Se antoja lejano el sol, noble señor forzado a reinar en un bucle sin fin; en la ciudad palpita la dama negra, anciana de anónima tez, oculta tras el apacible vaivén de un perenne mar de velos urdidos de sutil hilo negro. Naufraga en la noche un coro de risas que revolotean furtivas al ritmo inquieto que les marca el aire con desdén. Vagan ajenas al lugar, una calle estrecha en la que hileras de maltrechos edificios jalonan una larga lengua de asfalto que, apenas salpicada por la tenue luz que se filtra a través de pudorosas cortinas, parece perderse en la nada como una vieja cicatriz que se trata de ocultar.
Mueren las risas exhaustas a los pies de una solitaria casa que, erguida sobre sus gruesos muros de piedra y sostenida por inmutables vigas de castaño, posa como centinela de una época aún cercana en el tiempo para ser estimada. Una ventana abierta revela un oscuro interior. Sentado en una butaca de tapizado deshilachado y de colores olvidados, un hombre, Ernesto, permanece inmóvil, atrapado entre aquellas paredes; barrotes de naturaleza muerta, reflejo de lo que él ha de ser.
Rasga la penumbra el vuelo incierto de una libélula de mortecina luz, a su paso: el rastro de una caricia robada, roce de ala desplumada, un aliento que humedece la cara y que deja tras de sí imágenes escarchadas. Las cabriolas y cintas del luminoso insecto arrastran la mirada de Ernesto. Extraviado en aquel laberinto de confusos movimientos, cruzó, sin advertirlo, el umbral de sus miedos.
No existe suelo que pueda dar sentido a sus pasos, ni cielo donde componer los sueños; no hay olvido ni recuerdo porque falta el hoy y el ayer; tan sólo hay un muro umbrío que parece ceñirse a su cuerpo, una barrera levantada con ennegrecidas cuencas de miles de pájaros muertos que tratan de escrutar cada uno de sus gestos. No hay monstruos de bocas sudorosas, ni ángeles con alas negras que perturben los deseos. Flotan, a su vera, pentagramas quebrantados que como barcos fantasmas arrumban sin una rosa que les guíe hacia su puerto.
Advirtió una presencia nacida de sus adentros: algo que no tiene forma, carece de olor y hasta de aliento. Supo pronto quien era el ser, pues de éste estaba hecho, y se transformó en el grano ceniciento de un antiguo reloj de arena sabedor de que no habrá mano que dé vuelta al medidor del tiempo.
Transitó, acurrucado en el gastado butacón, hasta el mismísimo averno, amortajaba sus huesos una sábana de vértigo. Fue al término del descarriado viaje que se topó con una luz placentera encorsetada por el sonido riguroso de un acero forjándose: espada de ardoroso albor, teñida de tonos cereza que musita cantos de metal; confusa traidora que fue templada en el destierro para ensartar su corazón.
Con movimiento sedoso se aproximó hasta el objeto; faro de artero saqueador tras la que se esconde una encrespada costa. Maniatado por sus flaquezas, inerme y desencajado sólo pudo contemplar como era traspasado por el hierro demoníaco. Imploró, atormentado, un final, mas sus palabras fueron frágiles burbujas que apenas tomaron vuelo se descompusieron silentes en la nada. Extendió sus brazos; ansiaban sus manos aferrarse a la razón, empecinada ésta en esquivarle, pero como las alas de Ícaro se desvanecieron en el aire y…. Se vio de nuevo postrado en el butacón, un nuevo sueño principiaba en donde el otro ya reposaba, o puede, quién sabe, que este presente sea real y no tan sólo el parpadeo de un acontecimiento que en ningún tiempo existió. No dio importancia al suceso, o al menos así dieron a entender su semblante y pensamiento. Nada quiso saber de ese rastro salino que nacido en su lacrimal se perdía por su garganta; ni de su cabello o manos, que al igual que la camisa y el tejano se mostraban empapados. No era momento de reflexiones que le pudiesen guiar hasta confusas divagaciones, que se quede Shakespeare con su “ser o no ser”; pues como bien decía él: un rey, luzca o no su corona, siempre será un rey. Se puso en pie y se dirigió hacia uno de los aparadores que se hallaban en la sala.
La noche parece empolvar su rostro con decenas de rayos. En la calle comienza a caer una lluvia fina, un llanto aterciopelado que el viento mueve acompasado al igual que si fuese un lienzo que oculta a dos enamorados.
Regresa Ernesto al butacón, lleva una botella de güisqui, un vaso y un estuche de madera de poco más de una cuarta de lado a lado. Apura un primer trago, un segundo y un tercero sin dilación; el estuche se abre entre sus dedos.
Arrecia la tormenta, un sordo estallido declama en la casa. A través de la ventana, una libélula de mortecina luz abandona la estancia, deja tras de sí un silencio que delata, una butaca que se tiñe de un color que nunca antes conoció, vapores de güisqui derramado que se funden con el olor de una sien quemada.
En el exterior unos pasos metálicos se alejan calle abajo, la negrura en una esquina parece devorarlos…