Se fundieron en un abrazo las agujas del luminoso reloj que corona La Escalerona, a esa hora incierta en que se confunde lo nuevo y lo pasado. Asomó por el noreste un suave viento que recorrió el Paseo del Muro, un fresco aliento que a su paso fue apagando con lentitud las luces de la playa al igual que un niño sopla las velas en su tarta de cumpleaños.
Comenzaron los fuegos puntuales. Sobre un negro paño las invisibles manos de un diligente orfebre fueron exponiendo sus joyas. Miles de ojos tiñeron sus retinas de colores violetas, dorados, azules, rojos; envueltos en reflejos plateados que embriagaron los sentidos. Palmeras, sauces, espirales; surgieron de la nada enmudeciendo las cuerdas vocales de los asistentes. Dos corazones rojos se dibujaron en la noche arrastrando por el arenal un murmullo nacido del alma. Media hora de encantamiento. Treinta minutos en donde la pólvora atronó como un corazón alocado. Un hechizo anual que aletarga al ser humano en un brillante sueño.
Cesó el viento su marcha, recobrando el alumbrado su prestancia. En el aire se mezclaron aromas de mar y pólvora con el de la sidra escanciada que, espumosa, empapaba la arena. El bullicio recuperó su trono y una vez más como cada año reinó en la que es La Noche Emblemática de Gijón.
Aquí os dejo una muestra de lo que fueron los fuegos. Un pequeño video tomado con una cámara fotográfica digital. Duración de un minuto. Puede que os tarde un poco en cargar, en fin…