El canto electrónico del aparato Japonés, que como un ermitaño se alojaba en la mesita de noche, despertó a Dimas de su corto letargo. Era lunes, en la oscuridad de la habitación unos dígitos fosforitos parpadeaban mostrando las siete. Tras los cristales sucios de la ventana la luz permanecía en espera de que el viento deslizase la espesa cortina de nubes que cubrían el cielo.
Apenas había logrado dormitar un par de horas. El picor en sus ojos, cierta sequedad en la garganta y la sensación de haber vivido una extraña situación, de la que era consciente que tan sólo se trataba de un mal sueño, eran pequeños indicios del desasosiego que rondaba los ensombrecidos soportales de su cordura. No era desconocida esta impresión para él; siempre le acompañaba en esos días en los que como hoy se enfrentaba ante la figura de un nuevo trabajo.
Acalló el despertador y, aún sentado sobre la cama, se desperezó mientras sus pies descalzos titubeaban sobre el gélido suelo de terrazo. Un súbito eructo, con aromas de DYC, le liberó del sopor en el que dormitaba al igual que las sales restituyen el decoro a una compungida dama. Una ducha fría, un suave rasurado con su afilada navaja y una buena capa de gomina, con la que encorsetó su peinado, fueron suficiente estímulo para que Dimas comenzara a entonar las notas de su melodía favorita a la par que especulaba sobre el traje que se pondría para acudir al Banco Central. Cercano a los cuarenta años y hastiado de hormiguear por uno y otro lado, había decidido establecerse en un lugar aislado, alejado de gentíos y de actividades en donde el estrés no se coronase como dueño y señor de su vida.
Se echó un definitivo vistazo ante el espejo del recibidor, la media sonrisa que le ofreció su reflejo bastó para aprobar su porte. Tomó el maletín que se hallaba sobre la pequeña mesa del vestíbulo y en un acto reflejo llevó su mano libre a la altura del pecho, cerca del corazón, como garantizando de que todo ocupase su lugar; estaba preparado, la jornada transcurriría bien.
En la calle, aparcado en doble fila, le aguardaba Cristóbal, el conductor que habitualmente trabajaba para él, hombre tosco y de pocas palabras pero buen conocedor de su oficio. Intercambiaron saludos y tras un dialogo cargado de monosílabos llegaron hasta las puertas del Banco. Se apeó Dimas del vehículo y, como tenían por costumbre, Cristóbal le esperó unos metros más abajo. Contempló durante un instante la distinguida fachada del edificio, un corto escalofrío recorrió su cuerpo, mas con paso decidido se dispuso a entrar en el Banco.
En el interior del local una inusitada algarabía detuvo su marcha. Un grupo de entre cincuenta y sesenta personas, de cabellos canos y con la piel remarcada por la travesía del tiempo, mostraba sin rubor su cólera a través de improperios y empujones mientras una pareja de exasperados guardias de seguridad trataba de calmar a los soliviantados pensionistas. Al fondo del Banco otro de los hombres encargado de la seguridad, un joven de gesto nervioso, observaba la escena en el que era su primer día de trabajo. Dimas valoraba lo sucedido no sin cierto recelo. Gustaba de sitios apacibles en los que desarrollar su cometido y ante sus ojos creía estar viendo como se proyectaba una vieja película de Buñuel. Acostumbrado a tomar decisiones rápidas, emprendió su propósito dispuesto a traspasar aquella colérica masa humana, la oficina del director se encontraba al otro lado del pequeño tumulto.
Con su impecable aspecto pronto desató la atención de los presentes.
- ¡A ese le conozco! -Voceó un hombre a pocos metros-.
- Yo también. -Pareció confirmar una anciana que sin pensárselo se acercó hasta Dimas-.
Al unísono, como una gigantesca serpiente, el resto de pensionistas comenzaron a rodearle.
- Es uno de los directivos del banco, os lo puedo asegurar. -Exclamó un hombre que parecía esconderse detrás de unas gruesas gafas-.
- Se equivocan… -quiso explicar el sorprendido Dimas-.
Ladrones, vividores, desvergonzados…los adjetivos fluían cada vez más prolijos y sonoros. Pronto los insultos se cruzaron, tornándose en el chispazo con el que prendieron los primeros empujones.
Los guardias de seguridad se vieron desbordados por los hechos. El meticuloso peinado de Dimas fue desdibujado de un manotazo, alguien rasgó uno de los bolsillos de su americana y, antes de que pudiese reaccionar, su chaqueta se abrió de par en par. Por un momento las personas que se hallaban a su alrededor se contuvieron atónitos reparando en como aquel hombre, asustado, llevaba la mano a su pecho. Sonó un disparo en el recinto. El griterío existente, al igual que se apaga una radio, enmudeció. Inmóviles, miraban como Dimas doblaba sus rodillas mientras, de su cuello, brotaba el último signo de vida. El olor de la pólvora impregnó el ambiente; aún se mantenían en el local los ecos apagados del disparo cuando todos los rostros abordaron con su mirada al joven guardia que, velado por el humo que manaba de su revólver, permanecía inerte al fondo del Banco, sudoroso y todavía apuntando con su arma.
Diez minutos tardaron en presentarse dos patrullas de policía y una ambulancia. El repetitivo ulular de las sirenas y el disparo habían atraído a muchos curiosos al lugar y la zona fue acordonada. Los agentes comprobaron la identidad del cadáver y comenzaron a interrogar a los testigos en espera de la presencia del comisario.
- Temprano empezamos hoy con los putos muertos. -Masculló el comisario a su llegada-.
- Buenos días, Señor. -Saludó el agente que custodiaba al muerto-.
- ¿Qué tenemos?
- Señor, tenemos un cadáver que según su DNI responde a…
- ¿Y esta gente… puede ir al grano y decirme qué carajo pasó aquí? –El comisario, fiel a su fama de arrogante, comenzaba a mostrarse impaciente-.
- Edredones Señor…
- Joven, acabará usted limpiándome los zapatos. Explíquese y déjese de chorradas.
- Dimas, Señor, así indica su DNI, el muerto lleva un arma en una sobaquera.
El comisario transformó su cara al oír aquel nombre. Por primera vez se fijó en el cuerpo que yacía en el suelo. Se acuclilló para contemplar de cerca al sujeto ensangrentado.
- Jajajajajaja… -Resonó con estruendo-.
- ¿Comisario…? -Murmuraba el sorprendido agente-.
- Dimas, alias “El yupi” atracador de Bancos… un “viejo amigo”… Joven, aún le queda mucho por ver, jajajaja, pero cuente ¿qué cojones sucedió aquí?
- Señor, el Banco lanzó, en una de sus campañas de marketing, la oportunidad de llevarse un edredón a todo jubilado que domiciliase su pensión con ellos. Como puede comprobar el sitio se llenó de personas. Ayer, sin aviso, la campaña fue anulada por lo que toda esta gente que se presentó a primera hora de la mañana mantenía el ánimo muy encendido, parece ser que al entrar Dimas alguien le confundió con un directivo y fue rápidamente zarandeado. Uno de los guardias de seguridad, un novato, se puso nervioso y disparó sin saber muy bien hacia dónde apuntaba…
- Bien, bien, tráigame al muchacho. -Le cortó con brusquedad-.
El comisario se encontraba feliz, quince años tras la pista de Dimas, el azar le había hecho un magnífico regalo.
- ¡Ah! Ya está aquí joven, acompáñeme. -Le decía mientras se alejaban y apoyaba la mano sobre el hombro del todavía asustado guardia-. Vamos a ver al director… sino me equivoco creo que tiene un par de edredones para nosotros… y ¡alegre esa cara, cojona! ya verá como le gusta su nuevo trabajo.