Jueves, 01 de septiembre de 2005
La noche se mantiene en actitud de acechanza. Circunda la ciudad, quiz?s sue?a con ?pocas vetustas en las que sus sombras vagaban libres por aquellas calles, rincones ahora vetados por el ingenio humano. Ella siempre estar? ah?, exiliada, aunque no derrotada; en espera de otros tiempos.
Truena un despertador, son las cuatro y media. Ecos de corneta que, entre notas musicales, cobijan la amargura de una v?vida jornada. Cuatro y media, hora mil veces descrita, lapso en el tiempo donde vivos y espectros son barajados por las manos precisas de un veterano crupier.
El hombre yergue su cuerpo, entorpecido por la resaca que dejan tras de s? los sue?os inacabados, con la mente envuelta en pa?os templados, timorata, acobardada, resisti?ndose a despertar en una ma?ana g?lida.
Asea el cuerpo y endulza el aspecto. Conforta el hambre con abundantes viandas y se dirige hacia el lugar de trabajo. Cordero que atusa y da lustre a sus lanas, oveja que ceba sus carnes. Animal que impotente encamina los pasos hasta un altar, piedra sagrada que ser? ba?ada en sangre.
A las puertas de la f?brica detiene los andares. Un sonido, semejante al mon?tono zumbido emitido por el vuelo de un enjambre, se adue?a de sus t?mpanos. Se adentra en la colonia por la que transitan z?nganos, obreros, soldados e incluso, aunque m?s apartada, tambi?n reside una reina. Colmena de rica miel donde aquel hombre se presiente mosca. Mosca que acude en pos de una comida y advierte aterrada como sus patas quedan atrapadas entre los pliegues de una ilusi?n. Trampa que ir? devorando su vida, camino sin retorno, penitencia de sus miras.
Se adentra en el vestuario: habit?culo con suelos cenicientos, mar de huellas amorfas, cambalache de pisadas en un cruce de caminos, rastros que delatan el desfilar de muchas vidas. Paredes que en su momento fueron homog?neas y de tonos lechosos, hoy, al amparo de grises velos tejidos por el tiempo, muestran un semblante demacrado. Luces crepusculares de fluorescentes agotados, maquillaje de fotones que ocultan gestos cansinos.
El obrero muda su cuerpo, m?s no determina lo mismo para el esp?ritu.
Como manejado por hilos ocupa un lugar en su familiar escenario. Poniendo de relieve la educaci?n aprendida, indiscutible m?scara de los sentimientos, intercambia saludos con los compa?eros: unos con tratamiento de respeto, otros aportan muestras de cari?o y los menos encerrados en un gesto. En un estrecho almac?n termina de avituallarse.
Sus ojos lucen el miedo, observa el Horno con firmeza, cara a cara; hombre y bestia. Avanza entre humaredas, el calor tensa la piel, y la vida, a trav?s de los poros, camuflada entre gotas de sudor, inicia una escurridiza huida. Cruza por caminos de escoria mientras humos de alquitranes se elevan de entre sus pies, encantamiento de serpientes que recorren ensortijadas las sendas de su figura. Sobre su cabeza sobrevienen gotas de hierro fundido, l?grimas de Pentecost?s. Camina entre un manto de polvo y gases hasta encontrarse con su sino. Empu?a un m?stil de madera innoble, curvado al igual que un horizonte lejano, entintado de vol?tiles hollines, salpicado con la sangre de unas manos, coraz?n de un ?rbol joven que ha perdido su primitivo olor suplantado por aromas de humos contaminados; enastado en una sombr?a chapa de acero, orlada por un hilo de plata, colmillo desgarrador que se regocija arrancando los terrones de un suelo yermo. El hombre, entre palada y palada, ans?a el final de la ma?ana. Se suceden los segundos, los minutos, las horas, peregrinos eternos que nunca detienen sus pasos. Los faldones del tel?n besan el escenario, el reloj dict? sentencia. Atr?s quedar? el lagarto enrabietado, el que por su boca exhala azufre del infierno; alevoso traidor que ha segado la vida a demasiados compa?eros. Cuento de dragones en el que no cabe princesa, ni tan siquiera su velo.
El obrero desnuda su cuerpo maltrecho para luego resucitarlo bajo un bautismo de agua, una vez m?s b?lsamo del sufrimiento. La jornada de trabajo concluy?.
S?lo piensa en llegar a casa, quiz?s le espera una sonrisa de las que irradian luz: albor del amanecer que convierte los recovecos oscuros en lugares donde el p?jaro canta, fulgor del mediod?a que ciega la mirada, destello de una vela que encandila el entendimiento, reminiscencia que agoniza lentamente en el fondo de una chimenea.
Mi llanto es por ti obrero, que te sabes derrotado y a?n desnudo de esperanza anhelas un nuevo d?a.

P.D. Con todo mi respeto, para las personas que d?a a d?a desempe?an con honradez su trabajo. Cualquiera que sea su herramienta, tanto si es flor como si es pala.
Publicado por Atreyu15 @ 19:06  | Relatos del blog
Comentarios (2)  | Enviar
Comentarios
Publicado por seudolus
S?bado, 03 de septiembre de 2005 | 14:45
El momento de unos hombres casi iguales a otros hombres, real y duro como la vida misma (la real y dura), y tambi?n un homenaje, no se si ir?nico, a la herramienta de trabajo, en este caso una puta y maldita pala, todo ello hecho poes?a en forma de relato. Gracias por acordarte de algunos colectivos mayoritarios y marginados.
Publicado por Nereida4
Viernes, 30 de septiembre de 2005 | 15:40
Todo un verdadero homenaje a los currantes de ese duro trabajo en el Horno Alto.

Relato, o m?s bien prosa po?tica, para mi gusto excepcional, desgarrador, cargado de sentimiento, s?per emotivo (quiz?s influya el que tengo a seres queridos cercanos a ese ambiente). S?lo alguien que haya sufrido ese trabajo puede llegar a plasmarlo de esta forma, con tanta dureza pero a la vez con tanto sentimiento y sensibilidad. Abundante uso de met?foras pero que ayudan a dar ese tono tan l?rico al relato. Felicidades. ;-)