lunes, 20 de febrero de 2006
Este es uno de mis primeros relatos, un escrito que trata en tono de humor lo que fue mi trabajo en un horno alto…

Si hay que ir se va, pero…
Los llaman turnos ecológicos. Combinan seis días de trabajo: los dos primeros de seis de la mañana hasta las dos de la tarde, los dos siguientes de dos de la tarde hasta las diez de la noche y, para terminar, dos jornadas desde las diez de la noche hasta las seis de la mañana. Nunca entendí el por qué de estos horarios, aunque a decir verdad, si lo que pretenden es que el currante no sea consciente del día en que vive, enhorabuena, lo han conseguido. Personalmente creo conocer por qué los llaman así: se trata de ir descomponiendo poco a poco o, como alguien escribió recientemente, "poco a mucho al trabajador"; una vez exterminado el individuo, se le recicla. ¿Harán olorosas pastillas de jabón con la grasa? ¿Molerán los huesos para obtener calcio? ¿Y la piel? ¿Servirá para finos gorros de baño?

Suena el despertador, puntualidad inglesa, 4:30 am. Lo apago sin brusquedad, pero no porque sea persona de delicados movimientos, no, simplemente las manos aún no tienen muy claro como actuar. Me pongo en pie iniciándose la carrera; el autocar que hace la ruta hasta la fábrica sale a las 5:10 am. Lo primero es lo primero, cuarto de baño y una buena meada -me dice la “socia” que esto último suena un poco…, no sé como-. Perdón. … y un aliviador pis. Doy media vuelta ¡Horror! Esta noche han entrado en casa para robar ¡Falta el espejo! Pero… ¡Pero si está a mi derecha! ¿Entonces? ¿Dónde he orinado? ¡La bañera! Con razón no había salpicado el borde.
Ya vestido, me presento en la cocina, 4:39 am. Tostadora en marcha, doble ración: una será untada de mermelada, la otra, de mantequilla. Tomo media docena de galletas y un actimel. Caliento una buena taza de café y una vez puesto sobre la mesa como la tostada que tenía preparada. Acompaño el café con el primer cigarro de la mañana y entre toses y humos, una duda, juraría que preparé dos rebanadas. Finalizo el pitillo y aplasto la colilla sobre el cenicero. ¿Será maltrato lo del cigarro? Nooo, esto último no, me refiero a lo que hace el tabaco conmigo.
El reloj marca las 4:55 am. Me incorporo de la mesa. ¡Ajá! ¡Apareció! Pegada a la suela del zapato, la segunda tostada. Apenas dispongo de tiempo, intercambio los mocasines por las zapatillas deportivas, cuelgo la mochila sobre el hombro y a la calle. Bajo los peldaños de la escalera de dos en dos, de tres en tres… la puerta del portal ¿La abrí? ¿La cerré? ¡Corro! ¡Corro! No quiero perder el autobús ¿Qué médico dijo que el footing era bueno por las mañanas?

Parada del bus, 5:09 am. El vehículo aún no llegó. Mi resuello se asemeja al de un perro jadeando en plena calima ¡Qué carrera! Prendo el segundo cigarro ¡Es tan agradable respirar el aire fresco que trae el amanecer!
Llevo quince minutos de espera, incapaz de retirar la vista de los playeros ¡Ya está aquí! Subo al transporte buscando un buen asiento. Quedan cuarenta minutos de viaje. Una mueca en mis labios anuncia que echaré una cabezada. ¡No! ¡Otra vez no! La música a todo volumen. El cantante es Demis Roussos. ¿La canción? La canción viene a decir así: … "las mañanas son de terciopelo, cuando llega el amanecer, con sus… "¿Por qué se ríe entre dientes el conductor?

Recibidor del vestuario, 6:05 am. Es una maraña de personas, se parece al cuarto de un niño antes de que sus padres recojan los muñecos. A pesar del caos se pueden distinguir claramente dos grupos. Está el colectivo al que podríamos asignarle la letra A, por consiguiente, al que queda le llamaremos B.
Grupo A: crean el ambiente de un auténtico mercado persa. Voces, guiños, conversaciones donde todos hablan y nadie escucha. Circula el rubio americano, las loterías y demás… Rostros recién afeitados y cabellos húmedos con peinados inmaculados. Son ojos furtivos que acechan un reloj.
Grupo B: parecen los protagonistas de la película Noche de zombis. Voces moribundas, andares cansinos, el pelo cargado de estática. Llevan el mentón clavado en el pecho. Sus ojos se zambullen en el gris de unas sucias baldosas.
Ahora, una pregunta ¿Cuál es el grupo que entra a trabajar?
Marque con una “x” la letra que corresponda:
a) Grupo A
b) Grupo B
Solución: si optó por la “a”, lo siento, le recomiendo que reinicie la lectura del relato. Si por el contrario eligió la “b”, felicidades, puede usted seguir leyendo.

Superado el zoco, me planto frente a mis dos taquillas: ropa limpia y ropa sucia. Es uno de los momentos más duros de la jornada, abrir la taquilla de la ropa sucia. El hedor es casi insoportable, tal parece que morase un muerto; un día, con tiempo, buscaré el cadáver. Me desvisto y emprendo el ritual diario: calzoncillos hasta los pies, camiseta de manga larga y unos calcetines que casi alcanzan las rodillas; todo ello fabricado en materiales ignífugos. Un ancho cinturón para proteger las lumbares. Pantalón amplio con su correspondiente chaqueta, tejidos en pura lana y de un color rojo intenso. Calzo unas pesadas botas de seguridad, completadas con unas polainas que amparan mis espinillas y pantorrillas. Si fuese un tipo orondo, podríais estar viendo a Papa Noel. Recojo los guantes y gafas, también de seguridad, el casco que coloco bajo el brazo izquierdo, la mochila, otra vez, sobre el hombro derecho, cierro las taquillas y directo al tajo, que ya es hora.

Trabajo en un Alto Horno. Una mole de unos treinta metros de diámetro y noventa metros de altura. Un amasijo de tuberías, calderas, depósitos cargados con innumerables materiales, conductos que portan una infinidad de gases, etc.… Está continuamente alimentado por varias clases de minerales. Aunque para mí, no es más que un gigante enfermo. Su vida transcurre vomitando inacabables ríos de hierro fundido y escoria. Mientras, se agita entre nauseabundos eructos.

Nave de colada, 6:22 am. El Maestro asoma festejándome, puede que no sea la expresión correcta, pero no importa, me hace ilusión. Muestra su reloj, señalándolo con el dedo índice. Alabo su peluco, pero no pica. Habla de responsabilidad, de llegar a la hora, de formalidad y no sé cuantas cosas más. En el fondo es como un padrazo. Metido en el papel de hijo modelo le escucho atentamente, con los ojos bien abiertos. La perorata se alarga, entonces, me asigno el rol de hijo moderno: sin atender a razones desaparezco dejándole con la palabra en la boca.
Superado el segundo obstáculo, sin tiempo para situarme, oigo una voz lejana llamándome. Es Fermín, tratará de pedirme unos céntimos, siempre con la misma historia: que si olvidó el tabaco en la taquilla, que si no tiene suelto para el café… Su repetido discurso evoca en mí la imagen de la Hermana Jacinta con sus pintorescas tribulaciones. Consigo eludirle entrando en el almacén de las herramientas. ¡Cielos! De lleno en la boca del lobo. Son los tres mosqueteros, es decir, los hombres duros del horno. Lo dominan todo, si faltan al trabajo llaman para saber como están las cosas, parece que nacieron allí y vaticinan la caída de la empresa, tras su jubilación. Están alterados, gruñen como animales heridos; los imagino echando espuma por la comisura de los labios. Disparo una ráfaga de buenos días y pregunto:
- ¿Qué sucede?
- Tú como siempre -contesta el Chupi- no te enteras de nada.
- El va a su historia -exclama Vicente en voz alta, tratando de apoyar al Chupi- la empresa no le preocupa.
Una vez desahogados, José, el más osado de los tres, dice:
- Mañana… mañana comienza a trabajar una mujer entre nosotros.
- Me alegro -replico sonriendo, estoy cansado de ver sus caras amargadas- lo único importante es que sea una persona trabajadora.
Doy media vuelta, despidiéndome con un ademán de la mano. Permanecen con el gesto ofendido. Observando mi extremidad entiendo la razón, debe de tratarse del subconsciente, tan sólo permanece extendido el dedo anular. Me retiro pensando sobre la mujer ¿Será como aquella camionera que se llamaba Matilda?

Son las 11:00 am. Podría describiros agotadoras horas de labor, sintiendo como se tensa la piel bajo setenta grados centígrados o la pesadez de unos pulmones saturados de respirar los más diversos gases, incluso, narraros la sensación de notar miles de picotazos producidos por las salpicaduras de pequeñas chispas de acero fundido. Pero no, este es otro relato, además, comienza a escucharse una alarma.

Raudos pasos me encaminan hacia la oficina del Maestro, allí se encuentran los paneles para el manejo de las alarmas. ¡Está muerto! Yace sentado con el torso apoyado sobre el escritorio. Las rodillas juntas, con los pies en acrobática postura. La cabeza ladeada, la mejilla izquierda reposa sobre unos folios situados en la mesa. El brazo siniestro totalmente estirado hacia el suelo, el diestro posa sobre una pierna, se asemeja a una interrogación, puede que preguntándose qué hace ahí. Las gafas sobre la frente, parecen desesperadas, tratando de no caer al vacío. Mi prioridad, la de cualquiera, es detener el funcionamiento de las bombas de agua. Desactivo el interruptor y cesa la alarma. Descuelgo el auricular del teléfono dispuesto a llamar a los Servicios Médicos… pero cuelgo. Una voz habla dentro de mi: tranquilo, no te aceleres, fíjate bien… Los muertos no babean y, ahora que se detuvo la alarma, tampoco roncan. Salgo sigilosamente de la oficina. Lo que está haciendo el Maestro ¿Será la responsabilidad a la que se refería esta madrugada? Me gusta, mañana seré yo el formal.

Es la una de la tarde. Tras minutos de rutina y algún que otro contratiempo se aproxima la hora de escapar. Lanzo una mirada a mí alrededor, observo cierta agitación entre los compañeros. Una horda de ejecutivos invade el taller. Definitivamente, se trata de VIP: trajes de corte impecable, zapatos de marca italiana y múltiples camisas acompañadas de sus inseparables corbatas, ambas confeccionadas con valiosas sedas. Avanzan despacio, aglomerados, mirando absortos a su alrededor, como sumergidos en un pavoroso sueño, presintiendo que pueden ser atacados desde cualquier lugar, en cualquier instante. Me recuerdan a parvularios de excursión por uno de los museos de la ciudad.
El grupo está guiado por el perito y el maestro, este a petición de uno de los trajeados me hace una señal. Acudo hacia ellos, pensativo: ¿Tendré que besarles la mano? ¿Hacerles una reverencia? ¿Descubriré la cabeza ante ellos? Esto del protocolo se me da muy mal, debí haber estado más atento cuando la boda de los Príncipes.
- Buenos días -me dice una voz que parece sonar en off.
- Buenos días -le respondo mientras estrechamos las manos.
Tiene que ser uno de los jefazos. Trae consigo una corte numerosa y todos permanecen detrás de él, muy serios, muy firmes.
- Mi nombre es Gabino y soy el director del Horno -su voz suena a… suena a jefe ¿a qué iba a sonar?
- El mío es Atreyu y está claro que no soy el director -le contesto sin titubeos. Apenas puedo contener la risa ¡si es que tengo una lengua…!
Parece que estoy viendo un documental de National Geographic ¡Es maravilloso! El perito, el maestro, el tipo de corbata azul, el de camisa blanca, el que lleva unos gemelos ostentosos, el gordito que disimula mirando hacia otro lado, el que contempla sus zapatos de fina piel de vacuno, el que va cargado de papeles que no dicen nada, el que estaba allí porque fueron los demás; todos mudaron el color habitual de su rostro por tonos que variaban entre diferentes graduaciones de rojos, pálidos, e incluso, podía observarse alguno en verde ¡Realmente bonito!
Como suele decirse, sobrevinieron unos segundos que se antojaron eternos. Pero, es justo decir, para unos más que para otros.
La voz ya no le suena en off. Comienza a patinarle un poco:
- Puedo entender, por su irónica respuesta, que no le agrada su trabajo.
- ¡Dichoso usted que puede entender! -le comento con júbilo- Yo, sin embargo, no concibo nada. Fíjese, voy cargado de “seguridad” hasta los mismísimos oídos, mientras que usted ni siquiera se digna a llevar el casco reglamentario ¿Podría explicarlo?
Le estrecho la mano con rapidez, sin olvidarme de darle firmeza al apretón. No le doy tiempo a que dé su respuesta. Me dirijo a recoger las herramientas. Mi cabeza no para de centrifugar la misma idea: "El mundo laboral va muy ligado a la vida social, dependiente de la profesión el estatus puede variar mucho y las diferencias crean segregación aunque sea muy sutil y casi no lo percibamos".

Las 13:55. Desnudo bajo un templado chorro de agua. Reconfortante ducha. Bendito líquido que no se limita a despojar del cuerpo las impurezas, sino, que también se lleva los sinsabores del alma. Finalizado el bautismo diario de la carne y del espíritu, únicamente me queda tomar el autobús de regreso a casa.

Son poco más de las cuatro y media de la tarde. La suculenta comida que tenía preparada del día anterior a pasado a ser historia. He recogido los cacharros y saboreado un cremoso café. Me encuentro metido en la cama, dispuesto a disfrutar de una alentadora siesta. Por la ventana entreabierta, con vistas a un patio, se cuelan los ecos de una cotidiana disputa: son las vecinas del cuarto piso. Entre insultos e improperios se pueden oír palabras sueltas como butano, bombona, butanero… La trifulca es casi diaria, en ocasiones pienso que si faltara esta letanía sería incapaz de dormir… Zzz… Zzz… Zzz… Zzz… Zzz…
Publicado por Atreyu15 @ 14:13  | Relatos del blog
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Comentarios
Publicado por seudolus
lunes, 20 de febrero de 2006 | 17:56
Me gustó la primera vez que lo leí, también ahora. En clave de humor y con ese toque de ironía que le damos a las cosas por aquí arriba, bien escrito...y bien descrito. Real como la vida misma, irreal como la vida misma a esas horas del día y en ese tipo de trabajos. El relato tiene un ritmo que te llama a ver como termina, y en el puedes vivir las sensaciones de quien allí trabaja y vive mientras malvive. Con su lectura, entre otras cosas, me regalaste un montón de carcajadas.
Publicado por Nereida4
martes, 21 de febrero de 2006 | 22:57
Es uno de tus relatos con los más me he reído leyéndolo. Me parece súper entretenido de principio a fin tanto por su diversión como por el trasfondo que tiene.
Solo alguien que ha vivido el día a día en un horno alto puede describir de esa manera el ambiente y las situaciones generadas. Guiño
Publicado por Manchurri
miércoles, 22 de febrero de 2006 | 23:32
Leyendo esto que cuentas, me da por pensar que de que leches me quejo. De todos modos, siempre ha habido trabajos y TRABAJOS, casi todos en mayuscula o minuscula, suelen ser una ruina; los únicos que tienen un trabajo de lujo, son los Gabino y compañía.

En mi sieguiente reencarnación a lo mejor soy Gabino.
Publicado por Atreyu15
jueves, 23 de febrero de 2006 | 17:31
¿Reencarnarse? no, gracias. Con una ya es suficiente, jajajaja. ¡Uf! Sonrisa
Publicado por seudolus
jueves, 23 de febrero de 2006 | 20:51
Ja ja jaja jaj ja...en otra vida anterior fui perro que soñaba reencarnarse en Gabino o tal y tal, y aquí estoy reencarnado en perro... y puta de taller. ¡A ver si termina el ciclo de una vez!
Publicado por Invitado
martes, 27 de marzo de 2007 | 19:55
hola
bueno al menos tu tienes un trabajo
Publicado por Atreyu15
miércoles, 28 de marzo de 2007 | 16:47
Cuando conseguí el trabajo me sentí una persona afortunada. Con el paso del tiempo ese mismo trabajo destrozó mis pulmones y ahora estoy retirado.
Espero que pronto encuentres un curro que te sea agradable, un saludo Guiño