lunes, 02 de enero de 2006
Cartas en soporte papel, correspondencia epistolar que nos mantenía unidos a aquellas gentes que un día conocimos y de las que por esos azares de la vida otro día nos separamos en la distancia, que no en el recuerdo. A través de los años conservo aun muchas de estas misivas, y ocasionalmente me regalo un viaje al pasado releyéndolas. Os colgare una escrita por un asturiano, que hace casi tres décadas se enamoro de una mujer de los estados unidos y para allí se fue, a continuar su vida con ella. Esta carta es una de mis favoritas, ahí os va.




En aquel "college" de arquitectura desconcertante que destacaba allá encima de una loma dominando el paisaje de Mesquite, y no muy lejos de Dallas, me encontraba haciendo unos cursos para después poder pasar a la universidad del estado de Austin. El Eastfiel Collage era un edificio que rompía con todas las normas de la arquitectura funcional para crear, algo así como un rompecabezas de pasillos asimétricos y escaleras que nos conducían a las aulas, laboratorios y bibliotecas, no sin antes haber tenido que subir o bajar algún piso de mas y de menos debido a que familiarizarse con todo aquello era un proceso de varios meses. Quizás el punto de referencia de todo aquel tinglado era la inmensa cafetería-comedor a donde iban a converger todos los pasillos del primero y segundo piso. La cafetería se divisaba como un inmenso cuadrilátero desde las gradas del segundo piso, pero aun desde las ventanas interiores del tercero se podía divisar el ajetreo de los estudiantes con sus bandejas de acá para allá buscando mesas.
Fue allí en aquella cafetería en aquel mes de enero con aquellos vientos del norte que obligaban a todo el mundo a permanecer en los sitios cerrados, cuando coincidí con el indio Jonathan en una mesa con dos vasos de café humeando, y en medio de aquel rumor de estudiantes hablando. Jonathan era un indio apache de la reserva de los Jicarilla al norte de Nuevo México. Su edad seria de unos treinta años, de constitución fuerte, rasgos de piel roja con pómulos salientes, ojos pequeños y brillantes cuya mirada penetraba, quizás buscando la verdad que pudiera ocultarse detrás de las mascaras del hombre blanco acostumbrado a mentir consigo mismo durante siglos. Jonathan aquella tarde hablaba reposado, pero siempre su mirada fija en la mía como si hubiera descubierto una nueva imagen en aquel extranjero, de tez blanca que no cesaba de hacer preguntas.

- Mira español, mis bisabuelos trataron con tus compatriotas cuando todavía controlaban estos territorios. Hubo refriegas entre unos y otros pero también entendimiento y comercio. Mi abuelo recordaba como su padre había cambiado unas pieles de bisonte por un caballo a un español rico y aventurero de Santa Fe. Los rubios vinieron después y desposeyeron tanto a hispanos como a nuestras naciones. Los rubios solos sabían transformar las cosas en dólares: tierras, montañas, árboles, y personas pasaban a ser mercancías. El hombre europeo decía: aquello es "mío" y esto otro es "tuyo" y así se repartían los valles, las praderas y hasta las montañas. Mi abuelo cuando iba a morir quería que su cuerpo yaciera en la gran montaña donde toda su niñez había transcurrido pero aquello no era posible porque el hombre rubio poseía la montaña. Y mi abuelo no podía comprender como un hombre podía poseer una montaña. Al final murió sin que su deseo pudiera ser cumplido.
El hombre europeo llama a esto progreso. Pero lo que el llama progreso yo lo llamo rapiña. Mis antepasados cuando iban a cazar o a cortar un árbol pedían perdón al espíritu del animal o del árbol porque ellos veían la naturaleza como algo vivo que había que respetar. El hombre blanco sin embargo entiende la naturaleza como si fuera algo ajeno a su vida, como si el fuese algo aparte de la montaña, el árbol o el agua, y por lo tanto de ahí su obsesión por controlar, poseer y destruir.

La conversación aquella tarde fue larga. Yo solamente me dedique a preguntar y escuchar. Entre otras cosas el me dijo.

-Mira español mi padre cuando yo era un adolescente me habló de la bestia que el hombre blanco había creado. El europeo ha creado casas grandes, fabricas grandes, ciudades enormes, estados para gobernarse, pero esas mismas cosas que el inventó ahora ah tomado vida y forman algo así como una bestia gigante que pide su espíritu y su sangre. Ahora no ya es el hombre quien controla la bestia, sino la bestia quien controla al hombre y exige su lealtad y acatamiento. La bestia quiere mandar en el mundo y para ello es necesario destruir la libertad del hombre. La bestia quiere robots. La bestia no quiere hombres libres y rebeldes, si no robots y zombies que trabajen para elle en sus fábricas enloquecedoras y oficinas: Hombres leales y fieles callados y silenciosos.
A mi pueblo la bestia se lo está tragando y mi pueblo tiene que negar su cultura e identidad para adoptar lo que la bestia quiere. Y si no mira a los de las ciudades que se pasan la vida tratando de ser blancos e incluso las mujeres se ponen pelucas rubias para parecer como la mujer blanca (también las chicanas y las negras) pero el blanco nunca los va a aceptar como suyos. Yo quiero que mis hijos sean orgullosos apaches Jicarilla - y sacando unas fotos pude ver unos niños de corta edad vestidos con los trajes típicos apaches, de colores vivos y bordados juguetonamente; tanto el niño como la niña llevaban plumas en sus cabezas - yo les enseño a mis niños a saber diferenciar la cultura del hombre blanco de la nuestra, les enseño las danzas y las tradiciones. Ellos van a conocer la verdad del sexo como los seres libres la conocen y no como el hombre blanco, que ha hecho del sexo una obsesión y esta confundido porque todavía en el fondo considera al sexo como algo pecaminosa y dañino, Si, el hombre blanco niega su propia naturaleza la trata clínicamente como si de una enfermedad se tratara. Mis niños quiero que aprendan a ver la tierra como la madre, como Hactin creciendo y jugueteando en forma de árbol, de río, de montaña y de hombre.


Cuando acabó el semestre perdí de vista a Jonathan, pero aquel verano mi esposa y yo decidimos hacer un viaje a través de las reservas indias de Arizona, Colorado, Y Nuevo México. Fue un viaje largo que merece mas detalle pero en el cual pudimos ver a los Navajo sobreviviendo en su inmensa reserva, donde cuatro estados convergen en medio del desierto ( Utha, Nuevo México, Colorado y Arizona). El territorio navajo es extenso pero es todo desierto pedregoso. También los Hopi comparten este paisaje desolado en vecindad con los navajos. Los apaches de Arizona sin embargo están en una reserva que me recordaba ciertos parajes asturianos, verdes y montañosos, pero cruzar aquella reserva es pasar a un mundo diferente en donde la gente viste a la usanza india y conserva sus tradiciones como pueblo y nación.
Ya en las afueras de la reserva y dentro de Nuevo México pudimos ver unos riscos formados cerca de Mogollón donde unos cien apaches acosados por el ejercito federal prefirieron lanzarse al vacío antes que rendirse y pasar a ser animal domestico del hombre blanco, que por aquel entonces ya había concebido la ida de la reserva y el gueto como solución menor a los problemas de las "minorías étnicas". Ahora tales minorías son el objeto de curiosidad y de estudio por parte de turistas, antropólogos o sociólogos, mientras por otra parte la vida difícil de unas reservas pobres y muy controladas por los intereses de los blancos están convirtiendo al indio en un proletariado barato. En las ciudades grandes la adaptación a la vida industrial es un choque cultural importante que fragmenta la identidad del indio llevándola a la frustración y al consuelo del alcohol y las drogas como solución.
Delante de aquellos riscos pensé seriamente lo que Jonathan me había dicho sobre la bestia creada por el hombre blanco, mientras los negros nubarrones de una tormenta se iban aproximando oscureciendo el paisaje. Y en aquellos momentos pude recordar unas frases leídas quizás en el Apocalipsis que mas o menos decían, "Todas las naciones han fornicado con Babilonia la Grande, los reyes de la tierra y los mercaderes del mundo han crecido ricos en su abominable riqueza y poder".
Efectivamente el mundo en aquel momento se me apareció como una inmensa bola salpicada de gigantescos centros comerciales, y rayada por superautopistas que atraviesan ciudades-dormitorio rodeadas de fabricas y mas fabricas que poco a poco van transformando la naturaleza en fibra plástica y estructuras de hormigón, quizás en un intento obsesivo por acabar con la espontaneidad humana y natural.


Austin. 30 de enero de 1980
Publicado por seudolus @ 21:10  | La Marmita de Seudolus
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Comentarios
Publicado por Atreyu15
martes, 03 de enero de 2006 | 18:05
Siempre sentí curiosidad por los temas relacionados con los indios americanos y ese halo de misticismo que les envuelve. Los considero, en general, los auténticos ecologistas de este planeta. No puedo negar que la lectura de esta misiva dejó en mi un sabor agri-dulce.

PD Casi sobra decir que he visto “Bailando con lobos” unas 25 veces (incluida la última versión de cuatro horas). Fumador
Publicado por seudolus
martes, 03 de enero de 2006 | 21:08
Hubiésemos podido aprender mucho de esos pueblos, pero estábamos ocupados en tareas más pragmáticas que el ser parte de la naturaleza. A lo largo de tres décadas (1860-1890) se destruyó la cultura y la civilización del indio norteamericano. Pero quien sabe, tal vez Hactin se este hartando de nosotros y mande un viento fuerte y limpio que nos vuelva a poner en nuestro sitio.
Publicado por seudolus
martes, 03 de enero de 2006 | 21:10
"Nunca supe entonces cuanto se había perdido. Cuando miro hacia atrás desde las alturas de mi senectud, vienen a mí todavía las imágenes de las mujeres y niños asesinados, amontonados y dispersos por la quebrada. La escena horripilante se me ofrece tan vívida como si la estuviera reviviendo. Y me doy cuenta, ahora, de que algo más murió también en aquel barro sangriento, y fue enterrado luego por la tormenta. Allí dio fin el sueño de un pueblo. Era un hermoso sueño... Se ha roto el collar de la nación y las cuentas se han perdido por los suelos. No queda ya simiente alguna y el árbol sagrado ha muerto".

Alce Negro
Publicado por Nereida4
miércoles, 11 de enero de 2006 | 20:03
Gracias, Seudolus, por compartir esta carta tan interesante con nosotros.
Comparto totalmente ese sentimiento que transmite Jonathan. Tanto avance tecnológico terminará volviéndose en contra, además nos estamos olvidando de proteger y conservar nuestro hábitat natural. Los indios sí que eran hábiles expertos conocedores del medio que les rodeaba, sabiendo vivir de él pero al mismo tiempo cuidándolo y respetándolo.