Mi?rcoles, 08 de marzo de 2006
Este relato est? escrito har? dos a?os, y de ?l me dijo Kris d?Olot que era "un relato circular", tal vez est? en lo cierto. Describe un momento de hace unos once a?os, cuando yo trabajaba en el monte "tirando" madera, trabajo duro y al que espero no volver.




"El d?a que fuimos parte de un todo"



Una l?nea de luz amarilla romp?a la noche y en ella se recortaban las cimas de la sierra, sentados en la gran piedra de cuarcita esper?bamos la salida del sol, fumando en silencio, en la quietud de aquella ma?ana de finales de diciembre, y nuestros corazones se llenaban de gozo en ese momento que intu?amos como el m?s puro de la jornada, haci?ndonos sentir por un instante que todo el mundo que alcanz?bamos a ver y nosotros mismos ?ramos un todo, una sola entidad, polvo de estrellas fum?ndonos un cigarrillo en alg?n lugar del tiempo. Quiso hacerse la noche de nuevo, pero un viento del oeste alejo las nubes hacia la costa y la encrespada superficie de agua se volvi? entonces de un color que era como el de la parte desconocida de nuestras almas. El monte empezaba a lanzar colores t?midos salidos de la oscuridad, verdes y ocres cubiertos de esa extra?a luminosidad que tienen algunos d?as de invierno, comenzando a dar vida a un peque?o y estrecho valle por el que trescientos metros mas abajo, un r?o de aguas de plomo y cristal opaco divid?a la escarpada tierra, redondeando piedras en su descenso y habl?ndonos con sus voces liquidas, de otros tiempos en los que no ?ramos ni tan siquiera algo por llegar, tan solo las voces del agua contando aquello que hab?an vivido.
Nosotros no llegar?amos hasta abajo, nos detendr?amos a mitad de la empinada ladera, all? donde ?l estaba, enga?osamente peque?o en la corta distancia, uniendo su canto al del r?o y al del viento, esper?ndonos con la serenidad de aquello que se sabe en su lugar.
Cargamos mochilas y herramientas prepar?ndonos para bajar, y en ese momento el viento nos trajo un anticipo del agua, dej?ndonos diminutas chispas h?medas en el rostro, y la certeza de que seria una jornada dura. No hab?a mas camino, as? que tuvimos que abrirnos paso a golpe de hierro para llegar hasta all?, a trav?s de una barrera vegetal de brezos rastreros, punzantes tojos por los que trepaban zarzas dormidas, y t?midas enredaderas apoyadas en el pie del ?rbol, indecisas a la hora de acometer la subida, temerosas de no tener la energ?a suficiente para llegar a la copa del coloso. La hoz era una ancha curva de hierro acerado, con un mango de una braza y un filo perfecto que parec?a de plata, con ella fui cortando los obst?culos que mas nos estorbaban, abriendo una trocha que permit?a el paso de un hombre, haciendo as? un descenso r?pido y accidentado por los golpes y pinchazos del matorral. Al llegar limpi? un c?rculo de dos metros de di?metro a su alrededor y despej? la zona de seguridad, entonces me acerqu? para sentir su piel lisa y ?spera, extra?a. Empezaba a llover, calabobos que llaman en la meseta, y por aqu? barruzu. Llov?a un mundo de agua fina y suave, un mundo formado por diminutas gotas que parec?an suspendidas del aire, envolvi?ndonos en un abrazo cari?oso que un?a sus voces al coro que nos hablaba. Ra?l miro al gigante con fastidio, apoyado en mi hoz yo tambi?n le miraba. Sesenta y cinco metros y seis toneladas, un m?stil enraizado en la tierra negra, ra?ces largas y duras extendi?ndose bajo el suelo buscando agua, todo el agua que sus insaciables cuerpos puedan contener. En silencio y con gesto serio mi compa?ero preparaba la motosierra, una Hsqvarna372, dura y fiable como maquina, peligrosa a la hora de su manejo, una de las maquinas-herramienta que mas accidentes causa. Observamos el tronco y la copa para ver si presentaba alguna inclinaci?n, no la hab?a, era una vertical perfecta, y pens? que me encontraba a los pies de uno de los pilares de madera de la mayor y mas hermosa catedral que las manos del hombre nunca serian capaces de construir, y aunque perfecto en dimensiones y armon?a, su visi?n nos intranquilizaba, ?y si era uno de esos hijoputas que se mantienen en pie despu?s de ser cortados? En ese caso nunca sabes hacia donde va a desplomar, as? que te arrimas a el toc?ndole con los dedos, miras hacia arriba buscando el movimiento de ca?da, tambi?n estas atento a la direcci?n del aire, y esperas mientras te acuerdas de la madre de dios y haces un calculo mental del trabajo y peligro que te va a dar conseguir que se dirija hacia donde tu quieres y no sobre ti. Puede que no fuera uno de esos. Tambi?n pod?a ser de los que de improviso se abren longitudinalmente hacia arriba, y la parte cortada salta hacia atr?s como un muelle acerado. Mas de un maquinista muri? de esa manera, son cosas que pasan. Esper?bamos que tampoco fuera de esos.
Fumarnos un cigarro mientras le busc?bamos la trayectoria formaba parte del ritual, en un gesto autom?tico aplastamos las colillas contra el suelo para que la brasa no originase un incendio, era una costumbre ?C?mo iba a quemar nada en un diciembre lluvioso? Antes de empezar Ra?l se quito su anillo de casado para que yo se lo entregara a su mujer si le ocurr?a algo, era una broma algo macabra que tambi?n formaba parte del ritual, rituales que aliviaban la tensi?n y unen a los hombres. El sonido familiar de la motosierra uni? nuestro canto al coro que nos rodeaba, era una voz estridente que tambi?n formaba parte del todo, la parte que nosotros aport?bamos. Virutas de madera sal?an despedidas del interior del tronco, a lo largo de la espada de una maquina rabiosa que buscaba el coraz?n del ?rbol. Par? de llover y entonces un aire apenas viento fue arrastrando por la monta?a grandes masas de niebla que nos envolvieron desapareciendo todo, dej?ndonos solos, amortiguando el sonido y convirtiendo la escena en algo irreal, un peque?o mundo en alg?n lugar de la nada, tan solo dos hombres concentrados en la tarea de derribar a H?rcules.
Con un ruido seco se inclino en un movimiento corto y r?pido, para quedarse parado un instante en el cual contuvimos la respiraci?n. Retrocedimos observando la ca?da. Seis toneladas y sesenta y cinco metros de madera empenachada de ?speras hojas, curvadas y puntiagudas como gum?as asesinas, cayendo lenta y elegantemente, arque?ndose en la copa que desprende un confeti de plumas vegetales marcando su ca?da. La mirada puesta en el gigante mientras aguard?bamos el golpe bronco que hace retumbar el suelo, resbalando hacia el r?o en un crujir de ramas que se parten y tierra arrastrada. Una pe?a fren? su descenso cien metros mas abajo, deteni?ndolo en una falsa impresi?n de calma, esper?ndonos para finalizar la tarea. El viento se levant? de nuevo, acariciando sobre el r?o los ?ltimos rastros de niebla, convirti?ndonos en estatuas de ojos entrecerrados que miraban hacia ninguna parte.
Sin decir nada recogimos las herramientas e iniciamos el ascenso hasta la pista de monta?a, al llegar arriba nos detuvimos para mirar de nuevo al gigante y anticipar el trabajo que nos esperaba para comenzar el a?o. Llov?a de nuevo, y mientras fum?bamos sentados sobre la piedra volv?amos a escuchar las voces del mundo, sabiendo que la entrada a aquel para?so perdido y siempre recordado nos seguir?a prohibida, tal vez para siempre.
Publicado por seudolus @ 19:07  | La Marmita de Seudolus
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Comentarios
Publicado por Manchurri
Mi?rcoles, 08 de marzo de 2006 | 20:18
Yo no lo veo tan circular, en cualquier caso, es un relato impactante, causa impresi?n ver como consigues que el lector se traslade a ese monte, se fume ese cigarro, y espere contigo la caida del ?rbol.
Publicado por seudolus
Mi?rcoles, 08 de marzo de 2006 | 20:40
Cuando tienes algo que decir y lo haces por escrito es agradable que le llegue a alguien. La verdad es que sentarse en la cuarcita y fumar un cigarro a la espera del amanecer es una sensaci?n que merece la pena, sobre todo cuando vas a la tarea de derribar a H?rcules, es todo un espect?culo ver caer a uno de esos colosos, merece la pena.