Este relato fue escrito a petición de maese Cris d´Olot, poeta, escritor, trovador de tecla afilada y gran ingenio, un amigo en el plasma, los veteranos le conocen. Colgué el relato en otro blog a petición suya, pues hay que saber cumplir con gentes como el.
Consultado el administrador desastre, y obtenido su permiso, os reahorco el muerto. Está fresco y no huele muy mal.
"VIAJE AL PASADO DE UN HOMBRE QUE UNA NOCHE SE SOÑÓ NIÑO"
Emprendo hoy un viaje sin mi vieja mochila, pero con el alma cargada hasta el culo de vivencias varias, llevándome a mi mismo como guía, en una vuelta a un tiempo que se pierde en la lejana distancia de varias vidas vividas en una sola, rumbo a lo que fue la ciudad de Gijón en el año de 1960, hacia uno de los lugares emblemáticos por aquel entonces, el llamado paseo de Begoña, nada que ver con lo que es ahora.
Una lengua de asfalto bordeada de árboles y bancos de madera, demediada a lo largo con farolas de fundición y mas bancos, a un lado flanqueada por un espacio de tierra y jardines con la advertencia de "no pisar la hierba" flanqueados de pensamientos y rosales, en medio una fuente de la que bebíamos todos, hombres y mujeres, tiernos infantes y palomas, gorriones y perros que alcanzaban a ello. En una esquina frontera, al comienzo del paseo, el quiosco de ladrillo pintado de rojo y blanco, un lugar que tiempo después seria puerto del que zarpé hacia otros momentos, y un poco más allá el templete de la banda municipal que los domingos me divertían entre pasodobles y palomas. El otro lado estaba guardado por la comisaría de la policía nacional, hombres a los que recuerdo con cara de mala leche y abrigos grises que les llegaban por debajo de las rodillas, adosada a ellos estaba una iglesia, del mismo color pardo que la comisaría, emanando ambas un temor antiguo anterior a mi y que no comprendía, un temor roto por el humo del aceite quemado y el olor a churros que salía de un pequeño local en el que su rey y señor vestía un mandilón azul con acento extremeño. En la misma calle la sede del Centro Asturiano de la Habana, creo que así se llamaba, con sus ventanales velados por unas cortinas entre las que nuestra curiosidad infantil nos hacia mirar, y descubrir dentro a unos hombres mayores y serios que jugaban callados al billar de tres bandas, lugar en el que nunca entramos, pues en él solo hacíamos esa pequeña incursión visual antes de entrar en el café Aurora, proletario, adosado y haciendo esquina, justo enfrente de la lapida llamada del alemán, monolito de piedra a un caído de la aviación que siempre me hizo que imaginar historias parecidas a las que después soñé leyendo a Verne, Scoot, Salgari y otros. Años después me entere que durante la guerra estuvo allí un puesto de ametralladoras desde el que habían derribado a infortunado piloto, aunque tal vez no fuese tan desafortunado, pues podía haber tenido un fin igual sin la pasajera gloria de ese pequeño monolito, detrás del cual se encontraban las hermosas pérgolas del estanque de los patos, recubiertas de azulejos de Talavera, y que ya entonces, sin saber yo nada de arte , ni tan siquiera conocer la existencia de esa población, me hacían sentir en un lugar de armonía en el que mi alma aun sin desvirgar se encontraba en la paz de los justos, los sabios o los tontos. Siguiendo el camino y casi enfrente del Aurora se encontraba el café Dindurra, café que era el del teatro Jovellanos, teatro y cine al que años después acudí de mano de mi abuela para soñar mundos colgado de lianas en compañía de una mona, a bordo de un barco pirata, cabalgando al lado de una diligencia atacada por malos muy malos y mil aventuras que un día me llevaron a ponerme la mochila del hombro y partir hacia esos mundos que de niño había soñado. Terminaba el paseo en la cuesta de correos, por la que años después, a horas intempestivas, me deslicé a bordo de uno de los primeros monopatines que llagaron a mi mano, rumbo hacia una fuente publica que me servia de brusco tope, y sobre la que terminé en más de una ocasión entre dolor de huesos y risas de amigos adolescentes.
De esta manera me encontraba, niño admirado de todo aquello que veía y asimilaba sin comprender cuando me llegó la iluminación, es decir, justo antes de caerme a la marmita, fue entonces cuando noté entre aquellos pañales de tela llamados "picos" que me acababa de cagar, y ese acto fisiológico tan habitual en las personas, y del que nunca me había percatado me hizo ser consciente de que yo era, y por lo tanto existía.
-¡Hay que joderse, pensé, acabo de cagarla!
Y colorín colorado la historia no se ha acabado, pues aunque el paseo y yo hayamos cambiado físicamente, y la mayoría de las cosas mentadas en el recuerdo ya no existan, el lugar sigue siendo para los paseantes tranquilos y las palomas voraces, y yo sigo soñando lianas y diligencias, haciendo mi petate de vez en cuando para ir con ellas, envejeciendo al lado de piratas que hace tiempo dejaron de ser nobles.
Hace muchos años que no mancho los "picos", pero todavía hay veces que me caigo a la marmita, cagándola de vez en cuando.