Esta vez no me ha pillado por sorpresa. Aunque tirado en el sofá, la oigo venir, puedo sentir el golpeteo lejano de sus cascos contra el suelo. Es mi ansiedad: viene con su galope desbocado, dispuesta a que me suba en sus lomos, a llevarme en uno de sus alocados viajes. Pero no, hoy no, hoy he decidido tenderle una pequeña trampa; aunque utilizada miles de veces, no por eso deja de ser efectiva. El ardid es simple, encenderé uno de mis cigarrillos y… ¡Voilà!; diré adiós a mi pequeña salvaje mientras se pierde entre humaredas disfrazadas.
Palpo en los bolsillos de la camisa, no hay nada, ¡uf! Me pongo en pie, busco por mis tejanos, pero nada. La “yegua”, a cada momento, parece más próxima. Una vez más tanteo la camisa, busco en el pantalón, camisa, pantalón, pantalón y de nuevo camisa. Esto empieza a complicarse, el bufido de la “alazana” comienza a ser preocupante. En ocasiones, ¡qué difícil es encontrar un cigarro!
Estoy tan atacado que meto los dedos en el bolsillo pequeño del vaquero, ¡qué absurdo!, ¡cómo voy a encontrar tabaco ahí! ¿Será un guiño de mi cerebro? ¿Me estará diciendo que la esperanza, por grande que sea, no es más que un bolsillo diminuto donde no tiene cabida ni un ínfimo deseo? Me siento como un mago defraudado, buscando en su chistera, incapaz de sacar algo. A manera de la antigua caballería me dispongo a realizar un último asalto. Sin atisbo de piedad mi mano irrumpe de nuevo en el pantalón. Los efectos se ven pronto, son despojados de su sitio el DNI junto con dos preservativos. ¡VICTORIA! allí está mi pequeño cilindro, escondido entre condones, encorvado y arrugado como un viejecito.
¿Por qué será? Me parece sentir risas.
En fin, cojo el tubo con mis ágiles manos, con mimo, como si fuera un pajarito. Trato de ponerlo firme, sin arrugas, sacar lo mejor de él y… ¿Qué estoy haciendo? Creo que algo se escapa de mis manos.
Insisto, o mejor aún, empiezo de nuevo, o mucho mejor aún, retrocedo seis líneas.
¡VICTORIA! Allí está, encorvado y arrugado, el último de un grupo de veinte. Tomo el pitillo entre los dedos, estiro un poco de aquí, otro poco de allá y listo; con el lifting ha quedado como nuevo. Ahora toca lo fácil, encenderlo. Estoy tranquilo, tengo tantos mecheros que podría cocinar sin usar el butano. Escucho el clic del encendedor, aspiro y… STOP. Mi cabeza se pone a rebobinar ¡ya empezamos!, otro de sus mensajes subliminales; síii, ya me di cuenta, junto a mi identidad sólo hay tabaco y preservativos, ¡y qué!
Yo, a lo mío. El cigarro está que echa humo, lógico, ya lo prendí. Ahora viene lo bueno: inspiro, espiro, inspiro, espiro, dedos y dientes amarillos, lengua como lija, paladar que está de adorno, garganta inflamada, bronquios que se atoran, pulmones que se llenan de bultitos, inspiro, espiro, ¡QUÉ PLACER!
¡PIIIII! ¡PIIIII! Esto seguro que es un SMS de mi cerebro ¡pues bueno! Parece ser que hay errores en el párrafo anterior. No se, a ver: sustantivos, verbos, artículos, esas cosas que llaman conjunciones, ¡joder! esto de escribir es complicado. ¡Ah sí!, ya lo veo, pues nada ahorita mismo lo cambio: inspiro, expiro, inspiro, expiro…
Por la ventana se cuelan rayos de sol. Los tonos grisáceos del humo se mudan de azules y violáceos. La luz deja débiles reflejos de colores que se prenden en mis retinas. Acuno las manos en el espacio dejando finas estelas de niebla. Una inquieta espiral de aire moldea el humo de la habitación. Los ojos se me extravían, abrumados, entre cientos de figuras. Me siento atrapado en un enorme calidoscopio. En el salón respiro el viejo Londres.
Del cigarrillo ya no queda ni la marca. Aplasto, con preocupante saña, la colilla contra el cenicero ¡dulce venganza!
Abro la ventana del cuarto, la fantasía se escabulle hacia la calle. ¿Por qué oigo unos relinchos tan cercanos? No me queda TA–BA–CO.
¡Dios mío! ¡Qué el cielo me ampare! Qué enigmático el cerebro, en qué momento se acuerda de lo divino. Iré a comprar una cajetilla.
Me calzo las zapatillas deportivas, me pongo una chupa, voy hacia la puerta de casa, la abro, salgo, giro el cuerpo y cierro la puerta, me dispongo a echar la cerradura y… ¡MIERDA! No hay llave.
Cierro los ojos. En mi interior se despierta el frenesí. Por instinto mis manos se agarran a… ¡no sé! Lentamente, pero muy lentamente, abro los ojos. Será otro éxodo a la sinrazón. Cabalgo sobre sus lomos, asido a sus crines.
Una vez leí una historia. Trataba sobre un cazador cazado o algo así…