t = e · v
-Luis por favor quieres ayudarme con los desayunos, te recuerdo que mi coche está averiado y tienes que acercarme a la oficina, además hay huelga de transportes y tenemos que llevar a los gemelos hasta el instituto. Vamos escasos de tiempo.
Desde el salón se oyó la voz somnolienta e irritada del hombre.
-Ya voy Silvia ya voy, dame un instante que termine de verificar los planos de gaseoducto. Además, podían echarte una mano ellos.
En la cocina la mujer se movía rápida y precisa, resultado de un automatismo adquirido durante años, tal vez heredado de otras generaciones de mujeres. Tazas, cubiertos, mermelada y demás ingredientes aparecían sobre la mesa como por arte de magia.
-Si espero que ellos me echen una mano habría desayuno hasta después de las vacaciones. ¿No habías terminado el trabajo anoche?
El hombre apareció con el portátil en una mano, de la misma llevaba colgada la americana y con la otra trataba de ajustarse el nudo de la corbata, con escasas posibilidades de éxito. Se acercó a su mujer para besarle en la mejilla. Ella sonrió mientras llenaba las tazas de café.
-No tuve tiempo a terminarlo, no tuve tiempo.
Cristina entró como un ciclón, morena y excesivamente maquillada para ir a clase, muy "fashion" y conjuntada, dejando caer su mochila con los libros encima de la mesa.
-Hija por favor, quita la mochila de ahí.
-Buenos días mamá. Papá hoy tienes que dejarme en casa de Sonia, no tengo la primera clase y vamos a repasar el examen de mates, que evaluación más horrible, tres días estudiando y no tuve tiempo a mirar todos los temas.
Su hermano acababa de entrar y soltó una carcajada mientras la señalaba con un índice de acusador de opereta.
-Cristina la rápida, siempre dejándolo todo para última hora.
-Mírate a ti gilipollas, a medio vestir, sin lavar, y seguro que no terminaste tu trabajo de literatura.
El padre levanto la vista de su taza de café, serio y todavía adormilado.
-Te tengo dicho que no utilices esa clase de expresiones.
Miró al muchacho, que intentaba desviar la atención colaborando en las tareas domésticas, algo poco usual en él.
-¿Cómo es posible que no lo hayas terminado en toda la semana?
-Veras, es que...
-No digas nada, no digas nada.
-...no tuve tiempo, lo terminare esta tarde.
Con dos tazas camino del fregadero Silvia se detuvo frente a se hijo, apenas un segundo.
-Te recuerdo que esta tarde nos vamos unos días de vacaciones, ya tenemos casa alquilada en ese pueblecito al que fuimos este verano.
El padre se incorporó al tiempo que cogía servilleta y corbata para limpiarse los labios.
-¡Luiiis por favor la corbata! Que desastre de hombres dios mío.
El se quedó mirando ambos utensilios como preguntándose quién coño habría diseñado aquel tipo de servilleta-corbata.
-Papá, como estás hoy.
-Vamos, vamos o no llegaremos nunca.
El ascensor parecía bajar a cámara lenta mientras Luis miraba el reloj, luego al indicador del piso en que se hallaban, otra vez el reloj. La mujer le ajustó el nudo de la corbata y durante un instante le miró cariñosa, casi como una adolescente enamorada, en los labios del hombre brilló una chispa de felicidad.
-Míralos Cristina, parecen dos tortolitos.
-Cállate gilipollas, que sabréis los tíos…brutos.
Salieron a la avenida en una mañana quieta y fría, y casi al final de la urbanización giraron a la derecha para tomar la circunvalación camino del instituto de los gemelos, dejaría a su mujer en el polígono industrial cercano, a pié de oficina, y se iría para la suya sin pérdida de tiempo. Puso el intermitente de la derecha para incorporarse a la autopista. No pudo ver la placa de hielo al final de la incorporación. El impacto del coche rompió el quitamiedos antes de empotrarse bajo un camión que circulaba por uno de los carriles contrarios.
Los copos de nieve caían mansamente, Manolo llevaba sus ovejas hasta el valle, pues sabia que ese era el primer día de una invernada muy larga, por el camino subía un hombre con una pequeña mochila a la espalda y un bastón en el que no se apoyaba, los mastines corrieron hacia el y al llegar a su lado le saludaron con ladridos roncos y alegres. El hombre caminaba sin prisa, hasta llegar al pastor que se había detenido a esperarle.
-Buenos días Pedro
-Buenos días Manolo, ya llegó la invernada.
-Como todos los años, como todos los años, ¿no me digas que vas al monte con este tiempo?
-Ya ves, quedé con el guardamontes para mirar unos castaños que vendí a la serrería, pero bajaré a la hora de comer, hoy viene esa gente de la ciudad, los que me alquilaron la casa por el verano. Ya son ganas de venir con este tiempo.
Manolo dibujó una sonrisa amplia y socarrona.
-¿Esos que siempre andaban con prisa?
-Los mismos, ya sabes como son la gente de la ciudad ¿un cigarrillo?
-Venga va, total por uno más.
Volvió a sonreír mientras cogía el paquete de tabaco.
La nieve blanqueaba sus boinas y hacía montón en sus hombros, los mastines vigilaban el rebaño con tranquilos jadeos de vapor entre sus colmillos. Los dos hombres fumaban en silencio, echando fugaces miradas, al cielo, al rebaño, a la ceniza que caía sobre la nieve.
Manolo expulsó el humo mientras miraba hacia el valle.
-Tiempo, tiempo, tiempo, yo no sé porque la gente anda siempre preocupada porque no tienen tiempo, si al final vamos a morirnos todos y el tiempo se va a quedar aquí. Va a quedar todo el tiempo del mundo.
Pedro se encogió de hombros mientras pisaba el cigarrillo contra la nieve.
-Bueno Manolo, me voy a subir con calma que quiero estar para la hora de comer en casa.
-Hasta luego hombre, hasta luego.
El pastor miró a los perros sin moverse del sitio.
-Vamos Sultán, vamos Tigre, vamos bajando poco a poco...
Y sin prisa siguió tras el rebaño, hacia el valle.