Viernes, 03 de marzo de 2006


Se antoja lejano el sol, noble se?or forzado a reinar en un bucle sin fin; en la ciudad palpita la dama negra, anciana de an?nima tez, oculta tras el apacible vaiv?n de un perenne mar de velos urdidos de sutil hilo negro. Naufraga en la noche un coro de risas que revolotean furtivas al ritmo inquieto que les marca el aire con desd?n. Vagan ajenas al lugar, una calle estrecha en la que hileras de maltrechos edificios jalonan una larga lengua de asfalto que, apenas salpicada por la tenue luz que se filtra a trav?s de pudorosas cortinas, parece perderse en la nada como una vieja cicatriz que se trata de ocultar.

Mueren las risas exhaustas a los pies de una solitaria casa que, erguida sobre sus gruesos muros de piedra y sostenida por inmutables vigas de casta?o, posa como centinela de una ?poca a?n cercana en el tiempo para ser estimada. Una ventana abierta revela un oscuro interior. Sentado en una butaca de tapizado deshilachado y de colores olvidados, un hombre, Ernesto, permanece inm?vil, atrapado entre aquellas paredes; barrotes de naturaleza muerta, reflejo de lo que ?l ha de ser.

Rasga la penumbra el vuelo incierto de una lib?lula de mortecina luz, a su paso: el rastro de una caricia robada, roce de ala desplumada, un aliento que humedece la cara y que deja tras de s? im?genes escarchadas. Las cabriolas y cintas del luminoso insecto arrastran la mirada de Ernesto. Extraviado en aquel laberinto de confusos movimientos, cruz?, sin advertirlo, el umbral de sus miedos.

No existe suelo que pueda dar sentido a sus pasos, ni cielo donde componer los sue?os; no hay olvido ni recuerdo porque falta el hoy y el ayer; tan s?lo hay un muro umbr?o que parece ce?irse a su cuerpo, una barrera levantada con ennegrecidas cuencas de miles de p?jaros muertos que tratan de escrutar cada uno de sus gestos. No hay monstruos de bocas sudorosas, ni ?ngeles con alas negras que perturben los deseos. Flotan, a su vera, pentagramas quebrantados que como barcos fantasmas arrumban sin una rosa que les gu?e hacia su puerto.

Advirti? una presencia nacida de sus adentros: algo que no tiene forma, carece de olor y hasta de aliento. Supo pronto quien era el ser, pues de ?ste estaba hecho, y se transform? en el grano ceniciento de un antiguo reloj de arena sabedor de que no habr? mano que d? vuelta al medidor del tiempo.

Transit?, acurrucado en el gastado butac?n, hasta el mism?simo averno, amortajaba sus huesos una s?bana de v?rtigo. Fue al t?rmino del descarriado viaje que se top? con una luz placentera encorsetada por el sonido riguroso de un acero forj?ndose: espada de ardoroso albor, te?ida de tonos cereza que musita cantos de metal; confusa traidora que fue templada en el destierro para ensartar su coraz?n.

Con movimiento sedoso se aproxim? hasta el objeto; faro de artero saqueador tras la que se esconde una encrespada costa. Maniatado por sus flaquezas, inerme y desencajado s?lo pudo contemplar como era traspasado por el hierro demon?aco. Implor?, atormentado, un final, mas sus palabras fueron fr?giles burbujas que apenas tomaron vuelo se descompusieron silentes en la nada. Extendi? sus brazos; ansiaban sus manos aferrarse a la raz?n, empecinada ?sta en esquivarle, pero como las alas de ?caro se desvanecieron en el aire y?. Se vio de nuevo postrado en el butac?n, un nuevo sue?o principiaba en donde el otro ya reposaba, o puede, qui?n sabe, que este presente sea real y no tan s?lo el parpadeo de un acontecimiento que en ning?n tiempo existi?. No dio importancia al suceso, o al menos as? dieron a entender su semblante y pensamiento. Nada quiso saber de ese rastro salino que nacido en su lacrimal se perd?a por su garganta; ni de su cabello o manos, que al igual que la camisa y el tejano se mostraban empapados. No era momento de reflexiones que le pudiesen guiar hasta confusas divagaciones, que se quede Shakespeare con su ?ser o no ser?; pues como bien dec?a ?l: un rey, luzca o no su corona, siempre ser? un rey. Se puso en pie y se dirigi? hacia uno de los aparadores que se hallaban en la sala.

La noche parece empolvar su rostro con decenas de rayos. En la calle comienza a caer una lluvia fina, un llanto aterciopelado que el viento mueve acompasado al igual que si fuese un lienzo que oculta a dos enamorados.

Regresa Ernesto al butac?n, lleva una botella de g?isqui, un vaso y un estuche de madera de poco m?s de una cuarta de lado a lado. Apura un primer trago, un segundo y un tercero sin dilaci?n; el estuche se abre entre sus dedos.

Arrecia la tormenta, un sordo estallido declama en la casa. A trav?s de la ventana, una lib?lula de mortecina luz abandona la estancia, deja tras de s? un silencio que delata, una butaca que se ti?e de un color que nunca antes conoci?, vapores de g?isqui derramado que se funden con el olor de una sien quemada.

En el exterior unos pasos met?licos se alejan calle abajo, la negrura en una esquina parece devorarlos?
Publicado por Atreyu15 @ 20:07  | Relatos del blog
Comentarios (4)  | Enviar
Comentarios
Publicado por seudolus
Viernes, 03 de marzo de 2006 | 21:13
Como se dec?a anta?o "Imprimun et occioaeum". M?s o menos.
Publicado por seudolus
Domingo, 05 de marzo de 2006 | 15:58
Un relato oscuro, denso, cargado de desgana y cansancio, un alma que ni siquiera est? atormentada, pues ya no siente, deshilachada como el butac?n que ocupa, triste como la habitaci?n donde se encuentra, incapaz de saborear el g?isqui que se toma, y que posiblemente empu?? el arma con la misma apat?a con que vivi? esa ultima noche.
Est? bien escrito y bien descrito, como "pero" te dir? que veo en ?l un exceso de met?foras, y tal y tal, pero bueno, cada uno escribimos como nos da la gana, o como podemos. Me record? a Poe.
A ver si el pr?ximo no tarda mucho en llegar.
Publicado por Atreyu15
Domingo, 05 de marzo de 2006 | 18:30
Guay, me alegra que te guste el relato. En cuanto a las met?foras? en fin, digamos que yo no escribo, mi otro yo decide (no s? en que se basa) la manera de contar las cosas.:r)
El pr?ximo? uf. Te dejo un avance jajajaja:
?Marchaban en l?nea de a uno; treinta y nueve de los expedicionarios eran de los llamados de armas y me refiero a los humanos que, si bien, los animales no son vitualla, estos van donde el amo plazca??:8)
Publicado por seudolus
Domingo, 05 de marzo de 2006 | 19:29
Espero ese relato ?pico, tiene buena pinta.