salían despedidas del interior del tronco, a lo largo de la espada de una maquina rabiosa que buscaba el corazón del árbol. Paró de llover y entonces un aire apenas viento fue arrastrando por la montaña grandes masas de niebla que nos envolvieron desapareciendo todo, dejándonos solos, amortiguando el sonido y convirtiendo la escena en algo irreal, un pequeño mundo en algún lugar de la nada, tan solo dos hombres concentrados en la tarea de derribar a Hércules.
Con un ruido seco se inclino en un movimiento corto y rápido, para quedarse parado un instante en el cual contuvimos la respiración. Retrocedimos observando la caída. Seis toneladas y sesenta y cinco metros de madera empenachada de ásperas hojas, curvadas y puntiagudas como gumías asesinas, cayendo lenta y elegantemente, arqueándose en la copa que desprende un confeti de plumas vegetales marcando su caída. La mirada puesta en el gigante mientras aguardábamos el golpe bronco que hace retumbar el suelo, resbalando hacia el río en un crujir de ramas que se parten y tierra arrastrada. Una peña frenó su descenso cien metros mas abajo, deteniéndolo en una falsa impresión de calma, esperándonos para finalizar la tarea. El viento se levantó de nuevo, acariciando sobre el río los últimos rastros de niebla, convirtiéndonos en estatuas de ojos entrecerrados que miraban hacia ninguna parte.
Sin decir nada recogimos las herramientas e iniciamos el ascenso hasta la pista de montaña, al llegar arriba nos detuvimos para mirar de nuevo al gigante y anticipar el trabajo que nos esperaba para comenzar el año. Llovía de nuevo, y mientras fumábamos sentados sobre la piedra volvíamos a escuchar las voces del mundo, sabiendo que la entrada a aquel paraíso perdido y siempre recordado nos seguiría prohibida, tal vez para siempre.