Se aproximó al moribundo con el sigilo propio de lo etéreo; su voz cálida musitó una llamada: “efímero despertar que ahora rindes pleitesía bajo el quicio de la nada; sé huésped en mi mansión, allá, donde el silencio amordaza al sonido, donde tu cuerpo Requiéscat in pace”.
Requiéscat in pace
Estoy deseosa de presentarme. Posiblemente así de entrada no me reconozcan, pero no por favor, no se crean ignorantes, me han imputado tantas causas y he sido descrita con rasgos tan dispares que es natural que no intuyan quien les habla. Es más, aunque alguno de ustedes me identificase, con toda probabilidad trataría de obviar mi presencia. Antes de continuar; disculpen si mi discurso resulta enredado, soso, o carente de sentido; cuento de mano con su benevolencia, pues de todos es sabido que soy ilustre por mis habilidades y no por mi verbo.
Mi nombre es La Muerte, también se me conoce por La Parca, La… ¡por favor!, ¡por favor! no recelen. Puedo advertir desde aquí el escalofrío recorriendo sus brazos, una tensión muscular que hace de sus cuerpos figuras inertes; ¡respiren! Expulsen el aire atrapado en los pulmones y que, al oír mencionar mi merced, se transformó en algo incómodo y pesado ¡respiren! La visita es de cortesía, no vengo a cerrar ningún ciclo. Dejaré mis tareas a un lado; en estos momentos sólo anhelo que alguien me escuche.
A partir de este punto permitirme que os tutee, después de todo más tarde o más temprano nos encontraremos y considero que será mejor para todos que, una vez llegada la ocasión, entre nosotros ya exista cierta confianza.
Al principio… disculpar mi nueva pausa, pero creo necesario indicaros que con mis palabras no ambiciono mostraros ninguna revelación divina, ni tan siquiera aspiro a ser la sembradora de una nueva filosofía. Soy sencillamente una vieja que se siente difamada y en cierto modo desplazada del verdadero lugar que debo ocupar en La Vida, sí, habéis oído bien, en La Vida. Así que arrellanaros en vuestra butaca y aguzar los oídos, al fin y al cabo siempre hay un comienzo y el de mi historia es como otro cualquiera.
...La Vida se extendía por doquier, con la confianza que le otorgaba el saber que no encontraría barreras. Emergía por uno y otro lugar como ramas que nacen del tronco de un árbol; desaforadas, incontestables. Una riada de vitalidad con un vagar ciego y desconcertante. Demasiados vástagos, excesivas hojas para un sólo árbol; el anuncio de un ocaso. Un ramaje que terminaría por estrangular las propias raíces, un mundo abocado a la inexistencia.
Entre las estelas que La Vida dejaba en su promiscuidad hice mi presentación: el pentagrama que dio sentido a un número infinito de notas musicales que, hasta el momento, únicamente ejecutaban una danza confusa; la pértiga capaz de mantener en equilibrio, sobre un fino cable, al arriesgado funámbulo. Allá por donde hacía mi aparición dejaba una huella impregnada de mesura…; nacimiento, desarrollo, vejez y… ¡muerte! Tan simple y transparente que os da miedo admitirlo.
Es fácil deducir que transcurrían, para mí, tiempos que podría calificar de gratos; pues si bien, no era más que una parte de un todo, en ningún instante se puso en duda mi función dentro de tan genuina simbiosis. Los días y las noches se sucedían ordenadamente; siempre y cuando se acepte que la manera adecuada de hacerlo es la que hoy se conoce. La Vida continuaba haciendo gala de sus excelencias mientras observaba, con desprecio, como mis artes ponían un punto final a cada uno de sus prodigios.
No pretendo con mis calificativos enjuiciar ninguna conducta, mi osadía no va más allá de tratar de manifestar cual era el statu quo en nuestra relación; admitámoslo ¿quién, medianamente inteligente, es capaz de convivir con otro ser cuando tan sólo su presencia te recuerda una y otra vez tu continuo desacierto?
Sabedora de su fuerza, arrojó su guante sobre mi cara. Orquestó una maquiavélica alteración en el orden de un grupo insignificante de átomos y sobre La Tierra hizo acto de presencia el depredador más notable hasta ahora conocido… vosotros. En los primeros pasos, aunque vacilantes, dabais muestra de una inteligencia superior al resto de las mutaciones; curiosa y admirable la destreza exhibida para vuestra adaptación al medio. Sobre manera destacaba algo inédito hasta el momento, un sentir que brotaba de vuestro interior y que se ampliaba lentamente, como un paño tejido a mano: conciencia; tan especial y tan contradictoria como difícil de describir y aunque de honesto origen, y esta es sólo mi particular apreciación, el lienzo resultó ser escaso para cubrir vuestro desproporcionado egoísmo.
Vivir creyéndoos señores de la existencia fue, a partir de entonces, prioridad para vosotros y causa de pesar para mí. Pronto censurasteis mi vínculo con La Vida. A manera de sarpullidos crecieron voces, cada vez más numerosas, que asociaban mis obligaciones con el hambre, la peste, la guerra, la enfermedad, el odio… unánime fue el veredicto: ¡culpable!
¿Culpable? ¿De qué? ¿De darle dignidad a La Vida? ¡Basta ya! Citáis mi nombre con susurros escondidos y retiráis la mirada al entrever mi presencia ¿Por qué?
Soy quien os rescatará de una vejez eterna. ¿Quién si no yo, cuando La Vida os abandone en la enfermedad, aliviará vuestra agonía interminable? Yo…, solamente yo puedo indultar un cerebro cuyo cuerpo se ha convertido en una cárcel perpetua. Poetas, eruditos, filósofos, legiones de seres que vilipendiáis mi nombre; trovadores desorientados, creadores de odas que pregonan el beso frío de La Muerte, soy la piedad que pone fin a los errores de la Creadora, el único abrigo que os confortará del gélido adiós de La Vida.
Tarea compleja la de vivir, difícil la de morir, complicada la de enseñar, ardua la de comprender; lances tortuosos y en especial para vosotros, individuos que amáis a La Vida sin respetar a los vivos y postergáis mi llegada para terminar venerando a los muertos. ¿Cómo exteriorizaros mi pesar si soy la respuesta a la que nadie quiere prestar oídos?
Con la esperanza de que mis palabras no resulten una perorata o un tímido acceso de rabia emprendo el declinar de mi discurso ¿Acaso es desdeñable el deseo de sentirme valorada?
Me despido de todos, con la certeza de volvernos a encontrar; sois de longevidad muy limitada e impredecible, tanto es así que con uno de vosotros el reencuentro será a vuelta de página.
En un parpadeo llego, en otro me voy. Hasta pronto… Siempre vuestra.