Septiembre trae un nuevo curso escolar y, como cada año, un sin fin de anécdotas y el ya conocido (aunque no por ello parece dejar de sorprender) gasto familiar en libros y demás complementos para el estudiante; tiempos de números y letras tanto para los padres como para sus vástagos.
Mezclo sorbos de café con bocanadas de un humeante Ducados mientras observo el busto parlanchín de mi “625 líneas”. Mochilas… vocifera el aparato, y mis sentidos parecen ponerse en estado de alerta. Escucho la noticia con curiosidad, no se trata de los temibles morrales cargados de odio y muerte que, en algunos casos, con sólo citarlos acarrean caos y destrucción. Estas mochilas transportan cultura y aunque hay quien dice que el saber no ocupa lugar, sí parece que no es cuestión de espacio sino más bien de sobrecarga que ya se sabe que la razón y la lógica son cuestiones de mucho peso.
Conferencian los galenos, se preocupan los progenitores y se lamentan los infantes: excesivo peso para unas espaldas aún por formar. ¿Se está creando una generación de deformes prematuros? ¿Contemplan en demasía los padres a sus descendientes? ¿Son acaso desproporcionadas las lamentaciones de los aprendices? He aquí las cuestiones, que cada uno obtenga su propia conclusión.
En mi época de estudiante se decía: “ment sana in corpore sano”. Ahora son otros los tiempos por los que nos movemos, nuevas tecnologías alumbran nuestros pasos y con ello son otros los talantes a la hora de ver el día a día, y lo que antes era bueno para fortalecer un cuerpo en edad de desarrollarse hoy es perjudicial porque acarrea deformaciones en la estructura ósea.
La pelota está en el alero de nuestro carialegre presidente. Puede que esta nueva reencarnación del gran Salomón y su “sueño de una tarde de primavera” se haga realidad y los colegios vean colmadas sus estancias de los tan mentados ordenadores; un par de CD’S pueden albergar el mismo saber que quince kilos de papel y huelga decirlo su carga es menos onerosa.