viernes, 21 de octubre de 2005
No sabría decir cómo se llamaba la calle, ni tan siquiera la memoria es capaz de resucitar el nombre de la ciudad, pero sí, la presencia de aquella casa todavía permanece indeleble en mi recuerdo.

Era una vivienda de planta baja, en un barrio cualquiera. A quien paseara por el lugar le invadía la necesidad de admirarla: única, solitaria en su parcela, permanecía orgullosa, desafiante a los pies de colosos edificios que con sus sombras lóbregas parecían querer engullirla.
Secretos caminos del cerebro me guían hacia aquella noche. Eran las once. La bruma ceñía las farolas iluminadas, convirtiéndolas en siluetas fantasmagóricas, de fondo el sonido ronco de un motor al ralentí se mezclaba con el lamento metálico de un ir y venir de contenedores de basura; ánimas en pena que arrastrando sus cadenas trataban de robar protagonismo a la propia noche.
En la casa, una gran ventana permanecía abierta. Las cortinas echadas apenas dejaban pasar reflejos ahogados de luz. Una ráfaga de aire, a modo de hábil tramoyista, levantó el telón de tan insólito escenario:
Una mujer, Leonor, descansaba sobre el rítmico vaivén de una confortable mecedora, dejando acariciar su piel por la brisa fresca que penetraba del exterior. Tenía 40 años. Su cuerpo era frágil, dibujado por líneas suaves. En el rostro una sonrisa disimulaba una mueca afligida. Las manos eran de tacto fino y poseía largas piernas moldeadas por añoradas clases de danza. En su interior, tan solo, rincones oscuros de habitaciones olvidadas.
Escuchó un credo de quejas y gruñidos, glorificado por un contundente ¡MIEEERDA! que la hizo salir, por un instante, de su abandono. Tan singular orador, su marido, intentaba en vano, destornillador en ristre, devolver la luz a una pesada lámpara de bronce. De ésta surgió un fogonazo repleto de chispas, dando paso a un apagón. Se puso en acción un carrusel de miedo y de locura, que giraba más veloz que el propio pensamiento. De la negrura partieron voces que escupían palabras amargas, rebotaban en las paredes desatando una furia que movía los cuerpos como si de marionetas se trataran, se escucharon gritos de aquelarre y a continuación, como colgado de hilos, un silencio que quebró toda esperanza.
Uno… dos… tres… cuatro… pasaron los segundos, la luz no retornó, unos pasos se alejaron. En la sala únicamente se escuchaba el balanceo de la mecedora.


Marcaba las siete el despertador cuando comenzó a sonar. Sus dos pequeñas campanas competían entre interminables convulsiones y sonidos alarmantes, obligando al viejo reloj a realizar un animado paseo a través de la mesita. Sobre ésta, en un extremo y perfectamente alineados se pueden observar dos libros, uno es obra de Saramago, el otro desconocido pues yace sepultado por el tamaño del primero. A su lado se encuentra un reloj de pulsera con una cuidada correa de piel, un bolígrafo de plata quizás el regalo de un ser querido y un vaso de cristal en el que sólo quedan los restos de unas huellas. El conjunto está ordenado meticulosamente, no se sabe si para dejar paso al animoso bailarín o bien como tratando de justificar que todo tiene su propio lugar en el espacio. Ya sea por uno u otro motivo, el sentido, la armonía allí expuesta se trasformó en completo desorden cuando una mano dubitativa, lenta e imprecisa trató de acabar con los compases de tan ruidosa orquesta.
Germán, así se llamaba el titular de la mano, incorporó el resto de su cuerpo hasta quedar sentado sobre la orilla del colchón, con los pies posados sobre un tibio suelo de corcho. Era un hombre de los que se dice maduros rondaba los cincuenta , de pequeña estatura, fuerte complexión y un abultado estómago que parecía vocear ciertas debilidades por la comida. Mantenía un cabello denso, sin rastro de canas, que tras una larga noche amanecía grasiento y enmarañado. Sus manos, no muy grandes, eran fuertes, de dedos robustos siempre bien cuidados, podrían ser las aseadas manos de un cirujano momentos antes de operar; sin embargo, esa mañana, presentaban unas manchas en las que no había reparado. Moreno de piel y sin arrugas que delataran la edad, se había despertado con el rostro macilento, con labios secos, agrietados y unas ojeras que asemejaban pendones mortuorios. Debería ponerse en pie, comenzar una jornada nueva, pero un rabioso dolor de cabeza le impedía tomar decisiones. Por su mente transitaban pensamientos confusos, rebuscaban el camino que le guiara hacia la noche anterior.
Reunió las pocas fuerzas que tenía y lentamente enderezó todo su cuerpo. Fue como poner en marcha un antiguo molino de viento, se podía oír el traquetear del vetusto engranaje. Giró el cuello como el que sigue el vuelo de una mosca. Al hacerlo, sus vértebras actuaron como si de las pesadas muelas del “gigante” se trataran, en sus oídos podía sentir el suave crujir del grano convertirse en polvo fino de maíz. Se encaminó hacia la puerta del cuarto, desplazándose entre pausados aspavientos.
La puerta daba paso a un largo pasillo que todavía se encontraba en penumbra. En un extremo, la claridad comenzaba a ganarle espacio a su eterna contraria. Las paredes, teñidas en tonos claros, parecían más que adornadas, podría decirse abrigadas por interminables hileras de cuadros. Diferentes tamaños, distintas formas, incluso variados motivos. Se mezclaban acuarelas, óleos y grabados, tonos pastel se perdían entre bermellones, negros y amarillos. Aquel pasillo representaba, para Germán, un mundo poblado de personas: cada pintura tenía su propio lugar, su particular historia, si bien, todas encarnaban un mismo sueño ancestral, anhelando un único fin.
Se adentró al pasillo a la vez que sus ojos esquivos se detuvieron en uno de los cuadros. Una pequeña acuarela posaba ladeada sobre la pared, a su lado manchas grotescas fragmentaban todo el conjunto. En ese instante un súbito frío destempló su cuerpo cubriéndole con un suave manto de dudas. Pudieron ser las gastadas baldosas del corredor, al contacto de sus pies descalzos, o aquellas misteriosas manchas plasmadas en la pared las que desataran ese fugaz escalofrío, ese cúmulo de titubeos. En esa mañana, todo era diferente.
Se dirigió hacia el aseo, sintiéndose caminar entre densas telas de araña. Pulsó el interruptor del cuarto sin percatarse de la falta de electricidad, una tímida luz se colaba por dos pequeñas ventanas. Tomó sitio frente a un gastado lavabo coronado por un amplio espejo. Rechazaba la mirada del cristal, como el reo que rinde la vista ante la soga que lo va a ejecutar. Inclinó ligeramente el torso mientras liberaba del grifo un chorro limpio de agua. A medida que el líquido resbalaba por sus manos se tornaba rosado y los ojos, resignados, buscaron una respuesta ante su reflejo. A modo de cinematógrafo antiguo, gastadas imágenes en blanco y negro pasaban mudas y aceleradas por su memoria. Volvió bruscamente todo su cuerpo hacia la puerta, tropezó con las paredes, quiso salir corriendo, pero sus extremidades se comportaban como una frase mal ordenada, al tanto que su corazón se despeñaba por una escarpada ladera. Avanzó a tientas por el pasillo en dirección al salón. A medida que se acercaba, el sonido de la mecedora se clavaba más hondo en sus tímpanos. Tras él una estela de cuadros iba alfombrando el suelo.
Se plantó a la entrada de la estancia. Allí estaba el cadáver de Leonor, acunado suavemente por el aire, con la cara cubierta por una macabra máscara de sangre.
El dolor se hundió en el pecho de Germán irradiando a su brazo izquierdo terribles calambres. Su mano derecha apretaba con rigor el antebrazo izquierdo, mientras, sus rodillas se doblaban y golpeaban violentamente el suelo de la casa. Le llegó el sonido de un eco desgastado por el tiempo, notó fuego que le dejó un sabor a miedo, podía ver los contornos fundirse como la cera, sentía el alma, a manera de fina arena, escurrírsele entre los dedos y en el aire percibió un aroma que le era nuevo. La vida abandonó otro cuerpo.
Cesó la brisa que entraba por la ventana, las cortinas se cerraron, la mecedora detuvo su marcha.

No sabría decir cómo se llamaba la calle, ni tan siquiera la memoria es capaz de resucitar el nombre de la ciudad, pero sí, la presencia de aquella casa todavía permanece indeleble en mi recuerdo.
Publicado por Atreyu15 @ 13:24  | Relatos del blog
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