lunes, 14 de noviembre de 2005
María se desliza por la habitación con oscilaciones suaves, cadenciosas, parece mecida en una cuna. Finge ser transportada por las manos de un flautista, pero no como uno de esos instrumentos que forman parte de una gran orquesta, no; los contoneos de la mujer prevalecen en todo instante sobre cualquier sonido que pueda emitir, a manera de una de esas flautas que hechizan serpientes. Es una mujer tratando de subyugar al ruido.

Gamuza en mano limpia el polvo de las estanterías. Una por una; figuras, fotografías enmarcadas: aquella damisela francesa revestida de puntillas lacadas que, recostada en un campo de porcelana, protege su tez blanca con una minúscula sombrilla; una foto tomada en el día de su boda, la que siempre se le cae cuando después de contemplarla trata de restituirla a su lugar ¡qué torpeza! la de su corazón no la de sus manos; son recuerdos de un pasado, calendario inamovible que evoca emociones relegadas. Pasa el paño con la delicadeza y el esmero apropiado del que esta realizando algo importante; reflexiona sobre su nuevo confesor, y no me refiero al que sustituyó la vieja sotana por un traje de corte moderno más acorde a nuestros tiempos, con ese ya tuvo escarmiento, sino al que con bata blanca y a cambio de dinero etiqueta con pulcritud cada una de sus angustias. Su mente deambula por pasillos oscuros, inquisidora de su propia herejía. Se presiente equivocada buscando frutos en terrenos yermos; ni las gentes de fe que hicieron votos a la Iglesia, ni aquellas que en nombre de la ciencia prestaron juramento Hipocrático son capaces de impedir las burlas y vejaciones que, como un puño de acero, golpean su dignidad ¿Cómo, dónde puede recuperar su albedrío? Socorrida por la gamuza elimina el polvo acumulado sobre su pasado, inconsciente de que la tarea no restablecerá el brillo languidecido por el tiempo. Sus ojos aparentan estar deshabitados, sin embargo, si hablaran, podrían describir las imágenes inciertas y ficticias que se estampan en sus retinas. Allí mismo suelta el paño, como quien despierta de un sueño profundo y, aún aturdido, descubre entre sus manos un objeto desconocido y se desprende de él. Fija su mirada en el reloj de péndulo; centinela de lo eterno que posa en uno de los rincones del salón, son las seis y diez. Se acerca a la ventana para contemplar la calle a través del cristal.

En el exterior el cielo asoma uniformado, teñido de gris perla; tal parece que la mano de un pintor, hastiada de recorrer con el pincel por decenas de colores, hubiese tomado la decisión de verter un único tubo de óleo y así dar final a una ardua tarea. Las nubes, puede que sólo se trate de una, se mueven remolcadas por una tibia corriente de aire. La mujer intuye la tormenta, no necesita observar el cielo, aunque resguardada tras el ventanal por su espalda fluye el halo frío que deja el miedo.

Caen las primeras gotas; llegan con dilación, extraviadas, haciéndose notar; heraldos desperdigados que anuncian festivamente la llegada de su señora. En la calle algunos viandantes dirigen la mirada hacia el cielo mientras el agua, aquí y allá, va dejando su señal. Los peatones aceleran su movimiento en busca de un refugio. Algunos, puede que arrastrados por un instinto oculto o simplemente como muestra de debilidad, se cobijan bajo las arcadas extenuadas de una vetusta iglesia; hogar de un dios que también protege, entre sus múltiples filigranas, a palomas y gorriones.
De la bóveda gris brotan nubes negras; cuervos que no portan ramas de olivo, entonan cánticos roncos, desgarrados, casi irritados. La tormenta avanza con lentitud, con firmeza, enseñoreándose de la ciudad.

Las seis y once; señalan indiferentes las agujas del reloj.

La habitación se satura con el sonido de unos pasos que se mezclan con los primeros truenos, la sangre de María parece encogerse dejando su cuerpo vestido por una blanca mortaja. Se escucha una voz imperativa, le llega como un golpe a los oídos; vertiginosa, cargada de palabras letales que irrumpen en su interior. Ella no dice nada, no hace nada; se mantiene en la simple espera nacida de una oscura complejidad. Los pasos retumban inmediatos a la vez que una multitud de centellas se afanan por dar más luz a la escena. Los andares dejan de ser sonidos, se transforman en puñales que hurgan en las entrañas. El cuerpo, con un gesto mil veces repetido, se recoge bruscamente. Unas manos, años atrás cálidas con ella, asoman como enemigos juramentados; armas iracundas que abiertas o cerradas golpean con impunidad su cuerpo convirtiendo la añorada calidez en un abrasador infierno.

Uno tras otro, en un bucle sin fin, emergen rayos que a manera de gigantescas raíces tratan violentamente de enclavarse en la mismísima tierra.

Las saetas del reloj, trinidad insobornable, prosiguen su andadura con pasos militares.

No le duelen los azotes, ni siquiera le molestan las babas ajenas y repulsivas que salpican su rostro, ni los gritos de su agresor que llegan a ella como lejanos aullidos. Es el sonido de su carne al ser golpeada, es esa corte de fantasmas que forman un corro macabro y que con dedos acusadores la señalan entre burlas mientras se ríen de su incomprensión, es la falta de amparo… lo que destempla su ánimo.

Cesa la naturaleza en su furia. Camuflado entre vapores de alcohol y embriagado por la violencia el agresor abandona el lugar en busca de su cama. Las seis y trece minutos.

Tres minutos. Ciento ochenta lances de segundero; una aguja larga y fina que se desplaza incapaz de calibrar nada que no sea el transcurrir del tiempo. ¿Cómo se mide lo sucedido? ¿Quién le pone adverbio? poco, mucho, nada, todo. Maltrato, agresión… ¿quién adjetiva este hecho?

Las últimas gotas de la tormenta recorren en alocada carrera los cristales empañados de la sórdida ventana; al otro lado la mano de María resbala en el vidrio obligada por el resto de su cuerpo. Los dedos, con ademán crispado, tratan de agarrarse al dios que tan cercano parece estar; pero este, agotado, incapaz de traspasar sus propios muros, se muestra como un viejo prestidigitador de trucos gastados, sabedor de que están distantes los años en los que dio su última función.

En la calle la lluvia se lleva los últimos restos del limo que yace sobre el engomado asfalto, los pájaros alivian el agua de sus plumas con eléctricos movimientos y las personas retornan a un camino momentáneamente abandonado.

María; su mano diestra sobre el marco de la ventana, la siniestra apoyada en la rodilla izquierda, la rodilla derecha anclada en el suelo, la cabeza inerte con su mentón adosado al pecho. Cabellos enmarañados y la piel bañada en sangre; un pálido lienzo en el que han garabateado una historia espeluznante. Una mano busca a la otra, una rodilla se une a su compañera. El rostro se refleja en el cristal, hay una mueca en los labios y unos ojos que rastrean respuestas en su mirada. El rumor que le llega es un eco exhausto y se siente envuelta por un manto pesado. Ella es una moneda que gira en espera de mostrar un único lado.

En el cielo se van integrando tímidas pinceladas de azul. La ciudad abandona su letargo; los edificios parecen asomarse a los charcos como jóvenes doncellas que contemplan, ante un espejo, su imagen renovada.

En la habitación el canto de la moneda repiquetea sobre el parquet, el sonido del metal amortiguado por la madera proclama una sentencia en su estertor… María, todavía abrumada, deja atrás el salón y el pasillo. Se percibe retratada por las manos de Goya, quizás sea la dama de El Aquelarre atosigada por tanto terror, que rompiendo el marco que la rodea huye cautelosamente de la siniestra pintura.

De nuevo se presenta ante ella su asimétrica imagen, en el cuarto de baño, sobre el plateado cristal que laurea el lavamanos: aquella cara, aquel cuerpo que ya no le atemoriza contemplar ¿por qué llorar por una apariencia que, a lo largo de su vida, ha padecido tantas metamorfosis? Extiende el brazo hacia el espejo con la lentitud y el recelo del que desconoce lo que puede suceder. Frío y solidez es lo único que le transmite la pulida superficie. El sonido del agua estrellándose sobre el lavabo la aparta de su abstracción, el vapor que mana del líquido es una volátil cortina que empaña el cristal. ¿Dónde se debe explorar cuando ni antiguos escritos sacros, ni modernas guías de medicina son capaces de mostrarte un camino? Cuanto menos vislumbran sus ojos, más inmediata surge la solución. Ella no será la extraña mariposa que se transforme en larva. María abrirá su propio camino.

Recobra el arresto que por un instante creyó evadido y con la soltura que concede la práctica restaura su espíritu y su apariencia.

Se desplaza hacia la cocina con tal determinación que sus pies parecen calzar botas de siete leguas. Al contrario, por su cabeza, los pensamientos caminan abrazados a la mesura en un agradable paseo. No hay sentimientos de ira, ni tan siquiera de rencor ¿por qué derrochar el tiempo en ideas que no son más que angostos laberintos? Sólo anhela una solución. Bajo la encimera hay tres cajones. Abre el más estrecho, el que guarda los cubiertos. Saca de él un cuchillo que es llave, puente, lanzadera, ariete; una cuarta de acero templado enastada en madera de cedro y de afilado tan minucioso que hasta la luz se desmiembra al reflejarse en su corte ¡Cuantas comidas preparadas para una alimaña tan cruel!

¡Aire! Brisa silenciosa que recorre la casa buscando una salida, esa es María.

No hay reloj de péndulo, ni tan siquiera un lejano tictac que le hable del tiempo transcurrido. Está allí, frente al salvaje con piel de hombre; un pelele tendido sobre la cama que babea y moquea entre ronquidos prolongados y que revela, en su entrepierna, la humedad de una incontinencia.

Se sitúa tras él, arrodillada sobre el colchón. Sus dedos atenazan la madera del cuchillo. Frente a sus ojos, a la altura de la cabeza, las dos manos envuelven la empuñadura con fuerza. No hay pausa y si existe ningún ojo humano sería capaz de apreciarla. Los brazos, con potencia, descienden desbocados; uno, dos, tres… veinticinco centímetros son los ensartados hasta que la empuñadura dijo basta. Vuelca todo su cuerpo sobre el cuchillo e incluso su alma que, si bien no pesa, para este tipo de sucesos otorga mucha confianza. Yergue de nuevo su espalda, libera las manos del arma y aún aturdida contempla la escena, ya de pies, junto a la cama. Tiembla su cuerpo y la garganta vomita un gemido que parece hechizado. No vuelve la mirada al abandonar la habitación, y si bien todo será diferente poco ha cambiado tras ella. Aunque nada se lleva, penumbras y el ruido de una puerta al cerrarse es lo único que deja.

Es en el rellano de la escalera, al contemplar el oscuro y quebrado tobogán que se presenta ante ella, cuando sus pies parecen transformarse en arena. Una mano en el vientre y la otra aferrada al pasamano. ¿A qué puede tenerle miedo una reina? Sí, reina. ¿Acaso no fue rey un joven barbilampiño y por demás de nombre muy afamado, cuyo mérito consistió en desengarzar de las entrañas de una piedra una herrumbrosa espada? ¿Y ella? ¿Qué título darle sino? Es cierto que Arturo desenclavó, fuerza y maña se necesitan, y que María por el contrario clavó pero… juzgad vosotros: Tuvo al hombre a sus pies, presto para el sacrificio. Era la tercera ocasión en que sus ojos se vieron reflejados esa tarde, fue en la hoja del cuchillo, justo cuando se preparaba. La sabiduría acompaño su gesto y cuando las manos soltaron el arma esta quedó hincada en el colchón. Quería romper cadenas, no trocarlas por cargas aún más pesadas.

El azar; peón singular y burlador de destinos ejecutó su jugada. Alguien accionó el interruptor de la luz, transformando el tenebroso tobogán en una mera escalera. Los primeros peldaños son los más fáciles de acometer, es pura inercia: un pie y luego su pareja, que ya se sabe, donde va uno el otro es sombra perpetua. En el portal llega la última duda. Una vez más su duplicado se exhibe en un espejo, es la cuarta ocasión en que se produce este evento. Se dice que no hay quinto malo y también que a la tercera va la vencida; pero este no es el caso, esta es la cuarta y será definitiva.

El sol pronto iniciará su puesta. En la calle el piso mojado refresca el ambiente y el bullicio de la ciudad implica a María. Una pareja cruza ante ella; van cogidos de la mano y charlan entre risas mientras se alejan. Tres pasos más atrás un anciano, reclinado sobre su nervioso bastón, contempla la escena. Los alborotos de unos adolescentes acallan por un instante la voz de la metrópoli. María camina calle abajo; los brazos cruzados sobre el pecho y su mirada extraviada en el suelo. Un grupo de niños azuzados por la voz de su madre la sortean entre empujones y carreras. Apenas se distingue su silueta, es un punto más sobre un horizonte de hormigón.

María se disipa por las arterias de la ciudad tratando de reencontrarse. María se libera.
Publicado por Atreyu15 @ 18:23  | Relatos del blog
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Comentarios
Publicado por seudolus
miércoles, 16 de noviembre de 2005 | 14:13
Torment@, me sigue gustando como haces de dos cosas diferentes, tormento y tormenta, un solo relato bien entrelazado y escrito. Aunque con el paso del tiempo lo veo de manera diferente a la primera vez que lo leí.
Un saludo desde la temperatura de confórt, antes de la siesta.